Mientras los choques entre madrileños y avanzadillas francesas se generalizan a lo largo del Prado, el mozo de caballerías reales Gregorio Martínez de la Torre, de cincuenta años, y José Doctor Cervantes, de treinta y dos, que se dirigían al cuartel de Guardias Españolas en busca de armas, dan media vuelta al ver el paso cortado por una columna de jinetes franceses. Al poco encuentran a un conocido llamado Gaudosio Calvillo, funcionario del Resguardo de la Real Hacienda, que va apresurado llevando cuatro fusiles, dos sables y una bolsa de cartuchos. Calvillo les cuenta que muy cerca, en el portillo de Recoletos, sus compañeros de Aduanas se disponen a batirse, o lo hacen ya; de modo que cogen un fusil cada uno y deciden seguirlo. Por el camino, al verlos armados y resueltos, se les unen los hortelanos de la duquesa de Frías y del marqués de Perales Juan Fernández López, Juan José Postigo y Juan Toribio Arjona, llevando Fernández López una escopeta de caza de su propiedad y provistos los otros sólo de navajas. Arjona se hace cargo del fusil que resta, y llegan de ese modo a las inmediaciones del portillo, justo cuando los aduaneros y algunos paisanos se enfrentan a avanzadillas de infantería francesa que se aventuran por el lugar. Saltando tapias, corriendo agachados bajo los árboles de las huertas, los seis terminan por unirse a un grupo numeroso, formado entre otros por los funcionarios del Resguardo Anselmo Ramírez de Arellano, Francisco Requena, José Avilés, Antonio Martínez y Juan Serapio Lorenzo, a quienes acompañan los alfareros del tejar de Alcalá Antonio Colomo, Manuel Díaz Colmenar, los hermanos Miguel y Diego Manso Martín, y el hijo de éste. Entre todos logran acorralar a unos exploradores franceses que avanzan descuidados por la huerta de San Felipe Neri. Tras furioso intercambio de disparos, les caen encima con navajas, al degüello, haciendo tan terrible carnicería que al cabo, espantados de su propia obra, previendo la inevitable represalia, se dispersan y corren a ocultarse. Los funcionarios buscan amparo en las dependencias de Aduanas del portillo de Recoletos, y el hortelano Juan Fernández López, todavía con su escopeta, decide acompañarlos; sin imaginar que de allí a poco rato, cuando llegue el grueso de tropas enemigas queriendo vengar a sus camaradas, ese lugar se convertirá en una trampa mortal.
En su despacho de la Cárcel Real, el director no da crédito a sus oídos.
– ¿Que los presos solicitan qué?
El portero jefe, Félix Ángel, que acaba de poner un papel manuscrito sobre la mesa de su superior, encoge los hombros.
– Lo piden respetuosamente, señor director.
– ¿Y qué es lo que dice que solicitan?
– Defender a la patria.
– Me toma el pelo, Félix.
– Dios me libre.
Poniéndose los anteojos, incrédulo todavía, el director lee la instancia que acaba de presentar el portero jefe, transmitida por conducto reglamentario:
Abiendo adbertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja almas y munisiones para la defensa de la Patria y el Rey, el abajo firmante Francisco Xavier Cayón suplica en su nombre y de sus compañeros bajo juramento de volber todos a la prisión se nos ponga en libertad para ir a exponer la vida contra los estrangeros y en bien de la Patria.
Respetuosamente en Madrid a dos de mayo de mil ochosientos y ocho.
Aún estupefacto, el director mira al portero jefe.
– ¿Quién es ese Cayón?… ¿El número quince?
– El mismo, señor director. Tiene estudios, como puede ver. Y buena letra.
– ¿De fiar?
– Dentro de lo que cabe.
El director se rasca las patillas y resopla, dubitativo.
– Esto es irregular… Eh… Imposible. Ni siquiera en estas difíciles circunstancias… Además, algunos son criminales con delitos de sangre. No podemos dejarlos sueltos.
El portero jefe se aclara la garganta, mira el suelo y luego al director.
– Dicen que si no se atiende la solicitud de buen grado, se amotinan por fuerza.
– ¿Amenazan? -el director da un respingo-. ¿Se atreven a eso, los canallas?
– Bueno… Es una forma de verlo. De cualquier manera ya lo han hecho… Están reunidos en el patio y me han quitado las llaves -el portero jefe señala el papel sobre la mesa-. En realidad esa instancia es una formalidad. Un detalle de buena fe.
– ¿Se han armado?
– Bueno, sí… Lo de siempre: hierros afilados, pinchos, tostones… Lo normal. También amenazan con pegarle fuego a la cárcel.
El director se seca la frente con un pañuelo.
– De buena fe, dice.
– Yo no digo nada, señor director. Lo de buena fe lo dicen ellos.
– ¿Y se ha dejado quitar las llaves, por las buenas?
– Qué remedio… Pero ya los conoce. Por las buenas es una manera de hablar.
El director se levanta de su mesa y da un par de vueltas alrededor. Luego va junto a la ventana, oyendo preocupado los tiros de afuera.
– ¿Cree que cumplirían su palabra?
– Ni idea.
– ¿Se hace usted responsable?
– Lo veo con ganas de guasa, señor director. Dicho sea con todo respeto.
Indeciso, el director vuelve a secarse la frente. Luego regresa junto a la mesa, coge los lentes y lee otra vez la instancia.
– ¿Cuántos reclusos tenemos ahora?
El portero jefe saca una libreta del bolsillo.
– Según el recuento de esta mañana, ochenta y nueve sanos y cinco en la enfermería: noventa y cuatro en total -cerrando la libreta, hace una pausa significativa-. Al menos hace un momento teníamos ésos.
– ¿Y quieren salir todos?
– Sólo cincuenta y seis, según el tal Cayón. Otros treinta y ocho, si contamos los enfermos, prefieren quedarse aquí, tranquilos.
– Es una locura, Félix. Más que una cárcel, esto parece un manicomio.
– Un día es un día, señor director. La patria y todo eso.
El director mira al portero jefe, suspicaz.
– ¿Qué pasa?… ¿También quiere ir con ellos?
– ¿Yo?… Ni ciego de uvas.
Mientras el director y el portero jefe de la Cárcel Real dan vueltas al escrito de los presos, una carta de tono diferente llega a manos de los miembros del Consejo de Castilla. Va firmada por el duque de Berg:
Desde este instante debe cesar toda especie de miramiento. Es preciso que la tranquilidad se restablezca inmediatamente o que los habitantes de Madrid esperen ver sobre sí todas las consecuencias de su resolución. Todas mis tropas se reúnen. Órdenes severas e irrevocables están dadas. Que toda reunión se disperse, bajo pena de ser exterminados. Que todo individuo que sea aprehendido en una de esas reuniones sea inmediatamente pasado por las armas.
Como respuesta a la intimación de Murat, el abrumado Consejo, con firma del gobernador don Antonio Arias Mon, se limita a despachar un bando conciliador al que, en una ciudad en armas y enloquecida, nadie hará caso:
Que ninguno de los vasallos de S.M. maltrate de palabra ni de obra a los soldados franceses, sino que antes bien se les dispense todo favor y ayuda.