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– Porque si aquí fueran las ocho, serían solo las cinco en California y las siete en Chicago.

– ¿Y?

Al poco de que el teléfono dejara de sonar, empezó a oírse la voz de Charity, grabándose en el contestador. Hope pensó que, después de haber pasado la mejor noche de toda su vida, lo último que quería era ponerse a charlar con sus hermanas.

Sam se levantó entonces y, totalmente desnudo, se fue al baño.

– No te muevas -dijo ya desde la puerta-. Voy a cepillarme los dientes y vuelvo. Tenemos todavía algo que hacer antes de levantarnos.

– Espera un momento. Se suponía que esto iba a ser para relajarnos. No sabía que se trataba de un maratón.

A las dos de la tarde, Sam se sentó con determinación en la cama después de sacudir las migas del desayuno y de la comida.

– Ya sé qué vamos a hacer ahora.

– También lo sé yo -dijo Hope-. Irnos a trabajar.

– No, vamos a comprar un árbol de Navidad para tu apartamento.

– No necesito ningún árbol de Navidad -protestó ella-. Todo el espíritu navideño que puedo permitirme es pasar el día de Navidad con mi familia.

Sam ignoró su comentario.

– Tienes espacio de sobra para ponerlo.

– Está bien, pero tendrá que ser un árbol pequeño.

– Ya veremos -dijo él-. Dúchate tú primero. Mientras tanto, yo haré una lista de lo que necesitaremos. ¿O quizá sería mejor que nos ducháramos juntos e hiciéramos la lista después?

Ya estaba anocheciendo cuando Sam les dio una generosa propina a los dos hombres que habían llevado el paquete de nueve pies hasta el apartamento de Hope.

– Creo que yo también me merezco un billete -se quejó Hope, dejando bruscamente las bolsas que llevaba en el suelo.

– Ten cuidado con los adornos -dijo Sam mientras rasgaba el papel que cubría el árbol de Navidad-. Y ahora, ve a cambiarte para ayudarme a colocar el árbol en su base.

Hope fue a cambiarse, decidiendo que ya era hora de que él la viera con una de las sudaderas que solía llevar en casa. Quizá aquello disminuyera un poco la tensión sexual entre ellos y que había estado latente toda la tarde mientras discutían de las luces y los adornos para el árbol.

Al final, ella había impuesto su criterio. Había elegido bolas plateadas y oropel de varios colores. También había comprado dos docenas de rosas de terracota de color rojo.

Después de recogerse el pelo en una coleta, volvió al salón dispuesta a ayudar a Sam a colocar el árbol.

– Si muevo este a la izquierda -dijo Sam-, quedará demasiado pegado a ese otro.

– Pues entonces también tendremos que mover el otro.

– Entonces tendremos que mover todos.

– ¿Es que vamos a tener nuestra primera pelea? -preguntó Hope.

– Por supuesto que no. Pero tenemos que resolver esto entre los dos. Lo único que estamos haciendo es discutir las posibles soluciones. Y a mí se me acaba de ocurrir una bastante buena.

Sam bajó de la escalera y fue hacia ella. Al parecer, la sudadera no había tenido el efecto deseado. Pero como estaba un poco dolorida, decidió que lo mejor era tratar de esquivarlo.

– Eso no solucionará el problema. Además, si hubiéramos utilizado un triángulo para colocar las bolas, no estaríamos ahora metidos en este apuro.

– No estamos en ningún apuro. Es solo un árbol de Navidad -Sam se la quedó mirando unos instantes-. Está bien, lo haremos a tu manera.

– Muy bien, me encanta salirme con la mía.

– ¿De veras? -dijo él, acercándose un poco más.

Ella retrocedió.

– Sí -contestó ella, esquivándole y yendo a por el triángulo.

Cuando abrió el armario y vio que estaba lleno de contenedores etiquetados, soltó un suspiro.

El triángulo estaba en un contenedor donde podía leerse: Herramientas. Pero también había otros etiquetados como Utensilios de limpieza, o Catálogos, o Limpieza del calzado.

– ¿Ocurre algo? -le preguntó Sam, acercándose-. ¡Vaya, si parece una tienda!

– Obra de mi decoradora -le explicó Hope-. Es una amante del orden. Y ahora, vamos a colocar esos adornos.

Pero él no se movió.

– Todavía tienes algunos compartimentos vacíos. En este podrías meter los refrescos de cola.

– O la comida de gato.

– ¿Quieres un gato?

– Estoy pensándomelo.

– ¿Y esto de aquí? -preguntó él, señalando un contenedor, donde podía leerse: Tuberías-. ¿Tienes una colección de tuberías?

– Bueno, me ayuda tener ejemplos en casa. Ya sabes lo mucho que me gusta mi trabajo.

– Claro -dijo él-. ¿No tendrás una 12867 por aquí, verdad?

Ella lo miró con suspicacia, pero él parecía hablar en serio.

– Por supuesto que tengo una. Es la estrella de mi colección.

Él se quedó pensativo.

– Este armario es como una metáfora de tu vida.

– ¿Qué?

– No te hagas la sorda. Ya sabes a qué me refiero. ¿O es que no te gustaría que tu vida estuviera tan ordenada como este armario? Un armario donde todo tuviera su lugar y que pudieras cerrarlo a tu antojo.

A ella empezó a gustarle la idea.

– Sí, y con sitio para todo.

– Con un compartimento para la familia y otro para los amigos -Sam se colocó muy cerca-. Y otro para la pasión.

Ella se estremeció cuando él la abrazó.

– Otro para el amor, otro para el matrimonio y otro para los niños.

Hope lo miró fijamente a los ojos, pero la mirada de él era completamente inexpresiva.

– ¿Tú quieres esas cosas?

– Algún día. ¿Y tú?

– Algún día.

Él respiró hondo.

– Por cierto, no te he contado las novedades de la semana -dijo él-. El caso de Magnolia Heights va a ir a juicio. Y yo voy a encargarme de él.

Los ojos de ella se abrieron de par en par mientras el corazón comenzó a latirle con fuerza. En ese momento, se sintió muy orgullosa de Sam.

– Y Phil me ha insinuado que me harán socio.

– Oh, Sam -dijo, abrazándolo-, estoy muy contenta. Sé lo mucho que eso significa para ti. ¿Cuándo lo sabrás seguro?

– Los socios se reunirán el veintiuno de diciembre. Va a ser como una película de suspense -dijo él, sonriendo-. No sé si podré soportar la tensión.

– Por supuesto que podrás -le aseguró Hope-. Además, para entonces estarás trabajando tanto, que no pensarás en nada que no sea el caso.

«Incluida yo», pensó Hope, poniéndose triste de repente.

– Mañana empezaré a prepararlo. Pero hasta entonces, tenemos tiempo para decorar el árbol.

– Con este triángulo, ya verás como acabamos enseguida.

– Ya está todo, salvo la estrella de arriba.

– ¿Cómo he podido olvidarme de la estrella? -se preguntó Hope.

– Eso tiene fácil solución -le aseguró Sam-. Mañana tengo una comida de negocios en el centro. Así que te compraré una cuando vuelva al despacho. Por cierto, ¿qué hora es?

Hope consultó el reloj, dándose cuenta de que no lo había mirado desde… las siete menos cinco del día anterior. Desde ese momento, no había habido hora, ni ningún otro tipo de presión. Pero al día siguiente, lunes, ambos tendrían que volver al mundo real. De repente, se extrañó al sentir cierta inquietud ante esa idea, ya que siempre estaba deseosa de que llegara el lunes por la mañana.

– Son las siete -contestó ella-. ¿Tienes hambre? Anoche sobró mucha comida.

– Ahora dime la verdad -dijo él, agarrándole la barbilla.

– De acuerdo.

– Si quieres que me marche, solo tienes que decirlo.

– Bueno, no, yo…

– Te repito que seas sincera.

Ella lo miró a lo ojos.

– No, no quiero que te vayas, pero si tienes que trabajar, lo entenderé.

– Por supuesto que tengo que trabajar. Siempre tengo trabajo pendiente. Pero puedo aplazarlo.

Ella asintió.

– Pero tú también tienes cosas que hacer -añadió-. Hoy es domingo, así que te toca ponerte la mascarilla.