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Pero Hope no sintió ninguna satisfacción. Tenía la sensación de haber hecho… trampa. A pesar de que sabía que era ridículo.

Aquella noche, llegó a casa exhausta, tanto física, como emocionalmente. Mientras subía en el ascensor, le entraron ganas de llamar a Sam para pedirle que fuera a verla y le hiciera alcanzar otra vez la pasión que habían compartido durante el fin de semana.

Pero al abrir la puerta de su apartamento, oyó un ruido extraño. Era agua cayendo.

Temiéndose lo peor, revisó la cocina y el baño en busca de algún escape. Sin embargo, no encontró nada anormal.

Al volver al salón, se dio cuenta de que el ruido procedía de allí. Se trataba de otro invento de Maybelle. Detrás del sofá, había colocado una fuente, donde una pequeña cascada de agua caía al lado de un bonsái.

Entonces recordó la sensación de angustia al pensar que se trataba de algún escape de agua. En un segundo, habían pasado por su mente los desperfectos que aquello podía haber supuesto para el suelo y las paredes de su apartamento. Después de lo cual, comprendía mejor la angustia por la que debían de haber pasado los inquilinos de Magnolia Heights.

Eso la hizo decidirse a ir, al día siguiente, para ver el estado de las casas personalmente.

Luego llamó a sus hermanas.

– ¿Con quién estabas anoche? -Comenzaron a preguntarle las dos al mismo tiempo-. ¿Con Sam? Estupendo.

Mientras ellas seguían hablando, Hope conectó el altavoz del teléfono.

– ¿Qué es eso? -preguntó Charity.

– Me parece que es agua cayendo -añadió Faith.

– Es que estoy en las cataratas del Niágara -dijo Hope, sonriendo cuando sus hermanas comenzaron a chillar-. Solo estaba bromeando -añadió cuando se calmaron.

Después de colgar, decidió poner la estrella en lo alto del árbol. La había hecho con goma espuma y pintura dorada. Y con amor.

Entonces le vino a la cabeza el fin de semana. Solo de pensar en Sam, se sentía excitada.

De repente, sonó el teléfono y ella adivinó que se trataba de él. Quizá hasta había sido ella quien hubiera provocado la llamada al pensar en él.

– Hola.

– Hola, Sam -contestó ella mientras sentía cómo le ardía la sangre solo de oír su voz.

– ¿Qué tal te ha ido el día?

– Bien, ¿y a ti?

– Bueno, ya he empezado a trabajar en el caso.

Hope se preguntó dónde estaría. ¿Estaría todavía en el despacho o se habría ido ya a casa? Al fondo, se oía una voz y, de repente, le entraron unos celos irracionales al pensar que podía estar con alguna amiga.

– Creo que no va a ser sencillo. Hay muchos intereses en juego -añadió.

– Sí, pero lo único que tienes que demostrar es que Palmer no es la culpable, ¿no?

– Parece que estás empezando a pensar como si fueras abogado -bromeó él.

– No, estoy pensando como la posible vicepresidenta de Marketing. Creo que en ese sentido, estoy siendo un poco egoísta.

– Yo también. Por cierto, ¿vas a dedicar la noche de hoy a ponerte la mascarilla y lo demás?

– No -respondió ella, sorprendiéndose a sí misma-, creo que voy a tomarme la noche libre.

– Haces bien.

– Es más, creo que tampoco voy a cenar una bandeja de comida precocinada de esas para ver la tele. Voy a pedir comida india.

– ¿Para uno o para dos?

Hope fijó la mirada en la estrella del árbol y volvió a sentir los brazos de Sam sobre ella.

– Creo que será más interesante si pido para dos.

– De acuerdo. Entonces te veo en…

Pagó la carrera en silencio y se bajó del taxi. Luego fue hacia la puerta del edificio de Hope con una caja de dulces navideños.

– … dos minutos.

Capítulo 10

Despertarse junto a Sam era demasiado bonito para describirlo con palabras. Pero aquella fría madrugada de invierno se despertaron pronto, cuando aún no había amanecido. Hope pensó que quizá debería mencionar a Maybelle que buscara unas cortinas para el dormitorio por si acaso… Sam seguía con ella cuando llegara la primavera.

– ¿Qué hora es? -preguntó él, bostezando.

– Las cinco.

– Hay que ponerse en pie con energía.

– Conque nos pongamos en pie, ya será bastante.

Él se dio la vuelta y abrazó su cuerpo desnudo. Le acarició la espalda y luego hundió la cara en su nuca.

– Y ahora tengo que irme a mi casa -dijo él, apartándose y poniéndose en pie.

– ¿No quieres tomarte un café antes de irte?

– Me encantaría. ¿Te importa si me ducho aquí?

– Como si estuvieras en tu casa -contestó ella, sonriendo.

Diez minutos después, se reunió con ella en el salón. Iba vestido con la misma ropa del día anterior, mientras que ella llevaba una bata blanca.

Hope le sirvió el café y había un bollo de canela para cada uno.

– ¿Te parece que coordinemos nuestros horarios? -preguntó él, sentándose a la mesa y sacando su agenda electrónica-. Esta noche no hay fiestas, ¿verdad?

Ella fue a buscar su propia agenda.

– No. Yo tengo cita a las siete con Maybelle.

– ¿La decoradora?

– Sí, Maybelle Ewing.

Él anotó su nombre en la agenda.

– Pues dile de mi parte que me gusta mucho cómo está quedando el apartamento.

– Lo haré.

– Especialmente esta fuente, que por otra parte, estoy seguro de que a ti también te encanta. Al fin y al cabo, tiene cañerías en su interior -bromeó él.

– No tiene gracia.

– De acuerdo. ¿Y mañana por la noche?

– Palmer da una fiesta para todos sus clientes. ¿Podrás venir?

– Por supuesto -contestó él, anotándolo en su agenda-. En cuanto al jueves, Cap da una fiesta en su casa de New Jersey.

– ¡Ah, qué bien, así conoceré a su mujer!

– Sí, y de paso yo podré dar esquinazo a su hermana, que siempre está persiguiéndome.

– Muy bien. ¿Y el viernes? -Hope consultó su agenda-. Ah, sí, el viernes tengo una reunión con las personas a las que yo llamo «mis amigos».

Él la miró extrañado.

– Sí, digo que los llamo «mis amigos», porque solo tengo tiempo para verlos dos veces al año.

– Entiendo -contestó Sam-. Pues con esto, ya está todo por esta semana, ¿no? Y de aquí en siete días es Navidad.

– ¿Tan pronto?

– ¿Cuándo sales para tu casa?

– El sábado, ¿y tú?

– El domingo.

Se miraron el uno al otro en silencio.

– No creo que… -dijeron los dos al mismo tiempo.

– … te apetezca acompañarme -terminó la frase Sam, sonriendo.

– Si vinieras conmigo -dijo ella-, mamá y mis hermanas me dejarían al fin tranquila.

– Lo mismo estaba pensando yo.

– Pero no podemos estar en los dos sitios a la vez -comentó Hope.

– No.

Una vez acabaron de desayunar, Sam se levantó y la ayudó a recoger la mesa. Luego le dio un beso de despedida y, como era normal en él, salió a toda velocidad.

Hope fue entonces a su despacho y consultó el correo en su ordenador. Había un correo para Benton. El remitente era Cap Waldstrum.

Después de dudar unos instantes, decidió abrirlo.

– Confirmado. En el mismo sitio y a la misma hora. No te retrases.

En esa ocasión, no borró el mensaje. Si Benton lo abría desde su casa, no notaría nada. Sin embargo, si lo abría desde su despacho sí sabría que alguien lo había leído. Pero decidió que pasaría lo que tuviera que pasar.

Cuando Hope salió del metro, se encontró frente a los edificios de Magnolia Heights. Al acercarse a uno de ellos, descubrió que había portero automático. Después de tomar aliento, eligió un botón al azar.

Como no contestó nadie, eligió otro. Tampoco contestó nadie. Al quinto intento, contestó una voz de mujer. El llanto de un bebé se oía al fondo.