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– Está claro que utilizamos diccionarios distintos porque para mí el matrimonio significa cuidar el uno del otro. Querernos juntos. Compartir las risas y ayudarnos en el dolor. Saber que siempre habrá otra persona a tu lado. Pendiente de ti.

– Debo reconocer que tu definición suena maravillosa, pero la experiencia me ha demostrado que el matrimonio nada tiene que ver con eso. ¿Sinceramente crees que tu definición se ajusta a la realidad?

– Supongo que eso depende de por qué se casa una persona. Si nos casamos por dinero o buscando una posición social, estoy entonces de acuerdo en que podría resultar desastroso. Pero si el matrimonio está basado en el amor y en el respeto, porque no puedes imaginarte pasar un sólo día de tu vida sin la persona a la que has entregado tu corazón, entonces sí, creo que puede ser todas esas cosas hermosas. -Andrew tendió la mano en busca de la de ella. Tras dejar suavemente el anillo en su palma, cerró los dedos de Catherine y anidó su puño cerrado entre sus manos-. Catherine, si decides que no quieres casarte conmigo, que sea porque no pertenezco a tu clase social, porque no soy más que un vulgar norteamericano, porque tengo un pasado turbio, porque no me quieres. Pero, por favor, no me rechaces porque crees que te arrebataré cosas cuando lo único que quiero es darte. Dártelo todo. Siempre. Quiero cuidar de ti.

– Creo haber demostrado con bastante claridad durante la última década no necesitar que ningún hombre cuide de mí. -Una enfermiza sensación de pérdida la invadió al ver el dolor que asomaba a los ojos de Andrew. Cierto, ella no quería un marido, aunque también se dio cuenta, con repentina y punzante claridad, de que no quería que Andrew desapareciera de su vida-. ¿Por qué no seguimos como hasta ahora? -dijo, odiando la nota de desesperación que oyó en su voz.

– ¿Teniendo una aventura?

– Sí.

Catherine contuvo el aliento, a la espera de su respuesta. Finalmente, y en voz muy baja, Andrew dijo:

– No. No puedo hacerte eso. Ni a Spencer. Ni a mí mismo. Si seguimos así, llegará el momento en que alguien descubrirá la verdad, y las habladurías no harían más que perjudicaros a ti y a Spencer. No tengo el menor deseo de seguir escondiéndome, viviendo contigo momentos robados y manteniendo mis sentimientos ocultos. Lo quiero todo, Catherine. Todo o… nada.

El suelo pareció moverse bajo los pies de Catherine. La firmeza de la voz y de los ojos de Andrew era inconfundible, y de pronto fue presa de una oleada de rabia.

– No tienes ningún derecho a darme semejante ultimátum.

– No estoy de acuerdo contigo. Creo que el hecho de estar dolorosamente enamorado de ti y de haber compartido tu cama me dan ese derecho.

– El hecho de que hayamos compartido una cama no cambia nada.

– Te equivocas. Lo cambia todo. -Andrew le apretó un poco más la mano-. Catherine, o bien sientes lo mismo que yo, o no lo sientes. O me amas, o no. O quieres pasar el resto de tu vida conmigo, o no.

– ¿Y esperas que te dé una respuesta enseguida? ¿Todo o nada?

– Sí.

Catherine clavó en él la mirada, sintiendo la presión del anillo contra la palma de la mano. Una miríada de conflictivas emociones la golpearon en todas direcciones, pero apartó a un lado el revoltijo de sentimientos y se centró en la rabia: hacia él por obligarla a tomar una decisión como esa y hacia ella misma por haberse permitido vacilar. Su elección estaba clara. No quería un marido. Entonces, ¿por qué le resultaba tan condenadamente difícil decir la palabra precisa que le alejaría de ella?

«Porque esa palabra provocaría justamente eso… alejarle de ella.»

Se humedeció los labios secos.

– En ese caso, me temo que es nada.

Pasaron varios largos y silenciosos segundos y Catherine vio cómo la expresión de Andrew se tornaba vacía, como si hubiera corrido una cortina sobre sus sentimientos. Le palpitó un músculo en la mandíbula y su garganta se accionó en lo que Catherine supuso sería un intento por tragarse su decepción. Despacio, le soltó la mano al tiempo que en el interior de Catherine una vocecilla gritaba «¡No!», aunque mantuvo firmemente cerrados los labios para contenerla. Abrió lentamente la mano y le mostró el anillo. Él miró fijamente la gema durante tanto tiempo que Catherine pensó que se negaría a aceptarla. Y, de hecho, eso fue lo que hizo, tendiendo finalmente la mano y obligándola a que fuera ella quien depositara el anillo en su palma. Después, Andrew se retiró apresuradamente y salió de la habitación, cerrando con suavidad la puerta a su espalda sin volver la vista atrás.

Sin apartar los ojos de la puerta cerrada, Catherine se hundió en el sofá. El calor que la mano de Andrew había dejado en la suya en el punto donde se la había tomado apenas segundos antes había desaparecido, dejando un escalofrío que se extendió por todo su cuerpo. Su mente, su lógica, le decían que había tomado la decisión correcta. Sin embargo, el debilitador dolor que le embargaba el corazón indicaba que quizá acababa de cometer un terrible error.

Justo antes del amanecer, Andrew estaba sentado en el borde de la cama, con los codos sobre las rodillas y las manos acunando su dolorida cabeza. Sin embargo, el dolor sordo que le aquejaba las sienes no era nada comparado con el dolor desgarrador que le aprisionaba el pecho.

¿Cómo era posible que el corazón le doliera tanto y que aún así siguiera latiéndole? Lamentaba no poder achacar el resultado de su propuesta a su precipitada formulación, pero sospechaba que incluso aunque hubiera tardado meses en cortejar a Catherine, al final, ella le habría rechazado de todos modos.

«Pero, al menos, podrías haber disfrutado de esos meses con ella -se mofó de él su voz interna-. Ahora no tienes… nada.»

Andrew gimió y se levantó de golpe. Obviamente había cometido un error obligando a Catherine a elegir entre todo o nada, aunque maldición, llevaba mucho tiempo deseándola, mucho tiempo esperando. Había albergado muchas esperanzas de que ella terminara queriéndole. De que se diera por fin cuenta de que estaban hechos el uno para el otro.

La imagen del bastardo de Carmichael llevándola a rastras hacia los manantiales parpadeó en su mente y sus manos se cerraron con fuerza. ¿Qué había en la Guía que hubiera provocado en él un odio tan encarnizado como para intentar matar a su autor? Sí, las premisas y el explícito contenido de la mujer moderna actual eran escandalosas… pero ¿hasta el punto de incitar al asesinato?

Recordaba haberse encontrado con Carmichael tras el disparo en la fiesta de cumpleaños de lord Ravensly. Había sentido algo extraño, casi familiar, mientras a Carmichael le oía informar de que había visto a un hombre adentrarse a la carrera en Hyde Park tras el disparo. Y había tenido la misma sensación tanto en la velada en casa del duque como en el museo, el día anterior. Philip había dicho que Carmichael había pasado tiempo en Norteamérica…

Andrew cerró los ojos, obligándose a recordar cada detalle de sus encuentros con Carmichael, primero en las fiestas, luego en el museo…

Una imagen apareció en su mente: vio a Carmichael acariciándose la barbilla al tiempo que un arco iris de prismas de luz salían rebotados del diamante cuadrado y de los ónices del anillo que llevaba en el dedo. De pronto, Andrew fue presa de una oleada de reconocimiento y todo se congeló en su interior. Carmichael también llevaba ese anillo en las dos fiestas en las que se habían encontrado. No era el hombre quien había inspirado aquel destello de recuerdo… era el anillo.

Andrew se pasó las manos por la cabeza mientras el corazón le latía con fuerza. Si no hubiera revivido el día de la muerte de Emily, probablemente no habría reparado nunca en ello. Había enterrado ese dolor, esa imagen tan adentro… pero no había lugar a error. El particular anillo de diamantes y ónices era idéntico al que llevaba Lewis Manning el día en que Andrew le había disparado.