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– ¿Qué es eso?

– Como me has despertado temprano, he decidido trabajar. He rastreado a los otros cinco miembros de los Ochos de Chatsworth.

– Buen trabajo. ¿Alguno de ellos sigue aquí?

– Dos de ellos siguen aquí, pero parece que han superado sus llamadas indiscreciones de juventud. No hay historiales. Tienen trabajos bastante buenos.

– ¿Y los demás?

– El único que todavía parece que es un creyente en la causa es un tipo llamado Frank Simmons. Vino desde Oregon cuando iba al instituto. Un par de años después se unió a los Ochos. Ahora vive en Fresno, pero cumplió dos años en Obispo por vender ametralladoras.

– Podría servirme. ¿Cuándo estuvo allí?

– Espera un segundo.

Rider abrió el archivo y hurgó en él hasta que sacó una pequeña sub carpeta con el nombre de Frank Simmons. La abrió y le mostró a Bosch una foto de prisión de Simmons.

– Hace seis años -dijo ella-. Salió hace seis años.

Bosch examinó la foto, memorizando los detalles del aspecto de Simmons. Éste tenía el pelo corto y oscuro, y ojos oscuros. Tenía la piel muy pálida y su rostro mostraba cicatrices de acné, que trataba de cubrir con una perilla que también le daba un aspecto más duro.

– ¿El caso fue aquí? -preguntó.

– No, de hecho ocurrió en Fresno. Aparentemente se trasladó allí cuando aquí empezaron los problemas.

– ¿A quién le vendió las ametralladoras?

– Llamé al FBI y hablé con el agente. No quería cooperar conmigo hasta que me chequeara. Todavía estoy esperando que me devuelva la llamada.

– Genial.

– Tengo la sensación de que el señor Simmons sigue siendo de interés para el FBI y el agente no estaba muy dispuesto a compartirlo.

Bosch asintió.

– ¿Dónde vivía Simmons en el momento del caso Verloren?

– No lo sé. Era uno de los menores, probablemente vivía con sus padres. AutoTrack no tiene rastro de él más allá del noventa. Entonces estaba en Fresno.

– O sea, que a no ser que sus padres se mudaran después de este asunto, él probablemente estaba en el valle.

– Es posible.

– Muy bien, esto es bueno, Kiz. Podría usar parte de la información. Sígueme hasta el parque Balboa por Woodley. Creo que es un buen sitio. Hay un campo de golf con aparcamiento. Habrá muchos coches. Podéis aparcar allí y será un buen refugio. ¿Vale?

– Vale.

– Díselo a los demás.

Sacó la cartera que contenía la placa, sus esposas y su pistola de servicio y las dejó en el suelo del coche.

– Harry, ¿tienes una de repuesto?

– Te tengo a ti, ¿no?

– Lo digo en serio.

– Sí, Kiz, tengo una pistolita en el tobillo. No te preocupes.

Salió y se metió en su coche. De camino al parque repasó mentalmente la función. Se sentía preparado y nervioso.

Al cabo de diez minutos se detuvo en el arcén de la carretera del parque, paró el motor y salió. Fue a la parte delantera derecha del coche y dejó que saliera todo el aire de la rueda a través de la válvula. Como sabía que algunas grúas llevaban aire comprimido, abrió su navaja de bolsillo y cortó la base de la válvula del neumático. El neumático tendría que ser reparado, no hinchado.

Listo para ponerse en marcha, abrió el móvil y llamó a la estación de servicio en la que trabajaba Mackey. Dijo que necesitaba una grúa y le pusieron en espera. Pasó un minuto entero antes de que otra voz apareciera en la línea. Roland Mackey.

– ¿Qué necesita?

– Necesito una grúa. Tengo un pinchazo y la válvula parece jodida.

– ¿Qué clase de coche es?

– Un Mercedes SUV negro.

– ¿Y la de recambio?

– Me la robó un ne… Me la robaron la semana pasada cuando estuve en South Central.

– Vaya. No debería ir allí.

– No tenía elección. ¿Puede remolcarme o no?

– Vale, vale. ¿Dónde está?

Bosch se lo dijo. Era lo bastante cerca para que esta vez Mackey no tratara de convencerle de que llamara a otro.

– Muy bien, tardo diez minutos -dijo Mackey-. Esté al lado de su coche cuando llegue allí.

– No tengo otro sitio adonde ir.

Bosch cerró el teléfono móvil y abrió la parte trasera del Mercedes. Se sacó la camisa por fuera de los pantalones y se la quitó. La puso en la parte de atrás. Sus nuevos tatuajes eran ahora parcialmente visibles. Se sentó en la puerta trasera y esperó. Al cabo de dos minutos sonó su móvil. Era Rider.

– Harry, han podido pasarme la llamada desde ListenTech. Sonabas auténtico.

– Bien.

– Acabo de hablar con los chicos. Mackey se mueve. Están con él.

– Vale. Estoy preparado.

– Ahora lamento no haberte puesto un micrófono. Nunca se sabe lo que puede decirte este tipo.

– Es demasiado arriesgado con sólo una camiseta. Además, las posibilidades de que el tipo le diga a un desconocido que fue él quien mató a la chica del artículo de periódico son menores a que yo gane la lotería sin comprar un número.

– Supongo.

– He de colgar, Kiz.

– Buena suerte, Harry. Ten cuidado.

– Siempre.

Cerró el teléfono.

29

El camión grúa frenó al aproximarse al Mercedes. Bosch levantó la cabeza desde la parte trasera, donde estaba sentado a la sombra de la puerta y leyendo el Daily News. Hizo una seña al conductor de la grúa con el periódico y se levantó. El vehículo pasó de largo, se detuvo en el arcén delante del Mercedes y retrocedió hasta pararse a un metro y medio de éste. El conductor salió. Era Roland Mackey.

Mackey llevaba guantes de cuero que presentaban manchas oscuras de grasa en las palmas. Sin saludar a Bosch, rodeó la parte delantera del Mercedes para examinar la rueda pinchada. Cuando Bosch llegó, todavía con el periódico en la mano, Mackey se agachó y miró la válvula de la rueda. Se estiró hacia ella y la dobló adelante y atrás, exponiendo el tajo.

– Casi parece que la hayan cortado -dijo Mackey.

– Quizás había cristal en la carretera -propuso Bosch.

– Y no tiene recambio. Menuda putada.

Miró a Bosch, entornando los ojos a la luz del sol que estaba empezando a caer detrás de Bosch.

– Y que lo diga.

– Bueno, puedo remolcarle y pedirle a mi socio que le ponga una válvula nueva en el neumático. Tardaremos quince minutos una vez que lleguemos al garaje. -Bueno, hágalo.

– ¿Será a cuenta de AAA o seguro?

– No, en efectivo.

Mackey le dijo que le costaría ochenta y cinco dólares por el enganche del vehículo más dos dólares por cada kilómetro de arrastre. El importe del cambio de la válvula sería de otros veinticinco más el coste de la válvula.

– Bueno, hágalo -repitió Bosch.

Mackey se levantó y miró a Bosch. Dio la sensación de fijarse directamente en el cuello de Harry antes de apartar la mirada. No dijo nada de los tatuajes.

– Debería, cerrar la parte de atrás -dijo en cambio-, a no ser que quiera perderlo todo por el camino.

Sonrió. Un poco de sentido del humor de grúa.

– Cojo la camisa y la cierro -dijo Bosch-. ¿Le importa que vaya con usted?

– A no ser que quiera llamar un taxi y viajar con estilo.

– Prefiero viajar con alguien que hable inglés.

Mackey prorrumpió en una carcajada mientras Bosch iba a la parte posterior de su coche. Bosch se apartó entonces para dejar que Mackey llevara a cabo las maniobras de enganchar el vehículo al camión grúa. Tardó menos de diez minutos en colocarse al lado de su camión, apretando una palanca que elevó la parte delantera del Mercedes en el aire. Cuando esruvo a la altura correcta para Mackey, éste comprobó las cadenas y los arneses y le dijo a Bosch que estaba listo para partir. Bosch entró en la cabina del camión grúa con la camisa echada sobre el brazo y el periódico doblado en la mano. Los pliegues del periódico dejaban a la vista la foto de Rebecca Verloren.