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Jacinto Ruiz Mendoza padece de asma, y hoy ha amanecido -como le ocurre a menudo- con fiebre alta y profunda sensación de ahogo. Desde la cama en la que se encuentra postrado oye disparos sueltos y se incorpora con esfuerzo. Tiene el cuerpo empapado en sudor, así que se quita la camisa de dormir húmeda, se refresca un poco la cara con el agua de una jofaina y se viste despacio, abrochando con dedos torpes los botones de la nueva casaca blanca con solapas y vueltas carmesíes con la que acaba de ser dotado el regimiento de infantería número 36 de Voluntarios del Estado, donde sirve con el grado de teniente. Le cuesta acabar de ponerse la ropa, pues se encuentra débil; y su asistente, un soldado al que envió en busca de noticias, no ha vuelto todavía. Al cabo logra ponerse las botas, y con pasos indecisos se dirige a la puerta. Nacido en Ceuta hace veintinueve años, Jacinto Ruiz es delgado, de complexión débil, pero voluntarioso y con mucho pundonor militar. Su carácter es tranquilo, casi tímido, con un punto de retraimiento debido a la enfermedad respiratoria que padece desde niño. Por lo demás, patriota, fiel cumplidor de sus obligaciones, amante del Ejército y de la gloria de España, en los últimos tiempos ha sufrido lo indecible, como tantos de sus camaradas, por la postración nacional ante el poder napoleónico. Aunque, no siendo hombre exaltado, nunca expresó opiniones políticas más allá del cerrado círculo de los amigos íntimos.

En la escalera, Ruiz encuentra a un mozalbete que sube corriendo, y con él se informa de que los franceses disparan contra el pueblo mientras grupos de civiles se encaminan a los cuarteles en busca de armas. Inquieto, Jacinto Ruiz sale a la calle y apresura el paso sin responder a las interpelaciones que varios vecinos, al ver su uniforme, le hacen desde los balcones en demanda de noticias. Sigue sin detenerse en dirección al cuartel de Mejorada, situado al final de la calle de San Bernardo, en el número 83 y haciendo esquina con San Hermenegildo, un poco más arriba del edificio de la Junta de Artillería. De ese modo, lo más aprisa que puede, aunque sin descomponer el paso para no causar mala impresión, luchando con el sofoco de sus pulmones enfermos y pese a la fiebre que le hace arder la frente bajo el sombrero, el humilde teniente de infantería, cuyo nombre no es más que una escueta línea en el escalafón del Ejército, acude a incorporarse a su regimiento sin sospechar que, cerca de la calle por la que ahora camina, muchos años después de este largo día que apenas comienza, se alzará un monumento de bronce a su memoria.

Lo que se oye en la distancia son tiros sueltos, pero no descargas. Eso tranquiliza un poco a Antonio Alcalá Galiano, que recorre el barrio observando el revuelo de la gente. Sus diecinueve años no le impiden darse cuenta de lo obvio: las cuadrillas van tan ridículamente armadas que parece locura desafiar a los soldados franceses. Aun así, a impulsos de su mocedad, el joven acaba uniéndose a un grupo que pasa con mucho alboroto junto a la iglesia de San Ildefonso, más por las mujeres que miran desde los balcones que por otra cosa. Está enamorado de una madrileña, y eso lo alienta a poder contar algún lance heroico, aunque sea mínimo. La cuadrilla, compuesta de muchachos, la dirige uno con trazas de oficial artesano, que da vivas al rey Fernando. Los sigue el joven Alcalá Galiano hasta la calle Fuencarral, donde surge una acalorada discusión sobre el camino a seguir: unos quieren ir a un cuartel a juntarse con la tropa y pelear juntos y en orden, mientras otros pretenden embestir a los franceses donde los encuentren, tendiéndoles celadas para hacerse con sus armas y seguir actuando a saltos, en pequeños grupos, atacando y retirándose por esquinas y azoteas. La disputa se enciende, algunos están a punto de llegar a las manos, y uno de los más exaltados, descamisado y de malas trazas, termina volviéndose a Alcalá Galiano:

– ¿Qué opina usted, amigo?

El tratamiento llano no le hace gracia al educado huérfano del héroe de Trafalgar, que además pertenece a la Maestranza de Caballería de Sevilla, aunque vista de paisano. Así que, disgustado pero con prudencia y marcando distancias, responde que no tiene opinión formada al respecto.

– ¿Pero quiere matar franceses, o no?

– Claro que sí. Aunque no pretenderá que los mate a puñetazos… No llevo armas.

– En eso estamos. En buscarlas.

Alcalá Galiano mira los rostros poco simpáticos que lo rodean. Casi todos son mozos de baja condición, y no faltan chicuelos desharrapados de la calle. Tampoco le pasan inadvertidas las miradas recelosas que dirigen a su frac y sombrero bordado. «Un currutaco», oye decir a uno. A éstos, concluye inquieto, hay que temerlos más que a los franceses.

– Pues ahora que me acuerdo -responde, todo lo sereno que puede-, tengo armas en mi casa. Así que voy a buscarlas, que vivo cerca, y vuelvo.

El otro lo estudia de arriba abajo, suspicaz y despectivo.

– Vaya entonces, hombre de Dios.

Alcalá Galiano titubea, picado por el tono, y en ese momento se acerca el que hace las veces de jefe. Es un esportillero de manos fuertes y callosas, que huele a sudor.

– Usted -le dice a bocajarro- no nos sirve para nada.

El joven siente un golpe de calor en la cara. Qué diablos hago yo, concluye, con esta gente.

– Pues que tengan un buen día.

Herido en su amor propio, pero aliviado en cuanto a la inquietante cuadrilla que deja atrás, Alcalá Galiano da media vuelta y se encamina a su casa. Una vez allí, tomando su sombrero con galón de plata y su espada, no sin dejar a la madre inquieta y llorosa al verlo arriesgarse de nuevo, sale en busca de mejor compañía, dispuesto a mezclarse en la refriega junto a gente decente y juiciosa. Pero sólo encuentra grupos de paisanos enfurecidos, casi todos gente baja, y algún militar intentando contenerlos. En la esquina de la calle de la Luna con Tudescos ve a un oficial de buen aspecto, teniente de Guardias de Corps, a quien pide consejo. El otro, creyendo por el galón del sombrero que es uno de sus guardias, le pregunta qué hace en la calle y si no conoce las órdenes.

– Soy maestrante, señor teniente. De Sevilla.

– Pues vuélvase inmediatamente a su casa. Yo voy de camino a mi cuartel, y las órdenes son de no moverse. Y si llega el caso, de disparar para sosegar el tumulto.

– ¿Contra la gente?

– Todo puede ser. Ya ve cómo andan todos, rabiosos y sin freno. Hay muchas muertes de franceses y empieza a haberlas de paisanos… Usted parece de buena familia. Ni se le ocurra juntarse con la gente exaltada.

– Pero… ¿De verdad nuestras tropas no van a entrar en combate?

– Ya se lo he dicho, diantre. Le repito que vaya a su casa y no se mezcle con esa chusma.

Convencido y obediente, escarmentado por la propia experiencia, Antonio Alcalá Galiano desanda el camino a su domicilio, donde la madre, que aguarda angustiada, lo recibe con muchos ruegos de que no vuelva a salir. Y al fin, confuso y desalentado por cuanto ha visto, accede a quedarse en casa.

Mientras el joven Alcalá Galiano renuncia a ser actor de la jornada, grupos de madrileños siguen intentando llegar al parque de Monteleón en busca de armas. Desviándose en largo rodeo, el cerrajero Blas Molina y los suyos se ven detenidos cerca de la corredera de San Pablo por la presencia de un piquete francés, al que Molina, con el juicio despabilado por la experiencia de Palacio, decide no incomodar.

– Cada cosa a su tiempo -susurra-. Y los nabos en Adviento.

Otras partidas, sin embargo, llegan pronto y sin novedad a las puertas del parque, engrosando el número de los que allí se congregan. Tal es el caso de la acaudillada por el estudiante asturiano José Gutiérrez, un joven flaco y enérgico a quien se unen, con otra docena de individuos, el peluquero Martín de Larrea y su mancebo Felipe Barrio. También el vecino de la calle del Príncipe Cosme Martínez del Corral, impresor y administrador de una fábrica de papel y antiguo soldado de artillería, pese a llevar encima 7.250 reales en cédulas retiradas esta mañana, acude a Monteleón para ofrecerse a sus antiguos compañeros, por si se ven en trance de batirse. Por su parte, el almacenista de carbón Cosme de Mora, que tiene tienda en la corredera de San Pablo, y su amigo el portero de juzgado Félix Tordesillas, vecino de la calle del Rubio, logran abrirse paso al frente de un grupo de vecinos sin encontrar franceses que los inquieten. A esta partida, una de las más numerosas, se unen por el camino el oficial de obras Francisco Mata, el carpintero Pedro Navarro, el sangrador de la calle Silva Jerónimo Moraza, el arriero leonés Rafael Canedo, y José Rodríguez, botillero de San Jerónimo, que viene acompañado de su hijo Rafael. En la calle Hortaleza los alcanzan los hermanos Antonio y Manuel Amador; que, pese a su rechazo y a los pescozones que le dan, no pueden evitar que los siga su hermano pequeño Pepillo, de once años.