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– ¿Podríamos conseguir un tercer hombre de Robos y Homicidios para la tercera línea? -preguntó Rider.

Pratt negó con la cabeza.

– El capitán Norona nos ha dado cuatro efectivos y es todo -dijo Pratt-. No nos perderemos mucho. Como he dicho tendremos los registros.

Los registros de llamadas formaban parte del proceso de monitorización de teléfonos. Aunque los investigadores estaban autorizados a escuchar en llamadas telefónicas de las líneas monitorizadas, el equipo también registraba todas las llamadas entrantes y salientes en las líneas enumeradas en la orden, aun en el caso de que no estuvieran siendo monitorizadas. Esto proporcionaría a los investigadores una lista con la hora y la duración de cada llamada, así como de los números marcados en las llamadas salientes y los números desde los que se habían recibido las llamadas entrantes.

– ¿Alguna pregunta? -inquirió Pratt.

Bosch no creía que hubiera preguntas. El plan era lo bastante sencillo, sin embargo, un detective de Casos Abiertos llamado Renner levantó la mano y Pratt le hizo una señal con la cabeza.

– ¿Este asunto autoriza horas extras?

– Sí -replicó Pratt-, pero como se ha dicho antes, por ahora la orden sólo nos autoriza durante setenta y dos horas.

– Bueno, esperemos que nos ocupe las setenta y dos -dijo Renner-. He de pagar el campamento de verano de mi hijo en Malibú.

Los otros rieron.

Tim Marcia Y Rick Jackson se presentaron voluntarios para formar el otro equipo de calle que trabajaría con Bosch y Rider. A los otros cuatro les tocó la sala de sonido, Con Renner y Robleto en el turno de día y Robinson y Nord compartiendo turno con Bosch y Rider. El centro de ListenTech era bonito y cómodo, pero a algunos polis no les gustaba estar encerrados bajo ninguna circunstancia. Algunos siempre elegían la calle, como Marcia y Jackson. Bosch sabía que él también era uno de ellos.

Pratt puso fin a la reunión repartiendo unas fotocopias en las que constaba el número de móvil de cada uno, así como el canal de radio que se les asignaría durante la vigilancia.

– Para los equipos sobre el terreno hay radios en el cuarto de material -dijo Pratt-. Aseguraos de tener la radio encendida. Harry, Kiz, ¿he olvidado algo?

– Creo que está todo cubierto -dijo Rider.

– Como disponemos de poco tiempo -intervino Bosch-, Kiz y yo estamos trabajando en algo para forzar la acción si no vemos ninguna señal mañana por la noche. Tenemos el artículo de periódico y vamos a aseguramos de que lo ve.

– ¿Cómo va a leerlo si es disléxico? -preguntó Renner.

– Se sacó el graduado escolar -dijo Bosch-. Debería poder leerlo. Sólo hemos de aseguramos de que de alguna manera lo tenga delante.

Todos asintieron en señal de acuerdo y entonces Pratt puso el cierre.

– Bueno cuadrilla es todo -dijo Pratt-. Estaré en contacto con todo el mundo día y noche. Mantened la calma y tened cuidado con esos tipos. No queremos que nada se vuelva contra nosotros. Los que os ocupáis del primer turno podéis ir a casa y dormir bien. No olvidéis que el reloj corre. Tenemos hasta el viernes por la noche y después calabazas. Así que salgamos de aquí y a ver qué conseguimos. Hemos de cerrar este caso.

Bosch y Rider se levantaron y charlaron del caso con los demás durante unos minutos, y luego Bosch regresó a su mesa. Sacó la copia del archivo de condicional de la pila de carpetas del caso. No había tenido la oportunidad de leerlo a conciencia y ése era el momento.

Era un archivo de acumulación, lo cual significaba que a medida que Mackey era detenido, y continuaba una carrera de toda la vida a través del sistema penal, los informes y transcripciones de los juicios simplemente se añadían en la parte superior del archivo. Por consiguiente, los informes estaban en orden cronológico inverso. A Bosch le interesaban sobre todo los primeros años de Mackey. Fue al final del archivo con la idea de avanzar cronológicamente.

La primera detención de Mackey como adulto se produjo sólo un mes después de que cumpliera dieciocho. En agosto de 1987 fue detenido por robar un coche para ir a dar una vuelta con él. Mackey vivía entonces en casa y robó el Corvette de un vecino que había olvidado las gafas de sol y volvió a entrar en su casa dejando el coche en marcha. Mackey entró en el coche y se largó.

Roland Mackey se declaró culpable y el informe previo que contenía el archivo citaba su historial juvenil, pero no mencionaba los Ochos de Chatsworth. En septiembre de 1987, el joven ladrón de coches fue condenado a un año de libertad vigilada por un juez del tribunal superior, que trató de convencer a Mackey de que abandonara la vida delictiva.

La transcripción de la vista en que se le condenó estaba en el archivo. Bosch leyó el discurso de dos páginas del juez, en el cual le explicaba a Mackey que había visto a hombres jóvenes como él un centenar de veces con anterioridad. Le dijo a Mackey que estaba ante el mismo precipicio que los otros. Un delito podía ser una lección de vida, o podía ser el primer paso en una espiral descendente. Instó a Mackey a no seguir el camino equivocado. Le dijo que reflexionara a conciencia y que tomara la decisión acertada acerca de qué camino seguir.

Las palabras de advertencia obviamente habían caído en saco roto. Al cabo de seis semanas, Mackey fue detenido por robar en la casa de un vecino mientras el matrimonio que vivía allí estaba trabajando. Mackey había desconectado una alarma, pero el corte en el suministro eléctrico quedó registrado con la compañía de seguridad y se envió un coche patrulla. Cuando Mackey salió por la puerta de atrás con una cámara de vídeo y diversos objetos electrónicos y de joyería, había dos agentes esperándole con las pistolas desenfundadas.

Puesto que Mackey se hallaba en libertad vigilada por el robo del coche, ingresó en la prisión del condado mientras se esperaba la disposición del juez sobre el caso. Después de treinta y seis días entre rejas se presentó de nuevo ante el mismo juez y, según la transcripción, suplicó perdón y otra oportunidad. Esta vez el informe previo advertía de que el test de droga indicaba que Mackcy era consumidor de marihuana y que había comenzado a frecuentar un grupo de jóvenes conflictivos de la zona de Chatsworth.

Bosch sabía que esos jóvenes eran probablemente los Ochos de Chatsworth. Fue a primeros de diciembre, y su plan de sembrar el terror y rendir un homenaje simbólico a Adolf Hitler estaba a sólo una pocas semanas. Pero nada de eso constaba en el informe. Éste simplemente afirmaba que Mackey frecuentaba un grupo conflictivo. Al sentenciar a Mackey, el juez podría no haber sabido lo conflictivo que era ese grupo.

Mackey fue condenado a tres años de prisión que quedaron reducidos al tiempo que ya había cumplido. También le impusieron dos años de libertad vigilada. El juez, consciente de que la prisión sólo sería una escuela de posgrado para un delincuente como Mackey, le estaba dando una oportunidad y tratando de asustarlo al mismo tiempo. Mackey salió del tribunal en libertad, pero el juez estableció una serie de pesadas restricciones a su condicional. El magistrado dictó que Mackey pasara semanalmente pruebas de drogas, que mantuviera un empleo remunerado y que se sacara el graduado escolar en un período de nueve meses. Por último, advirtió a Mackey de que si incumplía cualquier requisito de la orden de condicional sería enviado a una prisión estatal para completar una sentencia de: tres años.

«Puede considerarlo duro, señor Mackey -dijo el juez, según la transcripción-, pero yo lo considero muy amable. Le estoy concediendo una última oportunidad. Si me falla, sin ninguna duda irá a prisión. La sociedad renunciará a intentar ayudarle en ese punto. Simplemente le apartará. ¿Lo entiende?»

«Sí, señoría», dijo Mackey.

El archivo venía acompañado de los informes estudiantiles de Chatsworth High. Mackey obtuvo su graduado escolar en agosto de 1988, poco más de un mes después de que Rebecca Verloren fuera sacada de su cama y asesinada.