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Claudia siente que Khulu levanta los brazos y los deja caer. A su otro lado, el perfil de Harald es el de Duncan, el orden de los parecidos está invertido; la confusión la envuelve. Ve ante sí la cara de un paciente que ha enviado al cirujano y cuya operación debe hacerse hoy; es un fragmento del historial médico que es su vida y que cruza rápidamente por su pensamiento. Mis asesores y yo, qué dice la voz.

– Mis asesores y yo, naturalmente, tenemos que examinar el testimonio de los psiquiatras y sopesarlos debidamente. Sin embargo, tal como ha dicho el más alto tribunal del país, su ciencia no es absoluta, sino empírica. Los psiquiatras confían en lo que les ha contado el acusado, con frecuencia, sin analizar críticamente esas afirmaciones para determinar si han sido dichas de modo interesado. Mis asesores y yo también somos capaces de interpretar el testimonio como un todo, expuesto ante nosotros, para saber si hubo o no responsabilidad criminal. Si bien es cierto que el psiquiatra de la defensa opina que no hubo responsabilidad criminal, e incluso la psiquiatra de la acusación, aunque de modo reticente, ha hecho algunas concesiones, según dicta nuestra ley, estamos autorizados a llegar a nuestras propias conclusiones. Consideramos un hecho cierto que la historia personal de prolongado estrés emocional del acusado es auténtica, pero ¿es eso suficiente?

Controla su vida, la de Claudia y la suya, con tanta seguridad. Primero fueron cedidos a las manos de Motsamai; ahora, están en poder de ese hombre que pregunta, pero ¿es eso suficiente? La omnipotencia del poder. Sólo Duncan podría contestar.

– Hemos identificado los aspectos decisivos del caso. Uno: ¿La premeditación de la venganza ocupó al acusado durante el día que pasó solo en la casita y, como consecuencia, se dirigió a la casa con intención de buscar a Jespersen y causarle daño físico?

»Dos: Fuera o no premeditada la intención de causar daño, cuando el acusado cogió el arma y disparó a Jespersen, ¿se encontraba en un estado de automatismo en el que las inhibiciones se desintegraron y se produjo una pérdida total de control?

»En relación con la cuestión número uno, mi distinguido asesor, el señor Abrahamse, abogado, y yo consideramos que no hubo premeditación de causar daño en venganza, y nos basamos en la ausencia de disimulo en el testimonio del acusado y en el hecho de que, en primer lugar, se ha aceptado que no tenía arma de ningún tipo cuando salió de la casita; en segundo lugar, aunque el arma de la casa no estaba guardada en lugar seguro, sólo en un cajón de un dormitorio, era razonable suponer que cuando la habitación había sido recogida tras la reunión no habría quedado sobre la mesa. Mi distinguido asesor, el señor Conroy, experto y veterano magistrado, sostenía la opinión minoritaria de que hubo premeditación, basándose en la razonable asunción de que eso era lo que implicaba el solitario encarcelamiento en la casita.

»En relación con la cuestión número dos, el tribunal ha dedicado una cuidadosa deliberación a los elementos opuestos revelados por los únicos testimonios disponibles del crimen (el acusado mismo y el cadáver de la víctima) y las diversas interpretaciones de este acto, tal como se ha presentado ante el tribunal. El acusado ha testificado que no vio el arma cuando entró en el cuarto de estar y que no puede decir en qué momento la vio. Sin embargo, admite que la vio y la cogió. Dice que "no tomó ninguna decisión"; y, sin embargo, la disparó.

La mirada que se alza los acusa, a la madre, al padre y al amigo del asesino, aunque probablemente el juez ni siquiera sabe dónde están entre tantos rostros; aceptan la mirada como dirigida a ellos.

– Existen algunas dudas sobre si sabía o no que estaba cargada. Si no lo sabía, aunque es razonable suponer que lo sabía, puesto que en la fiesta pudo haber visto la demostración de que lo estaba, y tuvo que verificar si lo estaba o no abriendo la recámara, el difunto habría tenido sin duda aviso suficiente de las intenciones del acusado y podría haber hecho un movimiento, saltar para defenderse. Sigue siendo dudosa la validez del alegato de que una persona puede verificar que un arma está cargada o no, si está puesto o no el seguro, y, a continuación, apuntar cuidadosamente a la cabeza de la víctima, si uno no es un tirador experto y se encuentra en un estado de incapacidad para tener una conducta deliberada, que es una de las definiciones de ausencia de imputabilidad criminal. El acusado ha admitido que el arma, que sabía utilizar, era, sin embargo «la única que he tocado en mi vida». El uso de algo que no es habitual, por lo general exige una atención consciente para su manejo, por simple que sea el proceso.

La protección que los envolvía se ha alejado; las personas que les hacían compañía se han convertido de nuevo en público, impaciente y aburrido con todo este sí y no y tal vez y sin embargo legal. La importancia de la siguiente afirmación del juez, pronunciada con cuidado, sin ninguno de los ecos histriónicos que han advertido en algunas de sus otras manifestaciones, no satisface las expectativas.

– No obstante, la opinión de los asesores y la mía propia es que, aunque el crimen se cometió bajo una situación de estrés extremo, fue un acto consciente por el que el acusado tiene responsabilidad criminal.

Incluso Harald y Claudia, que han estado sopesando, intensamente concentrados, los síes y los noes del enrevesado discurso -u, ojalá uno se sintiera lo bastante distante, lo bastante seguro como para sentirse aburrido-, se sienten desconcertados durante un momento, antes de traducir la seca afirmación de una opinión razonada como el martillazo del veredicto. Por qué seguir, por qué sigue, ya ha cogido su arma y ha dado el martillazo, en pleno pecho. Imputabilidad criminal. Nuestro hijo no está loco. Duncan, ¿lo has oído?, ¿lo has entendido?

Pero el hombre sigue adelante. Los hostiga, no puede dejar solo lo que ha dicho, tiene que hacerlo otra vez. Manipula la esperanza.

– El tribunal tiene en consideración ciertos factores atenuantes, aunque el acusado no ha dado muestras de arrepentimiento por su crimen. En primer lugar, no llevó ningún arma cuando se dirigió a la casa. En segundo lugar, no podía saber que el fallecido estaría echado en el mismo sofá en que había tenido lugar el acto sexual la noche anterior ante sus ojos. En tercer lugar, el arma estaba allí por casualidad, sobre la mesa. Si no hubiera estado allí, tal vez el acusado habría insultado al fallecido, tal vez incluso le habría dado algún puñetazo, venganza habitual en un amante deshonrado… o bien ambas cosas.

En ese momento, parece abandonar su texto, acusar a la asamblea y a sí mismo, a las calles y zonas residenciales y campamentos con ocupantes ilegales situados fuera de los tribunales y los pasillos, a la muchedumbre de la que todos forman parte, apretándose contra el resquebrajado palacio de justicia.

– Pero ésta es la tragedia de nuestros tiempos, una tragedia que se repite todos los días, todas las noches, en esta ciudad, en nuestro país. Parte de los objetos domésticos, algo que se lleva en los bolsillos junto con las llaves del coche, incluso en las mochilas de los niños, constantemente a mano en situaciones que conducen a la tragedia: resulta que las armas están ahí.