– ¿Hola? -dijo-. Siento molestarla. Soy Sally Sue Summer, una… asistente social. Estoy aquí para determinar los riesgos para la salud de los escapes de agua. ¿Podría atenderme usted un momento?
La mujer pareció pensárselo unos instantes.
– Está bien -contestó finalmente-, suba.
El ascensor era sencillo, pero limpio, y Hope subió al séptimo piso, donde, según la placa del portero automático, vivía la familia Hotchkiss.
La señora Hotchkiss era joven y bastante guapa. Llevaba a una niña pequeña en brazos, que parecía haber dejado de llorar y que empezaba a quedarse dormida.
– Es que está echando los dientes -dijo la mujer, haciendo un gesto hacia la pequeña.
Hope asintió.
– Gracias por recibirme.
– ¿Podría usted identificarse?
– Claro -dijo Hope, metiendo la mano en su bolso y haciendo como que buscaba algo. Entonces levantó la cabeza, buscando inspiración divina-. ¡Oh, Dios! -exclamó al ver la humedad en el techo.
Debajo de la enorme mancha, no había nada. Todos los muebles estaban apiñados alrededor.
– Y ahora que ha dejado de gotear agua, está mucho mejor -dijo la señora Hotchkiss.
– Estoy segura de ello -dijo Hope-. ¡Qué horror! ¿Hasta cuándo tendrán ustedes que soportar esto?
Hope entró en la casa y siguió soltando exclamaciones mientras miraba la mancha de humedad.
– ¿Conoce usted a algún vecino?
– Sí, a algunos. Especialmente a los que tienen hijos pequeños. A veces, voy a pasear a la niña con alguna otra madre.
– ¿Podría usted presentarme a alguna de ellas?
– Claro -contestó la señora Hotchkiss, acercándose al teléfono.
Cuando Hope salió del edificio, estaba conmovida por el estado de las viviendas. El moho, los suelos levantados, las alfombras echadas a perder…
En la esquina de uno de los apartamentos, estaban creciendo champiñones. Cuando las mujeres le preguntaron a Hope qué debían hacer, lo primero que le vino a la mente fue aconsejarles que no se los comieran.
Luego, después de prometerles que las ayudaría, se marchó de allí. Pero era una promesa vacía. ¿Qué podía hacer ella? Porque estaba segura de que no eran las cañerías. No podían serlo.
Salió por la puerta principal y se ciñó el viejo abrigo al notar el viento helado del invierno. De repente, se quedó inmóvil al ver uno de los nombres de los buzones: Hchiridski.
No podía haber muchas personas con ese apellido. Ó por lo menos, no allí. ¿Sería familia de Slidell? ¿La madre quizá? ¿Tendría la gente como Slidell madre?
En cualquier caso, el que un familiar de Slidell viviera en Magnolia Heights aclaraba ciertas cosas. Hope sintió que comenzaba a dolerle la cabeza y, de repente, vio algo que la dejó helada. Sam salía de un taxi y con él iba Cap Waldstrum.
Hope se dio la vuelta rápidamente, se tapó con la bufanda, dejó caer los hombros y se alejó de allí.
Mientras Cap pagaba la tarifa del viaje y pedía al taxista el recibo, Sam observó a la figura que se alejaba en dirección opuesta y pensó que aquella mujer le recordaba a Hope.
Temía el momento en que tuviera que vivir de los recuerdos de ella. Porque cuanto más se metía en el asunto, más seguro estaba de que el problema de Magnolia Heights estaba directamente relacionado con Cañerías Palmer. Y atacar a Cañerías Palmer era igual que atacar a Hope.
También tendría que asumir que jamás llegaría a formar parte de Brinkley Meyers. Nunca podría ser socio si desarmaba la cuidadosa trama tejida contra Stockwell, descubriendo que su cliente había estado mintiendo.
Ese día iba a reunirse con un ingeniero de Magnolia Heights porque tenía que saber la verdad, aunque luego tomara la decisión de no actuar.
Miró a Cap. Este estaba metiendo cuidadosamente el recibo en su cartera y era imposible que pudiera saber lo que él estaba pensando. Sam había aceptado la oferta de Cap y lo había aceptado en su equipo. Era el mejor modo de poder vigilarlo.
Porque en Cap también había algo raro y Sam quería descubrir qué era.
No lo llamaban «el Tiburón» por nada.
Pero Sam no era una máquina y odiaba lo que estaba haciendo. Y lo que más le dolía era no poder hablar de todo aquello con Hope.
A las cinco y media de aquella misma tarde, Hope estaba en su despacho, hablando por teléfono.
– Benton, me alegro mucho de haberte localizado. ¿Tienes un minuto?
– Un minuto, sí, pero no más -contestó el hombre.
No parecía muy entusiasmado y eso le hizo pensar a Hope que iba por el buen camino.
– Enseguida estoy allí -aseguró.
Dejó el papel que tenía en la mano, su plan de acción, en el cajón inferior y buscó el anuncio de la cañería 12867, que pensaba colocar en una revista de ingeniería.
Era su excusa para ir a visitar a Benton. Pero la verdadera razón era que quería descubrir si Benton acudiría esa tarde a la reunión secreta que se mencionaba en el correo electrónico. También quería averiguar si él había descubierto que alguien lo había leído. Así, lo que fuera a ocurrir, sucedería lo antes posible. Hope estaba preparada para asumirlo y seguir con su vida.
– ¿Entonces qué piensas de esto? -le preguntó minutos después-. ¿Te parece demasiado agresivo poner en grande la palabra «invencible»?
Benton, con expresión preocupada, parecía tener dificultades para concentrarse.
– No, no. No creo… quiero decir que creo que está bien.
– Es para American Engineer -explicó Hope-. Creo que a los ingenieros no hay que distraerlos con demasiadas palabras. «Cañerías Palmer es invencible» yo creo que está bien.
Hope quería hacer tiempo para ver si descubría en él síntomas de impaciencia. Síntomas que finalmente aparecieron.
– Discute las posibilidades con la agencia mañana -le ordenó-. Siento no poder darte más tiempo, pero tengo una reunión importante a las seis.
– Lo siento. Es que estas cosas me gusta siempre hablarlas contigo. Pero tienes razón, hablaré con la agencia. Y… que te vaya bien en la reunión -añadió ya desde la puerta.
Bajó las escaleras y en el vestíbulo se colgó su bolso, donde había metido la bufanda y el viejo abrigo con los que había ido por la mañana a Magnolia Heights. No iba a tener tiempo de cambiarse del todo, pero podía utilizar de nuevo la misma bufanda y el abrigo para seguir a Benton a la misteriosa reunión. Tenía el tiempo justo de averiguar dónde iba antes de irse a casa a reunirse con Maybelle.
Salió del edificio diez pasos detrás de Benton, que parecía tan concentrado en sus pensamientos, que ni siquiera la vio. Su excitación aumentó cuando él se puso a caminar, en vez de subirse al coche oficial de Palmer.
Hope, mientras lo seguía, se puso la bufanda. En un momento en que Benton tuvo que detenerse ante un semáforo en rojo, ella se metió en la entrada de una zapatería, sacó su viejo abrigo del bolso y se lo puso rápidamente.
Sin detenerse, metió su otro abrigo en el bolso y cerró la cremallera. ¿Lo harían así los verdaderos espías?, se dijo mientras seguía a Benton en dirección sur. Poco después, en la calle 53, este se detuvo frente a una biblioteca y, para su asombro, entró en ella. Hope se quedó un rato mirando el escaparate y finalmente entró también.
Lo encontró en una mesa en la sección de referencias. Estaba solo y eran las seis menos cinco. Un minuto o dos después, un hombre se sentó en una mesa cercana sin decirle nada. Hope reconoció al hombre. Era un ejecutivo de Stockwell.
Hope, que había desarrollado un repentino interés por el arte y la arquitectura, se escondió entre las estanterías con el corazón latiéndole a toda velocidad. Se interesó por la arquitectura rusa y la gótica. Cuando se disponía a empezar con Frank Lloyd Wright, la escena llegó a su punto cumbre.
Cap Waldstrum acababa de salir del ascensor y miró hacia la sala.
Hope se escondió detrás de un libro dedicado al edificio de Johnson y Johnson, una de las obras más importantes de Wright. Cuando se atrevió a mirar de nuevo, Cap había elegido un libro y se había sentado justo enfrente del trabajador de Stockwell.