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Sam continuó acariciándola durante unos minutos más hasta que llegó al clímax.

– Ya está. ¿Mejor? -preguntó Sam.

– Mucho mejor.

– Bien.

– Las medias me están cortando la circulación por debajo de las rodillas -explicó, unos minutos después, preguntándose por qué la risa de Sam le resultaba más excitante que cualquier poema.

Se había casi vestido cuando finalmente llegaron a su apartamento.

– ¿Quieres tomarte un café en casa? -preguntó, sugiriéndole con los ojos otras cosas que no tenían nada que ver con el café-. ¿Y luego pides un taxi para ir a casa? -añadió, pensando en el conductor.

– Buena idea.

Sam se portó bien hasta llegar al apartamento. Pero al llegar, arrinconó a Hope contra la puerta y la abrazó con ardor.

– La llave -susurró ella-. La llave…

Y entraron rápidamente. Se oyó el rumor del agua de la fuente, los sonidos del móvil. El árbol de Navidad brilló y lo mismo hizo el contestador automático. Pero a Hope solo le importaba Sam. Sus manos sobre su cuerpo, su boca en sus senos.

La fue desnudando, dejando en el suelo un camino de seda y encaje. Un camino que llegó hasta la habitación.

Se tumbaron abrazados sobre las sábanas de color claro, dando, recibiendo y amándose el uno al otro hasta que sus cuerpos se convirtieron en uno solo y comenzó la rueda lenta que los hizo olvidarse de sí mismos y volar juntos. Finalmente, volvieron a la realidad, que los recibió con brazos húmedos y cálidos.

Al despertarse, Hope estiró un brazo para agarrar a Sam, pero este no estaba. Oyó ruidos y se levantó a investigar.

Cruzó el salón y fue hacia el armario, que estaba encendido. Sam había recogido la ropa del suelo y la había doblado. La suya también estaba, o sea, que no podía haberse ido muy lejos. De hecho, lo más probable era que estuviera en el armario. ¿Pero por qué estaba allí?

Se asomó a la entrada y vio que estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Se había puesto la camisa y los calzones.

– No podías esperar a Santa Claus, ¿verdad?

– Es la cañería 12867, ¿verdad? -preguntó, alzando un trozo de material blanco.

– Es mi bebé.

– ¿Es lo que usáis para unir las piezas?

– Sí. Piezas rectas o en ángulo. Date cuenta de que la unión es un poco más gruesa que la cañería en sí. El doble… -hizo una pausa-. ¿Crees que la noche es la mejor hora para hacer un estudio de cañerías?

– Creía que para ti cualquier hora era buena -contestó, esbozando una sonrisa provocadora.

– Calla. ¿Por qué tanta curiosidad?

– Porque alguien tiene que descubrir qué es lo que está mal. Aquí tenemos esta famosa cañería y pierde agua.

– No pierde. Bueno, quiero decir que sí, pero no puede ser -de repente recordó su visita a Magnolia Heights-. El constructor no lo hizo bien -insistió.

– ¿Cómo se hacen las cañerías?

– ¡Oh, por el amor de Dios!

– Más o menos lo sé después de haber leído el informe. Pero pensé que quizá tú sabrías algo que no esté escrito.

Hope se protegió los pies desnudos con el albornoz.

– Primero hay que tener una especie de bolitas de cloruro de polivinilo, luego se ponen en un recipiente, donde se deshacen para formar una masa. La masa se pone en moldes, como si fueran gelatina, y al enfriarse la masa, se convierte en una cañería… y ya está.

– ¿Entonces qué hay de especial en esta cañería, en la 12867?

– Las bolitas están compuestas de algunas sustancias secretas. Los moldes también son especiales.

– Entonces podría haber un fallo en alguno de los componentes, o en las bolitas. O que se hubiera empleado una temperatura equivocada para deshacerlas. ¿No tengo razón?

– Todavía no me has tomado juramento.

– Ya te he dicho que estamos en el mismo lado. ¿Sabes algo que no me hayas dicho?

– ¿Respecto a la cañería? -respondió ella-. Por supuesto que no.

– Respecto a cualquier cosa.

Hope se quedó pensativa. Si le contaba lo de Benton, sabía que perdería toda opción de convertirse en vicepresidenta. Pero si se lo ocultaba, Sam terminaría enterándose de que le había mentido.

De pronto, la asaltó el pensamiento de que lo más importante para ella era no perder a Sam. Lo que le supuso un fuerte impacto. Sí, lo cierto era que estaba enamorada de él, a pesar de que no sabía cómo había ocurrido.

– Bueno, en realidad creo que hay algo que deberías saber.

Sam se quedó muy sorprendido después de escuchar la confesión de Hope. Aquello dejaba a Cap en una situación muy difícil.

– Yo misma hice algo indebido al leer el correo de Benton -le dijo-. Y supongo que me he metido en un buen lío. Ni siquiera tengo pruebas de lo que te he contado. Aunque eso sí, supongo que si Cap está recibiendo dinero, tendrá que haberlo depositado en algún sitio.

– Eso sería el fin de mi empresa -dijo Sam con la boca seca-. ¿Te parece si seguimos hablando en el salón?

Ella asintió y luego lo condujo hasta el sofá. Pero él no se sentó a su lado, sino en una de las butacas.

Sam no podía dejar de pensar en que sus planes de futuro podían verse frustrados. Si comenzaba a investigar y descubría que Cap era culpable, el prestigio de su empresa se vería afectado. Y él sería el responsable, no Cap.

Mientras permanecía pensativo, Hope estaba allí esperando a que dijera que estaba dispuesto a sacrificar su futuro con tal de esclarecer la verdad.

Hope se quedó en silencio, esperando a que Sam dijera algo, o a tener la oportunidad de decirle que lo amaba y que, juntos, podrían hacer frente a aquella situación.

Sabía que él estaba valorando las distintas posibilidades y estaba segura de que acabaría tomando la decisión correcta.

Pero en un momento dado, fue incapaz de soportar aquel silencio y fue a la cocina a preparar café. Desde allí, vio que la luz del contestador estaba parpadeando y fue a ponerlo en marcha.

– ¡Hola, cariño!

Pero no estaba de humor para escuchar en esos momentos a Maybelle. Así que pasó al siguiente mensaje.

– No creía que fueras el tipo de persona que va a las bibliotecas.

Se sobresaltó al reconocer la voz de Cap. También oyó que Sam soltaba un juramento desde el salón.

– No me habría fijado en ti de no haber llevado el mismo abrigo y bufanda que la mujer que vi en Magnolia Heights -continuó diciendo Cap-. Resulta que mi mujer tiene la misma bufanda.

Hope cerró los ojos.

– Pero esto es algo que podemos solucionar entre nosotros. No querrás meter en un lío a tu jefe, ¿verdad? E imagino que tampoco querrás causarle problemas a Sam, ¿no?

Cap soltó una carcajada.

– Que por cierto, probablemente estará en estos momentos contigo. Pero no importa, todos podemos beneficiarnos de esto. ¿Qué os parece si nos vemos mañana al mediodía en la biblioteca? Allí os espero.

– Creías que ibas a acabar con él y va a ser él quien acabe contigo -dijo Sam a sus espaldas.

– No lo permitiré -aseguró Hope, volviéndose hacia él-. Además, nada puede acabar contigo, salvo el no ser fiel a tus creencias.

– Sí, pero si acusas a tu jefe de estar pagando un chantaje, no llegarás a vicepresidenta -dijo Sam, enfadado-. Y si yo acuso a mi empresa de haber encubierto una prueba, no llegaré nunca a ser socio.

– Pero hay otras empresas -replicó ella, también enfadada-. Y además, no te estoy diciendo que demos una conferencia de prensa, sino que averigüemos la verdad. Luego hablaremos con nuestros respectivos jefes y veremos qué pasa.

– No debemos precipitarnos. Será mejor que vayamos a hablar con Cap para saber a qué atenernos.

– Ni hablar. Creo que estás pensando solo en ti mismo.

– Tú no sabes lo que significa para mí el entrar como socio de mi empresa -dijo él, dolido-. No puedes saberlo.

– Ni lo sabré. Ya no me interesa.

– Si es lo que quieres…