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En un momento dado, Sam comenzó a acariciarle las nalgas y a llevarla hacia al dormitorio, atrapándola en una especie de danza seductora que ella habría deseado que fuera eterna. Cuando llegaron a la entrada, Sam empujó la puerta con el codo y ella vio las velas encendidas, que parecían estar esperándolos.

Ya dentro, la dejó sobre la cama.

– Eres una mujer increíble, Hope Summer -le aseguró-. Tu pelo es como el cobre, tus ojos parecen dos esmeraldas. Eres guapa, inteligente y divertida. Y esta noche vas a ser mía -dijo, tumbándose a su lado.

Seguidamente, Sam le puso la mano en el cuello y Hope pensó que se le iba a parar el corazón.

Entonces, le desabrochó un botón de la camisa y metió la mano para acariciarle los pechos. Luego, agachó la cabeza para lamérselos. La respiración de ella se volvió entrecortada.

Mientras le desabrochaba el sujetador, los pezones se pusieron duros bajo la tela. Hope soltó un gemido y se apretó contra él.

Después de quitarle el sujetador por completo, Sam comenzó a chuparle los pezones. Ella se arqueó de placer mientras él hacía círculos con la lengua alrededor de ellos.

– No puedo más -susurró ella-. Para de hacer eso.

– ¿Por qué?

– Porque me estás volviendo loca -le apartó la cabeza de sus senos y le dio un beso.

– Esa era mi intención -dijo él antes de besarla como ella tanto deseaba.

Hope, sin poder soportar más el deseo que la invadía, se colocó sobre él, que la agarró por las nalgas para apretarla contra su sexo.

Ella lo miró a los ojos y se fijó en cómo le brillaban a la luz de las velas. Él le quitó del todo la camisa y volvió a acariciarle los pechos mientras ella se frotaba contra él.

En un momento, Hope sintió que caía por un abismo de delicioso placer. Con un grito de sorpresa, se dejó caer sobre él.

– Oh, lo siento. No sé qué me ha pasado. Bueno, quiero decir… que no ha sido como se suponía que…

Él la tumbó sobre la colcha y la besó.

– Claro que lo ha sido. Ha estado muy bien.

– ¿De veras? Desde luego para mí sí ha estado bien.

Él comenzó a bajarle la falda.

– Ha estado mejor que bien -él tiró la falda en una esquina del dormitorio y luego se fijó en su cuerpo desnudo, salvo por unas braguitas de encaje negro, que inmediatamente le quitó también.

Luego se arrodilló y comenzó a quitarse la ropa. Una vez desnudo del todo, apartó la colcha y se tumbó al lado de ella.

Hope contempló el increíble cuerpo de él. Los hombros fuertes, el ancho pecho cubierto de pelo rizado, la cintura estrecha, los musculosos muslos y, por encima de todo, la evidente muestra de su deseo por ella.

De pronto, Sam hundió la cabeza entre los muslos de ella y comenzó a lamer con la punta de la lengua el centro de su feminidad, todavía tembloroso.

Ella sintió cómo perdía el control. En ese momento, dejó de preocuparle si él se lo estaría pasando bien o si le gustaría el cuerpo desnudo de ella. Lo único que le importaba ya era el deseo que despertaba en ella con su lengua.

Hope estaba otra vez al borde del clímax cuando sintió que él se apartaba de su sexo y comenzaba a besarle el estómago, deteniéndose a lamerle el ombligo. Entonces gritó de placer.

Sam subió hasta los pechos y se los lamió, haciendo círculos, hasta que finalmente se metió un pezón en la boca y luego el otro.

Ella clavó los dedos en su espalda y luego le acaricio el pecho, jugando con el vello que lo cubría. Finalmente comenzó a buscar la parte de él que más necesitaba en aquellos momentos.

Cuando su mano la encontró, él gimió de placer. Ella levantó la mirada para ver su rostro. Contempló cada uno de sus rasgos y sintió tal afecto por él, que se asustó.

– Quiero que me hagas tuya ahora mismo -susurró, muriéndose de deseo.

– Todavía no -dijo él, alcanzando el sexo de ella y hundiendo un dedo en él.

Ella se arqueó de placer y sintió cómo una ola la iba elevando. Aquella vez, el clímax fue todavía más intenso.

Él la abrazó antes de dejarla caer sobre las sábanas.

Hope abrió los ojos, llenos de lágrimas.

– Y ahora tú, por favor.

Sam comenzó a secarle las lágrimas mientras cubría su boca de suaves besos.

Sam empezó a pensar que quizá era el momento de irse a casa, de decirle a Hope que había cambiado de opinión. Y no porque no la deseara, sino porque corría el riesgo de enamorarse de ella. Tenía que saber reconocerlo y admitir que aquello no encajaba en sus planes.

Pero lo difícil era convencer a su cuerpo, después de todo lo que había pasado allí esa noche. Él había disfrutado enormemente dándole placer, ya que se había dado cuenta desde el principio que todo lo que ella sentía era verdadero. No había habido nada fingido.

Así que alcanzó la caja de condones que había dejado sobre la mesilla y se puso debajo de Hope, que quedó sentada a horcajadas sobre él.

Los ojos de ella brillaron como dos joyas al colocarse sobre el sexo de Sam. Para él ya no hubo más dudas. Ambos eran adultos y, por tanto, responsables de sus actos.

Aunque, de repente, Sam notó una pequeña resistencia por parte de ella.

– ¿Estás segura? -le preguntó.

– Sí. Oh, por favor, sí -contestó ella.

Y entonces entró en ella y Hope dejó de ser virgen. Sam sintió su sorpresa y la sorpresa de ella, y entró en un mundo de fuego y sangre.

Notó las lágrimas de Hope sobre el pecho, pero ella parecía no darse cuenta y seguía moviéndose sobre él, que apenas podía contenerse. Quería hacerlo para llegar juntos al clímax, así que se contuvo hasta que ella soltó un grito de placer y se derrumbó sobre su pecho. Solo entonces él también se abandonó.

Luego la abrazó y la ayudó a tumbarse a su lado.

– ¿Estás bien? -susurró él.

– Sí, muy bien -contestó ella-. Y muy contenta de haberme convertido en mujer.

– Yo también estoy muy contento.

– Me sorprende cómo te esforzaste en darme placer, en vez de pensar en el tuyo propio.

– Para una mujer el placer es infinito. Pero para un hombre…

A medida que hablaba sintió que se volvía a excitar.

– Un hombre tiene que esperar entre dos y tres minutos antes de volver a empezar.

Ella soltó una carcajada y luego se apretó de nuevo contra él.

Capítulo 8

A Hope no la despertó la luz que llenaba la habitación, sino un grito grave de dolor y una serie de maldiciones.

– Las cortinas, las cortinas -decía Sam.

Debía de estar soñando con un cliente o suplicándole que las corriera. Pero no podía obedecerle, porque no había.

– ¿Quieres un antifaz?

Él, que estaba tumbado boca arriba, se volvió hacia ella y entreabrió los ojos y la miró de reojo sin comprender.

– Sí, como los que te dan en los aviones para que puedas dormir -añadió Hope.

– Oh, no, gracias. Ya me estoy acostumbrando -contestó él, abriendo los ojos del todo.

– Debe de ser tarde -dijo Hope, poniéndose también boca arriba.

– Supongo que las ocho más o menos.

– Yo nunca duermo hasta tan tarde. Si lo hiciera, necesitaría cortinas -aseguró Hope.

En el techo se formaban dibujos siempre distintos, con la luz del sol que incidía en los carámbanos de las ventanas. El efecto era precioso.

– Yo también madrugo. En julio incluso suelo levantarme a las cuatro, que es la hora a la que sale el sol.

– Igual que yo -dijo Hope.

En ese momento, sonó el teléfono. Pero Hope no se movió.

– ¿No vas a contestar? -quiso saber él.

– No.

– ¿No quieres saber quién es?

– Sé quién es. Y debe de ser más tarde de las ocho.

– ¿Por qué los sabes?