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– Calla, no hables de preocupaciones.

– ¿Cuándo? -preguntó Hope, en medio de un silencio total.

– Cuanto antes mejor.

– Hoy terminaremos tarde. Las fiestas de Max son muy largas, pero mañana… ¿qué te parece? Prefiero que vengas aquí, me sentiría más cómoda. Creo.

Sam asintió.

– Gracias. Eres una persona muy amable.

Por extraño que parezca, Sam miró su reloj.

– Vamos a retrasarnos más de los diez minutos de cortesía. ¿Estás lista para salir?

O sea, que iba a ser eso: sexo terapéutico. Y al parecer, la idea no lo ponía a Sam muy nervioso. Hope, en defensa propia, también consultó su reloj.

– ¿Te importa si hago una llamada antes de salir?

– Adelante. Yo apuntaré mientras tanto, la dirección del vino. A lo mejor pido una caja.

A Hope le entraron ganas de dar un portazo al entrar en el dormitorio. Cuando cerró la puerta, suavemente, apretó los dientes y tomó el teléfono. Dejó un mensaje en voz baja.

– Maybelle, te necesito rápidamente. Quiero tener el dormitorio acabado para mañana. No me importa que sea sábado. Es una emergencia -hizo una pausa-. Soy Hope. Llámame mañana a primera hora.

¿Podría aguantar ir a aquella fiesta con todo lo que tenía en la cabeza? Y encima tendría que poner buena cara durante toda la noche.

Sí, eso era justamente lo que iba a hacer.

Encontró a Sam en el sofá, como si se hubiera derrumbado en él. Aunque, por supuesto, enseguida se puso el abrigo y todo volvió a la normalidad. Como si no hubieran tenido la conversación más extraña que se podía dar entre dos personas.

¡Lo había hecho! No sabía cómo, pero así había sido.

La noche fue extraña, sabiendo que al día siguiente el suave cuerpo de Hope se deslizaría contra el suyo. Que se enterraría en ella, junto con sus frustraciones y ansiedades. Y eso hacía que cada mirada, cada gesto y cada roce, fueran como dardos cargados de tensión. Aquella noche, cuando Hope estaba a su lado y sus senos rozaron su brazo, lo tomó como una promesa, no como un accidente.

No se atrevió a besarla al despedirse. Las veinticuatro horas que faltaban le habrían parecido aún más largas. La había deseado desde el primer momento y, finalmente, iba a ser suya.

Movió la cabeza y se sonrió. Se acostaría con ella, o mejor dicho, haría el amor con ella, pero sería solo sexo. Solo algo carnal que lo haría sentirse satisfecho.

De repente, su sonrisa se apagó. ¿Pero no era eso lo que quería?

Una vez más, se recreó en su recuerdo. En su imagen, su cuerpo fuerte, en su risa y su cortina de pelo…

Era Hope en lo que pensaba, no simplemente en el sexo. Al descubrirlo, supo que estaba en un grave aprieto.

– No me diga nada del tráfico, amigo -dijo en ese momento el taxista-. Es viernes noche, ¿me entiende? Estamos en vacaciones. ¡Así es Nueva York! Yo estoy haciendo lo que puedo. Ustedes siempre tienen prisa, siempre se quejan…

– Dijiste que a primera hora de la mañana, así que te llamo a primera hora.

– ¡Pero no a las seis de la mañana!

– Me alegro de haberte despertado. Tenemos mucho trabajo, cielo. ¿A qué hora quieres que la energía fluya en tu dormitorio?

– A las siete de la tarde.

– Bueno, pues descansa un poco y espérame hacia las nueve.

– ¿Por qué vas a tardar tanto? -preguntó Hope con impaciencia.

– Porque tengo que hacer unas cuantas llamadas e ir a recoger algunos muebles. Bueno, cielo, y tómate un café, y me refiero a un buen café, antes de que vaya, porque no podré hacer nada por ti si tu humor no mejora.

– No necesito que nadie haga nada por mí. Solo necesito que me ayudes con el dormitorio…

Pero Maybelle había colgado.

Hope se levantó del sofá y se llevó la sábana y la manta a su habitación. No quería que Maybelle supiera que había dormido en el sofá. Tampoco que supiera el porqué no había podido dormir nada. Quizá pudiera dormir un poco más tarde. Después de… después de…

Café. Definitivamente iba a necesitar mucho café.

– Hemos venido a cambiar la cama.

El que hablaba era el hombre más guapo que Hope había tenido el placer de recibir en su casa un gélido sábado por la mañana, a excepción del hombre que lo acompañaba. A pesar de que ninguno de los dos la atraía tanto como Sam, seguro que cualquier otra mujer sí los encontraría muy atractivos. Porque desde luego eran irresistibles. Pensó en sus hermanas solteras y decidió que tenía que conseguir que le dieran sus tarjetas antes de irse.

Pero su instinto de alcahueta tendría que esperar.

– ¿Qué quiere decir con cambiar la cama? ¿Dónde está Maybelle?

– Está en el camión, vigilando hasta que vayamos -contestó el adonis «número uno» con una sonrisa perfecta.

Entonces los dos hombres fueron al dormitorio y se quitaron las chaquetas de cuero. Hope corrió tras ellos.

– ¿Pero cómo saben dónde… quiero decir que cuál es el motivo para mover la…?

El adonis «número dos» se sacó un destornillador del cinturón y empezó a desarmar la cama. Mientras tanto, adonis «número uno» abrió una gran caja y sacó de ella lo necesario para fabricar un armazón de acero liso, que puso frente a las puertas del cuarto de baño y el armario. Luego sacaron la cama y el colchón antiguos al salón sin ningún esfuerzo.

Volvieron al dormitorio y terminaron de montar y colocar la cama. Mientras lo hacían, sonó el móvil de uno de ellos.

– Sí, va todo bien. Bajaremos enseguida.

– ¿Es Maybelle?

Dickie asintió y Hope le quitó el teléfono sin más preámbulos.

– ¿Qué está pasando aquí? Me han destrozado el dormitorio… ¿y adonde se llevan mi cama?

Fue detrás de los hombres, con el teléfono en la oreja, pero ellos eran mucho más rápidos que ella.

– Tuve una suerte increíble de encontrar a estos muchachos tan pronto. ¿No son guapísimos? -le dijo Maybelle a través del móvil-. ¿Has visto alguna vez unos músculos así?

– Sí, tienen buenos músculos.

La puerta del apartamento vecino se abrió y su vecino la miró con el ceño fruncido. Hope no se había dado cuenta de que estaba en el descansillo de la escalera hablando de hombres musculosos. Así que se metió en casa y cerró la puerta.

– Pues diles que utilicen sus músculos para devolverme la cama.

– Oh, cielo, pero si no vas a necesitar esa cama para nada. Ya te explicaré todo cuando tengamos tiempo. Adiós.

Hope no tuvo tiempo para calmarse. Maybelle, en vaqueros azul claro y camisa blanca reluciente, apareció entonces entre los dos muchachos, que llevaban una enorme caja con ellos.

– No te preocupes, no pesa mucho -afirmó la decoradora, a pesar de que Hope no se había ofrecido a ayudarlos.

Cuando los dos hombres se metieron en el dormitorio y empezaron a dar golpes, Hope se fue hacia la mesa de café de cristal, se agachó y al ir a sentarse, se cayó al suelo.

– ¿Dónde está mi mesa de café?

– Está… -empezó Dickie, uno de los chicos.

En ese momento, Hope vio que el cristal estaba apoyado contra la pared y la base de mármol detrás.

– ¿Qué hace ahí?

– Dickie la bajará enseguida al camión -contestó Maybelle, desapareciendo en el dormitorio.

– Pero, ¿por qué?

Oyó voces en el dormitorio y Maybelle asomó en la entrada.

– Cielo, tenemos que eliminar todas las esquinas.

– Maybelle -empezó a decir Hope-, has venido a trabajar en mi dormitorio, no en mi personalidad.

Los ojos de Maybelle, de un azul vivo y llenos de energía, se abrieron de par en par.

– Oh, tú no eres la que tiene esquinas. Tú eres dulce como un merengue. Tu mobiliario es lo que resulta cortante.

La mujer miró nerviosa hacia el dormitorio.

– Escucha, cariño, no tenemos tiempo para teorizar sobre el feng shui, pero estoy preparando todo para que te sientas cómoda en tu casa. Y ahora tendrás cosas que planear para cuando venga tu amigo esta noche. Ponte a pensar en la cena y déjame el resto a mí.