– Tú y tus mamelucos vais delante. Sin piedad.
En el rostro atezado del egipcio destella una sonrisa feroz. «Iallah Bismillah», responde, y tornando grupas alcanza la cabeza de su colorida tropa. Entonces el coronel Daumesnil se vuelve a su corneta de órdenes, suena un clarinazo, todos gritan «¡Viva el Emperador!» y la vanguardia de la columna se pone en marcha.
Veinte minutos antes de que la caballería de la Guardia Imperial avance desde el Buen Retiro, el alférez de fragata Manuel Esquivel, con todo el alivio del mundo, ha visto llegar su relevo a la casa de Correos de la puerta del Sol.
– ¿Traen ustedes munición?
El otro, un teniente chusquero de edad avanzada, el aire rudo e inquieto, niega con la cabeza.
– Ni siquiera para nosotros. Ni un mal cartucho.
Al escuchar aquello, Esquivel no hace aspavientos. Se lo esperaba. Tendrá que hacer todo el camino de regreso al cuartel con la tropa indefensa, a través de una ciudad enloquecida. Malditos sean, piensa. Sus jefes, los franceses, el populacho y la madre que los trajo a todos.
– ¿Cuáles son las últimas instrucciones?
– No han cambiado. Encerrarnos y no asomar la gaita.
– ¿Así estamos todavía?… ¿Con lo que está pasando ahí afuera?
El otro tuerce el gesto con desagrado.
– A mí qué me cuenta. Yo cumplo órdenes, como usted.
– ¿Órdenes? ¿Qué órdenes?… Aquí nadie ordena nada.
El teniente no responde, limitándose a mirarlo como urgiéndolo a irse de una vez. Esquivel observa angustiado a sus veinte granaderos de Marina, que terminan de formar en el patio con los inútiles fusiles colgados al hombro. Para colmo, comprueba, el vistoso uniforme de esa tropa de élite, casaca azul con vueltas rojas, correaje blanco y gorro forrado de piel, puede confundirse de lejos con el de los granaderos imperiales.
– ¿Qué hay de los franceses?
El teniente hace amago de escupir entre sus botas, pero se contiene. Luego encoge los hombros con indiferencia.
– Se preparan para marchar sobre el centro de la ciudad. O eso dicen.
– Será una matanza. Ya ve cómo está la gente de encendida. He visto cosas…
– Ése es problema de los gabachos, ¿no cree?… Ni suyo ni mío.
Está claro que al recién llegado empieza a incomodarlo tanta conversación. Y parece resuelto a no complicarse la vida. Ahora dirige ojeadas impacientes a diestra y siniestra, con visibles deseos de que Esquivel desaparezca y atrancar las puertas.
– Yo de usted me iría a toda prisa -sugiere.
Esquivel asiente como si acabara de escuchar el Evangelio.
– No me lo pensaré dos veces -concluye-. Buena suerte.
– Lo mismo digo.
Haciendo de tripas corazón, preocupado por lo que va a encontrar afuera, el alférez de fragata se acerca a sus granaderos, que lo miran entre confiados e inquietos. Del edificio de Correos al cuartel de Marina, situado en el paseo del Prado, hay un trecho largo. Aunque estarán mejor allí, con el resto de la compañía -sobre todo si al final se les ordena salir a la calle para ayudar al pueblo o para reprimirlo-, el trayecto se presenta lleno de obstáculos: la distancia, la gente y los franceses. Sobre todo estos últimos, que viniendo del Buen Retiro van a seguir, sin duda, el mismo camino que él debe tomar, a la inversa, para ir al cuartel. Y no quiere imaginar lo que pasará si se encuentran.
– Calen bayonetas.
«Por lo menos -decide en sus adentros- que la cosa no nos pille con las manos en los bolsillos».
– Preparados para salir. A mi orden y sin detenerse. Vean lo que vean, pase lo que pase, no atiendan más que a mí… ¿Listos?
El sargento del piquete, con su cara curtida de veterano y sus cicatrices de Trafalgar, lo mira como preguntándole si sabe lo que hace. Para tranquilizar a la tropa, Esquivel compone una sonrisa.
– Fusil en prevengan. Paso ligero.
Y tras persignarse mentalmente, poniéndose a la cabeza de sus hombres, el alférez de fragata abandona el edificio. Apenas en la calle, su primera impresión es que penetra en un océano de gente. Al reconocer los uniformes de Marina, la multitud deja paso, respetuosa. Hay mucho pueblo llano, con numerosas mujeres que han venido de la parte sur de la ciudad, y los balcones y ventanas están cuajados como si de una fiesta se tratara. Unos sonríen, dan vivas o aplauden viendo tropa española. Otros, más hoscos, los incitan a unirse a ellos o entregar los fusiles. Impertérrito, sin hacer caso a nadie, Esquivel sigue su marcha. Del lado de Santa Ana oye tiros sueltos. Procurando no mirar a nadie, el sable en la vaina y suspendido en la mano izquierda, los ojos fijos en la embocadura de la carrera de San Jerónimo, el marino dirige a sus granaderos mientras ruega a Dios les permita llegar a tiempo y sin novedad al paseo del Prado.
– ¡Mantengan el paso!… ¡Vista al frente!
La marcha, siempre a paso redoblado, lleva al piquete junto al Buen Suceso y luego carrera de San Jerónimo abajo, donde Esquivel observa que los grupos de gente son más dispersos, clarean y acaban siendo pequeñas partidas agazapadas en portales y esquinas con trabucos, palos y cuchillos. En tres ocasiones, al pasar por las bocacalles que llevan a Antón Martín y la calle de Atocha, les hacen algunos disparos de lejos -no se sabe si franceses o españoles-, que no causan desgracias, aunque sí sobresalto. Mientras mantiene el paso rápido, trotando con resonar de botas en el suelo, y a medida que el piquete se acerca a la confluencia de San Jerónimo y el Prado, Esquivel siente desfallecerle el ánimo cuando ve la rutilante y compacta columna de caballería francesa que, despacio, extendiéndose por atrás hasta el Buen Retiro, baja por la cuesta y avanza en dirección contraria, todavía a unas cien varas de distancia.
– Virgen santa -exclama el sargento, a su espalda.
Esquivel se vuelve, con un rugido.
– ¡Conserven la formación!… ¡Vista al frente!… ¡Cabeza, variación izquierda!
Y así, sólo un poco antes de que la caballería francesa rebase la fuente de Neptuno, desfilando impasible a paso ligero ante los sorprendidos jinetes de la vanguardia imperial, el pequeño destacamento español, con todos sus granaderos mirando al vacío como si no vieran la amenazadora masa de hombres y caballos, gira disciplinadamente en la esquina misma y se aleja bajo los árboles del paseo del Prado, a salvo.
Hacia las once y media de la mañana, cuando la vanguardia de caballería avanza hacia la puerta del Sol por San Jerónimo, el resto de las tropas imperiales situadas en las afueras de Madrid han abandonado sus campamentos y se dirigen a las puertas de la ciudad, obedeciendo las órdenes de tomar las grandes avenidas y converger en el centro. Al ver multiplicarse la presencia de franceses, y comprobando que sus avanzadas abren fuego sin aviso previo contra todo grupo de civiles que encuentran a su paso, la gente que sigue en la calle busca desesperadamente armas. A veces las obtiene asaltando tiendas, salones de esgrima, cuchillerías, o saqueando la Armería Real, de donde algunos salen con corazas, alabardas, arcabuces y espadas de los tiempos de Carlos V. A esa misma hora, por la tapia trasera del cuartel de Guardias Españolas, un grupo de soldados pasa fusiles y cartuchos al paisanaje que desde allí reclama, mientras sus oficiales miran hacia otro lado pese a las órdenes recibidas. El coronel don Ramón Marimón, que se presentó apenas comenzaron los disturbios, ha llegado a tiempo de impedir que la tropa, ya formada para ello, saliera a la calle. Pese a todo, cinco soldados uniformados, entre los que se cuentan el sevillano de veinticinco años Manuel Alonso Albis y el madrileño de veinticuatro Eugenio García Rodríguez, saltan la tapia y se unen a los insurrectos. De este modo forman partida una treintena de soldados y paisanos entre los que se encuentran José Peña, zapatero de diecinueve años; José Juan Bautista Montenegro, criado del marqués de Perales; el toledano Manuel Francisco González Rivas, vecino de la calle del Olivar; el madrileño Juan Eusebio Martín, y el oficial herrero de cuarenta años Julián Duque. Todos juntos se dirigen hacia el paseo del Prado cruzando por el huerto de San Jerónimo y el jardín Botánico, en busca de franceses. Allí combatirán, con extraordinaria dureza y haciendo daño al enemigo, contra destacamentos de caballería que bajan del Buen Retiro y unidades de infantería imperial que empiezan a subir desde el paseo de las Delicias y la puerta de Atocha.