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La situación, le informa el teniente, es difícil, con el capitán francés y su gente muy nerviosos, y el gentío de afuera cada vez más espeso. Mientras se escuchan tiros hacia el centro de la ciudad, nuevos grupos de alborotadores confluyen desde las calles próximas a las de San José y San Pedro, delante del parque. Los vecinos, entre ellos muchas mujeres exaltadas, salen a unírseles y golpean las puertas pidiendo armas. Según el cabo Alonso, que sigue en la entrada, y el maestre mayor Juan Pardo, que vive enfrente y va y viene con noticias de la calle, todo se complica por momentos. El propio Daoiz pudo comprobarlo cuando se dirigía hacia aquí, enviado por el coronel Navarro Falcón.

– Así es -dice el capitán en el mismo tono de calma-. Pero creo que podemos controlar las cosas, de momento… ¿Cómo están los hombres?

– Preocupados, pero mantienen la disciplina -Arango baja la voz-. Imagino que al verlo a usted aquí estarán más confortados. Algunos vinieron a decirme que, si hay que batirse, cuente con ellos.

Daoiz sonríe, tranquilizador.

– No llegaremos a eso. Las órdenes que traigo son todo lo contrario: calma absoluta y ni un solo artillero fuera del parque.

– ¿Y lo de dar armas al pueblo?

– Menos todavía. Sería un disparate, tal como están los ánimos… ¿Qué hay de los franceses?

Arango señala el centro del patio, donde el capitán imperial y sus subalternos forman un grupo que observa, preocupado, a los oficiales españoles. El resto de la tropa, excepto los pocos que hay vigilando la puerta, permanece formado a discreción veinte pasos más allá. Algunos hombres están sentados en el suelo.

– El capitán andaba muy arrogante hace un rato. Pero a medida que la gente se reunía afuera, se ha ido arrugando… Ahora está nervioso, y creo que tiene miedo.

– Voy a hablar con él. Un hombre nervioso y asustado resulta más peligroso que sereno.

En ese momento se acerca el cabo Alonso, que viene de la puerta. Tres oficiales de artillería solicitan entrar. Daoiz, que no parece sorprendido, dice que los dejen pasar; y al poco aparecen en el patio con aire casual, vestidos de uniforme y sable al cinto, el capitán Juan Cónsul y los tenientes Gabriel de Torres y Felipe Carpegna. Los tres saludan a Daoiz de modo tan serio y circunspecto que hace pensar a Arango que no es la primera vez que se encuentran esta mañana. Juan Cónsul es amigo íntimo de Daoiz; y su nombre, junto al del capitán Velarde y el de otros, circula estos días entre rumores de conspiración. También es uno de los que ayer lo acompañaban en el frustrado desafío de la fonda de Genieys.

«Aquí -reflexiona el joven teniente- se está cociendo algo».

A las diez y media, en las oficinas de la Junta de Artillería, número 68 de la calle de San Bernardo, frente al Noviciado, el coronel Navarro Falcón discute con el capitán Pedro Velarde, que está sentado tras su mesa de despacho, junto a la de su superior y jefe inmediato. Navarro Falcón ha visto llegar al capitán muy descompuesto, encendido y excitado, pidiendo ir al parque de Monteleón. El coronel, que aprecia sinceramente a Velarde, le niega el permiso con tacto y afectuosa firmeza. Daoiz se las arreglará solo, dice, y a usted lo necesito aquí.

– ¡Hay que batirse, mi coronel!… ¡No queda otra!… ¡Daoiz tendrá que hacerlo, y nosotros también!

– Le ruego que no diga disparates y que se tranquilice.

– ¿Tranquilizarme, dice?… ¿No ha oído los tiros? ¡Están ametrallando al pueblo!

– Tengo mis instrucciones, y usted tiene las suyas -Navarro Falcón empieza a exasperarse-. Haga el favor de no complicar más las cosas. Limítese a cumplir con su deber.

– ¡Mi deber está ahí afuera, en la calle!

– ¡Su deber es obedecer mis órdenes! ¡Y punto!

El coronel, que acaba de dar un puñetazo en la mesa, lamenta haber perdido los nervios. Es soldado viejo, que se batió en Santa Catalina de Brasil, contra los ingleses en el Río de la Plata, en la colonia de Sacramento, en el asedio de Gibraltar y durante toda la guerra con la República francesa. Ahora mira incómodo al escribiente Manuel Almira y a los que están en el cuarto contiguo, escuchando, y luego observa de nuevo a Velarde, que, enfurruñado, moja la pluma en el tintero y hace garabatos sin sentido sobre los papeles que tiene delante. Al fin el coronel se levanta y deja en la mesa de Velarde la orden transmitida por el general Vera y Pantoja, gobernador de la plaza, disponiendo que las tropas se mantengan en los cuarteles y al margen de cuanto ocurra.

– Somos soldados, Pedro.

No suele llamarlo a él ni a ningún oficial por el nombre de pila, y Velarde lo sabe; pero, ajeno a la muestra de afecto, niega con la cabeza mientras aparta a un lado, con desdén, la orden del gobernador.

– Lo que somos es españoles, mi coronel.

– Escuche. Si la guarnición se pusiera de parte de la gente revuelta, Murat haría marchar hacia Madrid al cuerpo del general Dupont, que está a sólo un día de camino… ¿Quiere usted que caigan sobre esta ciudad cincuenta mil franceses?

– Como si vienen cien mil. Seríamos un ejemplo para toda España, y para el mundo.

Harto de la discusión, Navarro Falcón vuelve a su mesa.

– ¡No quiero oír una palabra más!… ¿Está claro?

El coronel toma asiento y aparenta enfrascarse en el papeleo. Y así, fingiendo que no oye a Velarde murmurar por lo bajo, como alienado: «Batirse, batirse… Morir por España» mientras sigue haciendo garabatos sin sentido, piensa que ojalá Luis Daoiz, allá en Monteleón, pueda conservar la cabeza fría, y él mismo, aquí, sea capaz de mantener a Velarde sujeto a su mesa. Dejar que el exaltado capitán se acerque hoy al parque de Monteleón sería arrimar una mecha encendida a un barril de pólvora.

Pese a sus excesos y apasionado patriotismo, el cerrajero Molina no tiene nada de tonto. Sabe que si conduce a la gente hacia el parque por calles anchas llamará mucho la atención, y tarde o temprano los franceses les cortarán el paso. Así que recomienda silencio a la veintena de voluntarios que lo siguen -número que aumenta sobre la marcha con nuevas incorporaciones-, y tras separarse de quienes buscan el camino más corto, conduce a su partida por el postigo de San Martín y la calle de Hita a la de Tudescos, en dirección a la corredera de San Pablo.

– Sin armar bulla, ¿eh?… Ya habrá tiempo para eso. Lo que importa es conseguir fusiles.

A esa misma hora, otros grupos de los incitados por Blas Molina, o encaminados a Monteleón por iniciativa espontánea, suben por los Caños y Santo Domingo hacia la calle ancha de San Bernardo, y desde la puerta del Sol por la red de San Luis hasta la calle Fuencarral. Algunos conseguirán llegar durante la hora siguiente; pero otros, confirmando los temores de Molina, quedarán aniquilados o dispersos al encontrar destacamentos franceses. Tal es el caso de la cuadrilla formada por el chocolatero José Lueco, que con los mozos de mulas y caballos Juan Velázquez, Silvestre Álvarez y Toribio Rodríguez, decide ir por su cuenta, acortando camino por San Bernardo. Pero en la calle de la Bola, cuando ya suma una treintena de individuos por habérsele unido los mozos de una hostería y un mesón cercanos, un dorador, dos aprendices de carpintero, un cajista de imprenta y varios sirvientes de casas particulares, la partida, que dispone de algunas carabinas, trabucos y escopetas, se topa con un pelotón de fusileros de la Guardia Imperial. El choque es brutal, a bocajarro, y tras los primeros navajazos y escopetazos los madrileños se parapetan en las esquinas con Puebla y Santo Domingo. Durante buen rato, y con no poco atrevimiento, libran allí un porfiado combate que causa bajas a los franceses, viéndose ayudados en la refriega por gente del vecindario que arroja tiestos y objetos desde los balcones. Al cabo, a punto de verse envueltos por tropas de refresco que llegan de las calles adyacentes, la partida se disuelve dejando varios muertos sobre el terreno. José Lueco, herido de un sablazo en la cara y un balazo en el hombro, consigue refugiarse en una casa próxima -al tercer intento, pues las dos primeras puertas a las que llama no se le abren-, donde permanecerá escondido el resto de la jornada.