Fue una suerte que el móvil de Hope sonara en ese momento. Si no hubiera sido así, Hope habría roto a llorar y les habría contado que le había dado un beso increíble y que después la había metido en un taxi y la había enviado a casa.
– No sabéis lo que me ha gustado hablar con vosotras, pero tengo que contestar a la llamada. Hola -añadió, ya al otro aparato.
– ¿Hope? Soy Sam.
No era normal que sintiera ese escalofrío. Solo las mujeres que estaban desesperadas reaccionarían con esa intensidad.
– ¿Qué te parece si hacemos las compras de Navidad juntos?
– ¿Perdón?
– ¿Entraría hacer las compras navideñas dentro de los límites de nuestro trato?
– Pues… no se me había ocurrido, pero imagino que como la idea es ayudarnos el uno al otro, creo que…
– Tengo tiempo libre esta tarde y me gustaría hacer las compras navideñas cuanto antes.
¿Cuánto antes? Hope había hecho sus compras hacía meses.
– Está lloviendo -le informó ella.
– Mejor -replicó Sam.
– ¿Te has vuelto un romántico?
En cuanto lo dijo, se arrepintió.
Hubo una pausa.
– No, es que he pensado que la nieve hará que mucha gente se quede en casa. Odio las tiendas abarrotadas. Te hago un trato: si me ayudas a comprar los regalos, luego te invitaré a tomar algo en el Oak Bar.
De repente, se imaginó con Sam en el elegante y antiguo bar, cargados de paquetes como cualquier pareja después de un día de compras. Fue una sensación muy agradable. Además, ella también podía aprovechar para hacer alguna compra.
– Ahora que lo pienso, yo necesito comprar papel de envolver.
– Estupendo, te veo en Saks a la una.
– De acuerdo, justo en la entrada principal que da a la Quinta Avenida.
Después de colgar, Hope dejó a un lado el libro que estaba leyendo sobre gatos y abrió su portátil con cierta desgana. Entonces se recordó que, aunque iba a ver a Sam, no se trataba de una cita normal. Era más bien una reunión de trabajo que tenía como fin comprar los regalos de Navidad.
– Les encantarán los jerséis de cachemir -dijo Hope-. Nunca te cansas de ellos. Lo único que te digo es que no les regales el mismo a todas.
– ¿No? Me parecía una idea brillante. Amarillo para mi madre, rosa para Betsy y azul para Kris.
Aunque en realidad tenía sus dudas. No sabía si no sería mejor mandarles una generosa cantidad de dinero, tanto a sus padres, como a sus hermanas. Betsy y Kris se lo gastarían en sus hijos, o pagando alguna deuda. Pero el cheque de sus padres iría destinado a los regalos de sus sobrinos y al cuidado de los padres de su madre.
Por otro lado, quería que su regalo fuera personal. Pero a veces se sentía impotente y pensaba que un jersey de cachemir o un par de pendientes de oro no cambiaría en nada sus vidas. Aun así, había decidido pedirle ayuda a Hope. A pesar de lo mandona que era. Pero por alguna extraña razón, le gustaba que Hope le diera órdenes.
– De acuerdo, ¿tú qué les regalarías?
– Tendría que saber un poco más de ellas -contestó Hope, con una expresión de paciencia llevada al límite.
A Sam le gustaba cómo iba vestida ella aquel día. Llevaba unos pantalones negros ceñidos, metidos en unas botas negras de nieve; un jersey negro, probablemente de cachemir; y una chaqueta de leopardo, que resaltaba más aún el verde de sus ojos y el color cobrizo de su pelo.
Pero Sam empezaba a temerse que Hope le gustaría igual, llevara la ropa que llevara. Lo cierto era que había estado pensando y pensando hasta que había encontrado una excusa para verla ese día. Tenían que verse al viernes siguiente y eso era lo que debería haber hecho, porque, además, necesitaba todo ese tiempo, cada minuto de él, para recuperarse de aquel beso.
El problema era que no había sido un beso normal. Por eso estaba allí, con ella, haciendo las compras de Navidad mucho antes de lo que nunca las hacía. Pero por otra parte sabía que en el trato no entraba que la invitara a cenar o al cine. Además, seguramente en ambos casos acabaría besándola de nuevo; y se conocía lo suficiente como para saber que no podría soportar otro beso sin exigirle a ella algo más.
Así que necesitaba atenerse a las reglas del principio.
– Tu familia -dijo Hope-. Que me expliques algo de ellos.
– Ah -contestó él, volviendo a la realidad-. Mamá es -hizo un gesto con las manos para indicar que había engordado con la edad-. Betsy es muy delgada y Kris está empezando a parecerse mucho a mi madre.
– ¿El color de pelo?
– Gris, rubio y rubio.
– ¿Ojos?
– Marrones, azules y azules.
– ¿Igual que los tuyos?
Sam, que había estado admirando su boca y estaba sintiendo la típica reacción hormonal, se preguntó si sería capaz de ser admitido como socio de su empresa sin pensar todo el tiempo en el trabajo. Sí, quizá debería tomarse de vez en cuando un respiro y ella podía tomárselo junto a él. Pero sabía que eso no entraba en los planes de Hope.
Se aclaró la garganta y miró hacia una pila de jerséis de cuello alto.
– Sí, todos los hijos tenemos el color de ojos de nuestro padre.
– De acuerdo, entonces veamos qué hay por aquí.
Las pequeñas manos de Hope rebuscaron entre los estantes. Sus ojos verdes miraron hacia los diferentes maniquís.
– ¿Qué te parece este para tu madre?
Hope le mostró un jersey rojo y Sam se dio cuenta en seguida de que su madre estaría muy guapa con aquel color. No se quitaría el jersey en todas las navidades.
– Buena elección. Me lo llevo.
– Ahora Betsy.
Entonces se fue y apareció con un jersey azul, ni muy claro ni muy oscuro, sin mangas y con una rebeca a juego.
– Este también. Y solo falta uno.
– Kris.
Hope tenía memoria para los nombres.
– Queremos algo que la haga más delgada, pero que no la obligue a adelgazar.
– Yo jamás…
– Claro que no. No haría falta. Se lo dirá ella misma -Hope se precipitó a otro de los estantes-. ¿Qué te parece este? A mí me parece propio de una rubia explosiva.
Al decirlo, se lo puso por encima.
Sam pensó que debía de costar unos trescientos dólares, pero tenía que admitir que había sido una buena elección para Kris. Era negro y no de cuello alto exactamente, pero tampoco bajo.
– Sí, creo que le gustará.
– Como lleva estos triángulos, le hará más delgada. Vale, ¿y ahora cuál es el próximo?
– Bueno, nos quedan mis dos abuelas.
– ¿Batas, quizá? ¿O algo menos tópico? Podríamos ir a…
– Me gusta esta tienda.
– ¿No deberíamos variar?
– No, quizá encontremos aquí un chal. Me gusta este departamento. No hay mucha gente.
– ¿Los puedo ayudar en algo? -se acercó a ellos en ese momento una dependienta.
– Sí, nos vamos a llevar estos jerséis.
– Y quizá algún chal.
– Oh, los tenemos muy bonitos. Vengan por aquí.
– Echaremos un vistazo mientras nos envuelve esto para regalo -contestó Hope a la chica.
Solo tardó tres minutos en convencer a Sam que regalar un chal a una mujer la hacía sentirse vieja. Porque solo solían regalarse a las ancianas. Sin embargo, una chaqueta de mohair rejuvenecería a sus abuelas.
– ¿Quién más te queda? -preguntó ella.
– Mi señora de la limpieza y mi secretaria.
– ¿Quieres que vayamos al departamento de joyería o al de guantes?
– De acuerdo.
Enseguida, compraron un pañuelo para la secretaria y un par de guantes calentitos para la mujer de la limpieza, y salieron de la tienda cargados de paquetes grises con cintas rojas.
– ¿Por qué has querido entrar en F.A.O. Schwartz? -preguntó Hope, agarrando con ambas manos su café irlandés.
– Te merecías una recompensa por sacarme de Saks tan pronto. Y F.A.O. Schwartz ha sido tu recompensa.
– ¡Ja! Lo que pasa es que querías jugar a los videojuegos.