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– Gané -la miró por encima de su copa de Martini y esbozó una sonrisa-. Gracias por acompañarme. ¿Crees que a los niños les gustará lo que les he comprado?

– ¿Cómo no va a gustarles? Son chicos, ¿no?

– Los cuatro.

– ¿Cuántos años tienen?

– Doce, once, diez y nueve. Kris y Betsy se casaron y tuvieron sus hijos siendo muy jóvenes.

Hope examinó la expresión de la cara de Hope. Por un momento, le pareció que estaba triste.

– ¿Por qué no hiciste tú lo mismo? -le preguntó Hope.

– Alguien de la familia tenía que tener un poco de ambición. Todos los demás tienen la filosofía de «lo que necesitas es amor».

– Algunas veces me pregunto…

Pero no terminó la frase. Algunas veces se preguntaba si aquello era la felicidad, simplemente amar y ser amado.

Su madre lo había sacrificado todo por el amor. Había dejado todo al casarse con aquel piloto romántico y guapo que llegaría a ser el padre de Hope y sus hermanas. Incluso había sacrificado su vida para estar con él el día en que la pasión de esquiar de su padre se los llevó para siempre.

Pero también había amado a sus hijas. No las dejó a su familia, sino a su amiga de la infancia, a Maggie Summer y a su marido Hank. Aunque Maggie y Hank comentaban a veces que hacía falta algo más que amor para llevar una vida plena, era el amor lo que gobernaba su casa.

Faith y Charity querían conseguir ambas cosas, el éxito profesional y el amor, mientras que ella sentía que el amor solo podías tenerlo después de conseguir el éxito profesional. Pero ya no estaba tan segura de ello.

Con el café irlandés, y quizá algo más, le estaba entrando un calor muy agradable por todo el cuerpo. Se recostó en el cómodo sillón de cuero negro y contempló el salón de madera. Fuera, la nieve caía con furia, cubriendo las ramas de los árboles y reflejando las luces de los coches y las farolas. ¿No era una manera preciosa de pasar una tarde ventosa de invierno, viendo caer la nieve y pensando en el amor?

Sintió que se ponía colorada y tuvo mucho cuidado de no mirar a Sam al hacer la pregunta de nuevo.

– ¿Qué será lo que hace que personas como tú y como yo pongamos el amor por detrás de la ambición?

– Para mí es por el poder que lleva consigo -su rostro se ensombreció-. Y lo que pasa cuando no lo tienes. La gente puede que te respete como persona, pero en una pelea, estás indefenso.

Lo dijo con amargura y como si se sorprendiera por dejar que la conversación hubiera ido a parar a temas personales. Su rostro pareció sufrir varios cambios antes de que el hombre que llevaba dentro se ocultara de nuevo.

– ¡Vaya! Es más cansado ir de compras que jugar al squash.

– ¿Juegas al squash?

– Es con lo que haces más ejercicio en menos tiempo.

Hope recibió con agrado el giro de la conversación. Estaba intrigada por la expresión que había visto en Sam momentos antes, pero se alegraba de poder olvidarse de sus dudas acerca del amor.

En poco tiempo, le empezaría a contar la triste historia de su familia, que había pasado de la prosperidad a la mera subsistencia. No era por el Martini, no tenía que buscar culpables. Era la sensación de agradable familiaridad que sentía con Hope, casi desde el momento en que la había conocido.

Era agradable hablar con ella. Aunque complicado en otros aspectos.

Sabía que no podía dejarse llevar por su sonrisa cálida, por sus ocasionales rubores, o por el modo en que lo había besado como si lo deseara con la misma desesperación que él la deseaba a ella.

Era imposible que lo deseara con el ardor que él la deseaba a ella. Nadie podía desear a nadie tanto como él a ella. ¡Dios! ¿Desde hacía cuánto? Había sido idiota por mostrarse tan frágil delante de aquella mujer.

Era peligroso intimar con ella. Había cosas que no quería tener que explicarle. Como por ejemplo por qué tenía un apartamento tan barato. Él ganaba bastante dinero y no quería que ella supiera que solo lo gastaba en las cosas que necesitaba para triunfar profesionalmente. Había demasiadas cosas que tenía que hacer todavía antes de relajarse y admitir que era un hombre rico.

No tenía intención de quedar atrapado, como le había ocurrido a su padre cuando la cosecha le falló y volvió a fallarle una y otra vez hasta que no tuvo nada. Su padre había terminado trabajando en un taller de reparación de tractores. A veces, escuchaba la voz de su madre diciendo: «pero seguimos teniéndonos el uno al otro y eso es lo que importa». Era lo que decía cada vez que no podían comprar o pagar algo.

Como, por ejemplo, la universidad de los hijos. Sus hermanas se habían puesto a trabajar nada más terminar el instituto. Se habían casado con chicos de allí siendo muy jovencitas y antes de aprender nada del mundo. El se había arriesgado a ser diferente. Había trabajado mucho para llegar donde estaba y estaba muy cerca de conseguir sus fines.

La directiva de su empresa haría una reunión antes de Navidad para hacer el recuento de gastos y beneficios. Entonces distribuirían las ganancias y decidirían si admitir nuevos socios. Entonces él sabría cuál sería su nuevo lugar dentro de la empresa.

Pero para conseguir su objetivo, sabía que tendría que ver con menos frecuencia a Hope. No se inventaría ninguna excusa para verla antes de la fiesta del viernes siguiente. Se atendría a lo que habían hablado sobre su relación.

Aunque había algo que no habían aclarado todavía. Y había llegado demasiado lejos como para seguir engañándose. Quería hacer el amor con Hope. Yeso no tenía nada que ver con el trato.

Pero quizá pudiera convencerla para que se acostaran juntos.

Llegó al edificio donde vivía, subió los tres pisos y abrió la puerta de su apartamento de una sola habitación. Dejó los regalos en la cama y se preguntó qué estaría haciendo Hope en ese momento.

Hope había esperado que le sugiriera ir a cenar después de las compras. Pero él ni siquiera había mencionado que se verían el viernes, cosa que le hizo sentir una mezcla de alivio y frustración.

Antes de encender la luz, había aprendido la lección, intuyó que seguramente habría algún nuevo cambio en el salón. Y efectivamente, en una sola tarde, un árbol había florecido en la esquina que había detrás del sofá.

Sus hojas pequeñas y delicadas proyectaban sombras sobre el techo y el sofá, haciendo casi desaparecer las luces que se veían allá abajo en la ciudad. Era como un refugio que la protegiera del bullicio, acurrucándola entre sus ramas.

Dejó el paquete que llevaba con un movimiento brusco.

«Por Dios, si es solo un árbol», se dijo. Maybelle había vuelto a sorprenderla.

– No vamos a conseguir un acuerdo en el caso Palmer -Sam se echó hacia atrás-. Hay demasiados intereses en juego. Y más desde que los medios de comunicación se han interesado por este asunto.

Phil asintió.

– Por otra parte, no es difícil ponerse en el punto de vista de Magnolia Heights. El sistema de aguas no funciona, hay goteras por todas partes, moho…

– Pero estamos convencidos de que Palmer no es el responsable -comentó Sam.

– Nosotros representamos a Cañerías Palmer -Phil lo miró con expresión seria-. Así que nos atenernos a las pruebas que ellos nos han dado.

– Me doy cuenta de ello.

Phil suspiró.

– La verdad es que nuestros expertos revisaron las cañerías y son exactamente como Palmer dice.

– Número 12867 -dijo Sam con tono casi maternal.

– La razón por la que te he llamado -continuó Phil-, es que la directiva quiere que tú lleves el caso en los tribunales.

– Gracias, Phil, es un honor.

– Eso dice mucho de lo que la empresa opina de ti.

No se necesitaba ser más claro. Le estaba diciendo que le daban el caso a Sam porque estaban considerando seriamente la posibilidad de ofrecerle entrar en la sociedad. Así que Palmer sería el puente hacia su futuro. Si ganaba el caso, podría quizá proponerle a Hope llevar el trato entre ambos a otros niveles.