– ¿Cómo sabes que va a venir un amigo y no una amiga?
– No soy una niña -le contestó Maybelle.
En ese momento, se oyó una exclamación que provenía del dormitorio y Maybelle fue hacia allá. Hope hizo un gesto de impotencia, agarró su abrigo y su bolso, y se dispuso a salir a hacer la compra.
Casi aturdida, Hope caminó entre las suaves sillas y la mesa de madera de forma redondeada que llenaban su salón. Tenía que admitir que le daban un aspecto mucho más acogedor. Otra nueva adquisición era una pequeña mesa redonda con cuatro sillas tapizadas. Hope se sintió tranquila, tanto como para negarse a hacer un cálculo mental de lo que le costaría.
– Creo que ya puedes ver lo que hemos hecho aquí dentro.
Hope fue hacia el dormitorio sin dejar de oír la verborrea de Maybelle.
– Nos hemos deshecho de esa cama. Además, rechinaba. Este somier no hará ruido.
La idea de que el somier hiciera ruido hizo que Hope se quedara inmóvil durante unos breves instantes.
– ¡Oh, Cielo santo!
La cama estaba separada del armario y de la puerta del cuarto de baño, pero tenía alrededor una especie de material acolchado que lo rodeaba como unos brazos. A ambos lados, había dos mesillas redondas, y la colcha tenía un dibujo de flores de color apagado, que hacía juego con la cómoda. Había una lamparilla en cada una de las mesillas de noche. Eran altas, elegantes y con pantallas de color rosa.
– Es muy bonito… Aunque creo que esperaba algo más… sencillo.
– Quería que te sintieras como si estuvieras en un jardín -le explicó Maybelle-. Parece que te gustan las flores y las plantas, por eso he escogido esta tapicería.
Hubo un silencio antes de que Hope contestara nada.
– ¿De dónde les llega la electricidad a las lámparas?
Maybelle se cruzó de brazos.
– Kevin sacó un cable que pasa por debajo de la cama.
Hope asintió.
– Por otra parte -continuó diciendo Maybelle-. ¿Quieres de verdad tumbarte en esta cama… mientras tu familia te está mirando desde la cómoda?
Hope se imaginó a ella y a Sam en aquella cama de flores, mientras sus padres los miraban con dulzura y sus hermanas lo hacían con sonrisas traviesas.
– Bien, será mejor poner velas.
Maybelle abrió un paquete y sacó cinco velas, cada una de diferente color, y las puso en una bandeja sobre la mesilla.
– Quedaos aquí mientras pongo otras cuantas en el salón.
La mujer salió y Dickie miró las fotografías. Luego se las dio a Hope y limpió enérgicamente el polvo de la cómoda con un paño que llevaba colgado en su musculoso brazo.
Después se retiró para admirar lo que había hecho.
– Hemos puesto un móvil en la cocina para dar un toque romántico al espacio. Esa era la idea -explicó, bajando modestamente la cabeza.
– Me gustan los móviles. Sobre todo los de cobre. Me recuerdan a las cañerías -observó la fotografía de sus hermanas-. Me encanta esta foto de mis hermanas -dijo, mostrándosela a ellos.
– Son guapas.
– Sí, ¿verdad? -Hope hizo una pausa-. ¿Estáis casados?
– Todavía no. Nos casaremos cuando las leyes cambien. Yo quería irme a Vermont, donde podemos casarnos, pero Kevin prefiere quedarse en Nueva York. Está seguro de que pronto empezaremos a trabajar en el mundo del espectáculo.
– Oh. Entonces me imagino que no os interesaría… No, claro.
Maybelle volvió y añadió una sexta vela, de color rosa, a las otras.
– Necesitas más fuego en tu vida -aseguró, mirándola fijamente a los ojos-. Dickie, ve al camión y trae las flautas de bambú. Tenemos que hacer algo con esas vigas de madera que hay ahí -se volvió hacia Hope-. Las vigas pueden hacerte sentir que tienes un peso encima. Si ponemos flautas, disminuirá ese peso.
Después de que se marcharan todos, Hope contempló la cama y se sentó sobre ella. Luego se relajó y se tumbó.
Se sentía como si estuviera en brazos de una planta gigante y viva.
Hope estaba muy nerviosa y, al oír el telefonillo y al portero anunciándole que Sam había llegado, sintió un intenso calor por todo el cuerpo. Sobre todo en aquellas partes que más deseaban a Sam. Porque lo cierto era que ya no solo fantaseaba con él en sueños, sino que no había podido sacárselo de la cabeza en todo el día.
Sam no podía enterarse, claro, porque dejaría de confiar en la promesa que le había hecho de no dejar que los sentimientos entraran a formar parte de todo aquello.
De acuerdo, no le pediría nada. Se lo suplicaría.
Se dio mentalmente un golpe en la cabeza para parar esos pensamientos. No estaba así de nerviosa ni cuando la presentación del material 12867, ni cuando terminó la carrera. Estaba casi así, pero no tanto, el día en que sus padres las habían dejado solas y Charity se había subido al tejado del garaje diciendo que era Peter Pan y quería volar. Pero de eso hacía mucho tiempo.
El truco sería comportarse de manera alegre, como si lo que iba a ocurrir esa noche entre ellos fuera normal. En resumen, tenía que disfrazar su nerviosismo, tratando de mostrarse más tranquila de lo normal. Lo que era bastante difícil cuando estabas temblando por dentro.
– Que suba -contestó al portero.
Había tenido tiempo suficiente de mirarse al espejo. Llevaba un mono de terciopelo negro, sin casi nada debajo, y unas zapatillas planas. Como estaba en casa, tenía que tener un aspecto natural. Ni provocativo, ni de monja. Nada de joyas, ni de maquillaje. Quizá podía ponerse algo que fuera más fácil de quitar, se dijo. Pero en ese momento sonó el timbre de la puerta.
Miró por última vez a la ventana, diciéndose que si no hiciera tanto frío saltaría por ella. Luego abrió la puerta.
Como siempre que lo veía, la dejó sin aliento. Llevaba un jersey blanco, unos pantalones negros y un abrigo gris. En una mano, tenía un ramo de rosas blancas y rojas, mientras que en la otra llevaba una planta blanca.
– Hola, felices fiestas -fue el saludo de Sam-. Adivina cuál es mi regalo.
– No sé, me da un poco de miedo inclinarme por uno. Son tan diferentes… y al mismo tiempo los dos son preciosos -añadió rápidamente.
Sam dejó su maletín en el suelo e hizo un gesto hacia la planta.
– El ramo de flores estaba abajo y me he ofrecido a subírtelo -le explicó-. ¿Dónde pongo la planta? -preguntó.
– Déjame que piense -se dirigió hacia su nueva mesa de café y luego miró a la habitación-. Vamos a ponerlo allí, bajo la ventana. Es preciosa, Sam.
– ¿Quieres que me vaya para que leas la tarjeta a solas?
– ¿La del ramo? ¡No!
Parecía que el ramo, que no sabía quién podía habérselo mandado, iba a estropearles la noche.
Sacó la tarjeta del sobre casi con rabia y empezó a leer. Cielo… Hope sonrió.
– Es de mi decoradora. Ha estado haciendo algunas cosas en el apartamento. Es una persona… especial. Le pega mandar flores.
– Sí, veo algunos cambios aquí y allá -dijo Sam, también más tranquilo.
Hope siguió leyendo la tarjeta:
Cielo, que tengas un buen fin de semana.
Hope se detuvo y deseó no haber empezado, pero ya tenía que continuar.
Le dije al hombre que pusiera algunas flores de la pasión. Me dijo que no durarían, pero le dije que daba igual. Maybelle y los chicos.
– ¿Quiénes son los chicos?
Hope se quedó mirando al hombre que estaba allí, llenando el salón con su poder y virilidad. De repente, sintió que todo iba a salir bien.
– Los dos hombres guapísimos que he tenido el gusto de conocer esta mañana -dijo, suspirando dramáticamente-. Se pasaron todo el día en mi habitación y ni siquiera me rozaron.
Hope fue hacia él y ladeó la cabeza.
– Por otro lado, si te hubieran visto, hubiera sido peligroso para la relación que tenían entre ellos.