– No lo sé muy bien. Me imagino que algunas personas somos así y ya está. Aunque recuerdo una época horrible, antes de que fuéramos adoptadas, en la que me tuve que encargar de mis hermanas. Charity era demasiado joven para ello y Faith demasiado desordenada. Yo tuve que hacerme cargo de todo y siempre he pensado que me tuvo que afectar de alguna manera.
Sam la apretó un poco más. Habría deseado preguntarle por aquella época horrible, pero en ese momento llegaron a su destino.
Hope se sentía aterrorizada ante la idea de ver a Cap Waldstrum. Imaginaba que el hombre iba a leerle el pensamiento solo con mirarla a los ojos. Por supuesto que ella no pensaba decir nada. En su casa no. Ni en ese momento.
Tal vez no lo dijera nunca. Podría guardar el secreto y seguir con su vida. Además, no tenía pruebas y solo eran sospechas. Aquellos sobres que Cap recibió en la biblioteca podían contener… ¿pero qué podían contener si no dinero? Uno no tiene reuniones secretas en una biblioteca para vender boletos de ayuda a obras de caridad. No, estaba muy claro. Cap estaba chantajeando a Palmer y a Stockwell.
La noche de insomnio que había previsto y el día siguiente no le habían ofrecido ninguna respuesta. Seguía sin saber qué hacer.
Por otro lado, Sam había metido a Cap en el equipo de litigio. ¿Y si Sam también estaba guardando un secreto para conseguir meterse en la sociedad?
Aunque la verdad era que no se estaba comportando como un hombre que tuviera un secreto imperdonable.
– Muffy, tan guapa como siempre -dijo, dando a la mujer un beso en la mejilla-. Hola, chicos, ¿qué os va a traer Santa Claus este año? Cap, ¿recuerdas a Hope?
– Ya te dije que no podría…
Cap se quedó mirándola unos segundos. El corazón de Hope comenzó a latir a toda velocidad. Era imposible que la hubiera visto la noche anterior en la biblioteca, se dijo.
– … olvidarla -terminó, sin dejar de mirarla fijamente.
– Hola de nuevo, Cap -contestó ella, sonriendo alegremente-. Muffy, me alegro mucho de conocerte. Y tus hijos… son adorables.
Muffy era una mujer pequeña, rubia y elegante. A Hope le gustó nada más verla y eso la hizo sentirse todavía peor respecto a lo que había descubierto de Cap.
– Oh, estaba impaciente por conocerte desde que Cap me habló de ti -respondió ella con entusiasmo-. La verdad es que al principio me disgusté un poco porque quería a Sam para mi hermana Cheryl -señaló a una mujer que estaba entre el grupo de invitados y que a pesar de ir elegantemente vestida, no brillaba como Muffy-. Pero ahora que te conozco… tendré que hacerme a la idea.
– Tu hermana es muy guapa -comenzó a decir Hope, pero Muffy continuó con su parloteo.
– ¿No es increíble que tú trabajes en Palmer, Sam en Brinkley y Cap haya estado trabajando para conseguir el acuerdo? -Su boca roja formó una mueca-. Está trabajando mucho. Hace semanas que no le vemos. Y todavía no han terminado.
– No te preocupes -aconsejó Sam-. Ganaremos el caso en los tribunales. Hope, quiero que conozcas a…
Sam la llevó hacia el grupo de invitados. Era una gran fiesta y la comida la llevaba una empresa de catering muy conocida de Manhattan. El árbol de Navidad de la sala era enorme y estaba colocado en el vestíbulo de la impresionante casa. Parecía haber sido diseñado por un profesional.
Hope pensó que en cada detalle se notaba la buena situación económica de la que gozaban. Todo era de un gusto exquisito y todo, incluyendo la fiesta, había costado una fortuna. Era evidente que Cap, a sus treinta y poco años, gozaba de una lujosa vida.
Hope se dio cuenta de que no sabía cómo vivía Sam. Aunque estaba segura de que así no. Ella tampoco. Pero Cap tenía que mantener una esposa y dos hijos con un salario similar. ¿De dónde salía aquello entonces? ¿Dinero de la familia? ¿De alguna herencia? Podía ser también que estuviera endeudado hasta las cejas.
Hope continuó pensando en Cap mientras saludaba sonriente a los amigos de Sam, como haría cualquier novia modelo.
– Ha sido una fiesta preciosa -dijo a Sam cuando volvieron a la limusina alquilada.
– Muffy se ha ocupado de todo -respondió Sam, pasándole el brazo por los hombros.
Ella no podía evitar apoyarse en él y acariciarle el pecho. Notaba su corazón palpitante y su respiración apresurada. Sam le rozó la frente con los labios y ella cerró los ojos.
Imaginó que eran una pareja que salía de una fiesta. Cuando llegaran a casa, ella prepararía el café para la mañana siguiente mientras él iba a ver a los niños, que la niñera había dormido horas antes.
Luego se meterían en la cama con sus ordenadores portátiles y sus agendas y varias horas después, cuando terminaran de atar los cabos de todo el día, si no estaban muy cansados harían el amor. Y sería maravilloso.
La niñera levantaría por la mañana a los niños. Los vestiría y les daría el desayuno porque mamá y papá, que habían ido el día anterior a una fiesta después del trabajo, tenían que ir otra vez a trabajar…
– ¿Cuándo vimos a los niños la última vez?
– ¿Qué? -preguntó Sam.
– Nada -musitó Hope, avergonzada-. Algo que me olvidé de hacer hoy en el despacho.
– Debe de ser importante.
La boca de Sam se deslizó por su pómulo hacia abajo.
Lo que Hope había olvidado era los nombres de los hijos que no tenían.
La boca de él encontró la suya en la oscuridad y la atrapó con pasión, brevemente porque no estaban solos. Pero fue suficiente para que un enorme calor invadiera a Hope. Esta notó la lengua de Sam como un dardo que llegó hasta su corazón con increíble velocidad. Su mano agarró con fuerza la chaqueta de Sam.
Este se apartó y Hope notó el calor de su cara. Imaginó su rubor y que estaría totalmente excitado y deseándola tanto como ella a él.
Sam apoyó la espalda en el asiento y colocó un brazo sobre el respaldo. La otra mano la puso sobre la rodilla de Hope, que tragó saliva y susurró su nombre en voz baja. Su voz adquirió un tono de aviso cuando notó que la mano le subía por el muslo. Cuando llegó a su meta, Hope dio un grito entrecortado y abrió mucho los ojos.
Sam la miró con la más inocente de las sonrisas.
– ¿Qué estás haciendo?
– Es un trayecto largo -contestó Sam, acercando los labios al oído de Hope-. Estoy tratando de entretenerte.
– ¿No puedes simplemente cantar? -respondió ella, dando un gemido y enterrando el rostro en su hombro-. ¿Qué pensará el conductor?
– Nada si tú dejas de moverte.
La diversión que había en la voz de Sam zumbó en su pelo mientras sus manos la tocaban a través de las medias y llegaban luego a sus braguitas de seda, sin dejar de acariciarla, de provocarla, de atormentarla…
Hope clavó los dientes en el abrigo de Sam, para amortiguar un gemido.
La mano de Sam fue de repente a su cintura y agarró la cinturilla de las braguitas.
– Si te recuestas un poco y te subes, te alisaré el abrigo por debajo -dijo Sam con voz alta y clara.
– Gracias, cariño -contestó Hope con voz entrecortada-. Eres muy amable…
Las medias y las braguitas las tenía en ese momento en las rodillas, pero todavía había sitio para la mano grande de Sam, para sus dedos suaves. Y cuando metió el dedo corazón dentro de Hope, ella se estremeció de placer.
– ¿Todavía no estás cómoda, cariño?
– No mucho.
Hope estaba muriéndose de placer y notaba cómo se abandonaba por momentos. No le importaba lo que ocurriera siempre que los dedos de él continuaran tocándola, acariciándola. Que el roce de los dedos de Sam siguiera siendo así de ligero sobre su botón rosado, tan hinchado y sensibilizado que parecía haberse hecho el amo de su cuerpo.
– Espera, vamos a intentar así -dijo Sam.
Y le pasó las manos por debajo de las nalgas desnudas mientras los espasmos comenzaron a mover su cuerpo de manera incontrolada. Hope enterró la cara de nuevo en su abrigo.