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Así que, con el ceño fruncido, Hope se puso los zapatos de tacón, se alisó la falda negra y la blusa y recogió su portátil. Cuando llegó a Recepción, vio que los administrativos parecían muy ocupados. De acuerdo, lo llevaría ella misma.

– ¿Este es el que me prestan? -dijo con incredulidad, mirando el viejo ordenador.

El maletín que acababan de dejar en el mostrador para ella estaba cubierto de pelo de gato.

– Sí -le contestó Slidell-. Está bien. No se lo dejamos a cualquiera. Aunque su ordenador parece que lo han tirado al suelo -añadió, mirándola acusadoramente.

– Fue un trágico accidente, por circunstancias que yo no…

Hope se calló prudentemente.

– Pesa dos veces más que el mío -añadió a continuación, sin embargo-. Y es una generación más vieja.

– El señor Quayle no se quejó cuando lo utilizó.

– ¿Benton Quayle usó este ordenador?

– Así es. Hasta que arreglamos el suyo.

– ¿Lo tenía en este maletín?

Hope señaló los pelos rojizos pegados a la funda.

– No, es que la gata tuvo sus cachorros en el maletín.

– ¿Tenían una gata aquí? -preguntó asombrada.

– ¿Lo pregunta por algo en especial?

– Bueno, me gustaría verla. Estaba pensando en comprarme un gato y si ha tenido gatitos…

– Los cachorros han sido asignados a casas donde sabemos que van a cuidarlos bien. A las personas que tratan los ordenadores como usted no se les pueden confiar animales.

Humillada, Hope volvió a su despacho, preparada para la tarea de copiar los archivos del disco al ordenador que le habían dejado.

Recordó las palabras de su profesor del Master de Administrativo: «convierte cada reto en una oportunidad».

No pasaba un día que no se sintiera agradecida hacia su profesor Kavesh. Aquellas palabras, sin ir más lejos, le habían dado un empujoncito más de una vez y la habían ayudado a llegar donde estaba.

Así que, en ese momento, en vez de quejarse por su ordenador estropeado, lo que hizo fue repasar sus archivos y eliminar los que ya no le servían.

El primer directorio que abrió fue uno llamado Magnolia Heights, que consistía en el trabajo que hizo para que Palmer consiguiera la contrata de las cañerías del proyecto Magnolia Heights.

Magnolia Heights era un proyecto de una constructora para hacer viviendas en el Bronx. Palmer había examinado la situación y había llegado a la conclusión de que, aunque no había mucho dinero de por medio, les serviría para aumentar su fama y su clientela.

Hope estaba orgullosa de haber contribuido a la operación en cuestión. Las cañerías que había puesto eran de plástico de muy buena calidad, prácticamente indestructible. Un material que había costado a Palmer muchos años de investigación.

En teoría, las viviendas de Magnolia Heights no iban a tener ningún problema durante muchos años, pero en realidad hubo problemas con las cañerías desde que el primer propietario abrió el grifo.

El siguiente archivo estaba relacionado con la empresa donde trabajaba Sam: Brinkley Meyers. Era un resumen del caso contra Palmer.

Hope empezó a leerlo y creyó que iba a desmayarse. Los propietarios de las viviendas habían hecho una protesta contra el ayuntamiento de Nueva York. A ello siguió una denuncia contra la empresa que había construido los edificios, a la que siguió una contra la empresa contratista de las cañerías, que enseguida denunció a Palmer, que, por supuesto, denunció a todo el mundo.

Cuatro empresas implicadas, millones de dólares en juego y todo por unas cuantas manchas en los techos de ciertas viviendas.

Hope dio un suspiro. Podía haber sido mucho peor. Le daban pena las personas que se habían ido a vivir a las viviendas del proyecto Magnolia con grandes expectativas que no se habían visto cumplidas. Desearía saber si podría haber hecho algo diferente, pero…

Se contuvo para no mirar el inventario del material en sí. Esa cañería era indestructible. Nada podía haber salido mal.

En ese momento, el ordenador le indicó que acababa de recibir un e-mail. Eso quería decir que Slidell, al menos, la había conectado con el mundo exterior. Sus ojos se abrieron de par en par cuando leyó:

Reúnete conmigo a las seis donde siempre. Es urgente.

Iba dirigido a Benton y procedía de Cwal@BrinkleyMeyers.com.

¿Correspondería Cwal a Cap Waldstrum?

Instintivamente, miró a su alrededor antes de abrir el mensaje. Sabía que no podía permitir que Benton lo supiera. Un segundo después, se dio cuenta de que al abrirlo, Benton no lo leería jamás.

Era vergonzoso, pero prefería que Benton no leyera el mensaje a admitir que ella lo había abierto. La próxima vez pondría más atención, se dijo, y no abriría ningún mensaje que no fuera suyo.

En ese momento, la gente del departamento de Informática se había ido a su casa, así que tendría que enmendar el error al día siguiente. Aunque, ¿cómo iba a decirle a Slidell que le había dado acceso al correo de Benton? Porque al hacerlo, sería como admitir que había leído el mensaje.

No sabría decir qué la distrajo de repente, ni qué la hizo mirar por la ventana a la tarde ya oscura de diciembre, ni qué fue lo que le hizo desear irse de repente a su casa.

Todo lo que tenía que hacer, podía hacerlo allí. Podía recoger su portátil, los disquetes y el material con el que tenía que trabajar para la presentación del viernes, y ponerse a trabajar cómodamente en el despacho de su apartamento. O mejor aún, en el sofá.

Incluso podía… No, eso sería demasiado complicado. O quizá no. Podía pasarse por Zabars a comprar algo de cena. Eso sería mejor que las bandejas de aluminio de comida preparada que tenía en el congelador. Incluso podía abrir una botella de vino y tomarse una copa.

Y todavía sería mejor que alguien la llamara para decirle que cenaran juntos. Y si ese «alguien» fuera Sam, sería ya inmejorable.

Ya estaba soñando de nuevo. Seguramente, lo que le pasaba era que en algunos momentos se sentía… sola.

Pero en cualquier caso, se iría a casa dos horas antes de lo que normalmente se iba un lunes. Y sin ningún motivo especial. Sin duda, era algo que debería comentarles a Faith y Charity.

Capítulo 4

Benton Quayle, director ejecutivo de Cañerías Palmer, le dio a Sam uno de esos apretones de manos que los hombres se dan entre ellos, igual que las mujeres se besan y se miran la ropa, los zapatos y el pelo.

– Sam Sharkey -dijo Benton-. Es un nombre que no se te olvida. Creo que lo he oído hace poco.

– Puede ser. Soy de Brinkley Meyers.

– Ah -miles de palabras pasaron silenciosamente entre ambos en ese «ah»-. ¿Estás siguiendo nuestro desafortunado caso de Magnolia Heights?

– Directamente no.

Hope vio cómo pasaban otras mil palabras entre los cerebros de ambos. Y se preguntó cómo lo harían.

Benton chasqueó los dedos.

– Ya sé quién eres. Me han hablado de ti. Eres «el Tiburón».

Sam sonrió.

– Sí, ese es mi apodo.

– Muy bien -después de otra expresiva mirada a Sam, Benton se volvió hacia Hope-. Veo que eliges bien a tus acompañantes.

– Al menos, lo intento -dijo ella.

– Ruthie, este es Sam Sharkey -dijo entonces Benton a su mujer-, y ya conoces a Hope.

– Sam, encantada de conocerte. ¿Eres de Nueva York? ¿No? ¿De Nebraska? No serás por casualidad de Ornaba, ¿verdad? Palmer tiene una sucursal allí. Hay un gran mercado, según creo. Aunque eso lo sabe mejor Benton.

Luego se volvió hacia Hope y le dio la mano de un modo cariñoso, que jamás había mostrado antes hacia ella. Sin duda, la mujer del director debía sentirse tranquila de que Hope no se acostaría con Benton pudiendo hacerlo con Sam. Ni siquiera para obtener la vicepresidencia.

Afortunadamente, la mujer se volvió hacia Sam, porque Hope se había puesto nerviosa con la sola idea de acostarse con él y se estaba ruborizando por momentos.