– Que sea la última vez que das una orden en este cuartel sin contar conmigo… ¿Está claro?
– Las circunstancias…
– ¡Al diablo las circunstancias! ¡Esto no es un juego, maldita sea!
Por muy exaltado que sea, Velarde aprecia mucho a su amigo. Lo respeta. Su tono se vuelve conciliador, y las excusas son sinceras.
– Discúlpame, Luis. Yo sólo quería…
– ¡Sé perfectamente lo que querías! Pero no hay nada que hacer. ¡Nada!… A ver si te lo metes de una vez en la cabeza.
– Pero la ciudad está en armas.
– Sólo cuatro infelices, al final. Y sin ninguna posibilidad. Estás hablando de batir al ejército más poderoso del mundo con paisanos y unas cuantas escopetas… ¿Es que te has vuelto loco? Léete la orden que me dio Navarro cuando salí esta mañana -Daoiz golpetea con los dedos sobre el papel que ha sacado de una vuelta de la casaca-. ¿Ves?… Prohibido tomar iniciativas o unirse al pueblo.
– ¡Las órdenes ya no valen, tal como están las cosas!
– ¡Las órdenes valen siempre! -al levantar la voz, Daoiz también eleva su escasa estatura empinándose sobre las puntas de las botas-. ¡Incluidas las que yo doy aquí!
Velarde no está convencido, ni lo estará nunca. Se roe las uñas, agita con violencia la cabeza. Le recuerda a su amigo el compromiso para la sublevación de los artilleros.
– Lo decidimos hace unos días, Luis. Tú estabas de acuerdo. Y la situación…
– Eso ya es imposible de ejecutar -lo interrumpe Daoiz.
– El plan puede seguir adelante.
– El plan se ha ido al traste. La orden del capitán general nos destroza a ti, a mí y a unos pocos más, pero es una disculpa estupenda para los indecisos y los cobardes. No disponemos de fuerza suficiente para sublevarnos.
Sin darse por vencido, llevándolo hasta la ventana, Velarde señala a los Voluntarios del Estado que fraternizan con los artilleros.
– Te he traído casi cuarenta soldados. Y ya sabes todos los paisanos que hay afuera, esperando armas. También veo que han venido algunos compañeros fieles, como Juanito Cónsul, José Dalp y Pepe Córdoba. Si armamos al pueblo…
– Métetelo en la cabeza, Pedro. De una vez. Nos han dejado solos, ¿comprendes?… Hemos perdido. No hay nada que hacer.
– Pero la gente se está batiendo en Madrid.
– Eso no puede durar. Sin los militares, están sentenciados. Y nadie va a salir de los cuarteles.
– Demos ejemplo y nos seguirán.
– No digas simplezas, hombre.
Dejando a Velarde murmurar sus inútiles argumentos, Daoiz se aleja de él, sale al patio y se pone a pasear solo, descubierta la cabeza, las manos cruzadas a la espalda sobre los faldones de la casaca, sintiéndose blanco de todas las miradas. Fuera del parque, al otro lado de la gran puerta cerrada bajo el arco de ladrillo y hierro, la gente sigue dando mueras a Francia y vivas a España, al rey Fernando y al arma de artillería. Por encima de sus voces, amortiguado en la distancia, resuena crepitar de fusilería. A Luis Daoiz, que vive el momento más amargo de su vida, cada uno de esos gritos y sonidos le desgarra el corazón.
Mientras el capitán Daoiz se debate con su conciencia en el patio del parque de Monteleón, al sur de la ciudad, en el extremo opuesto, a Joaquín Fernández de Córdoba, marqués de Malpica, y a los paisanos voluntarios, se les seca la boca cuando ven aparecer la caballería francesa que sube hacia la puerta de Toledo. Más tarde, al hacer balance de la jornada, se confirmará que esa fuerza imperial, que viene de su campamento en los Carabancheles bajo el mando del general de brigada Rigaud, consta de dos regimientos de coraceros: novecientos veintiséis jinetes que ahora remontan la cuesta al trote, entre las rectas arboledas que se inclinan hasta el Manzanares, con intención de dirigirse por la calle de Toledo hacia la plaza de la Cebada y la plaza Mayor.
– Cristo misericordioso -murmura el sirviente Olmos.
Con pocas esperanzas, el marqués de Malpica mira alrededor. En torno al embudo de la puerta de Toledo, por donde forzosamente deben penetrar los franceses en la ciudad, hay apostados cuatrocientos vecinos de los barrios de San Francisco y Lavapiés. Decir que abundan entre ellos los tipos populares -chaquetillas pardas, pañuelos de franjas blancas y negras, calzones con las boquillas sueltas y la pierna al aire- es quedarse corto: en su mayor parte son manolos y gente baja, rufianes de navaja fácil y mujeres de las calles de mala fama próximas al lugar, aunque no falten vecinos honrados de la Paloma y las casas cercanas, carniceros y curtidores del Rastro, mozos y criadas de los mesones y tabernas de esa parte de la ciudad. Pese a sus esfuerzos por plantear una defensa razonable en lo militar, y tras muchas discusiones y voces desabridas, el de Malpica no ha podido impedir que se organicen a su manera, según grupos y afinidades, de forma que cada cual toma las disposiciones que cree oportunas: unos bloquean la calle con carros, vigas, cestones y ladrillos de una obra cercana, y aguardan detrás, confiados en sus navajas, cuchillos, machetes, chuzos, espetones de asador u hoces de segar. Otros, los que tienen fusiles, carabinas o pistolas, han ido a apostarse en el hospital de San Lorenzo y en los balcones, ventanas y terrazas que dominan la puerta de Toledo y la calle, donde hay mujeres que disponen ollas de aceite y agua hirviendo. El de Malpica, que por su grado de capitán en la reserva del regimiento de Málaga es el único con verdadera experiencia militar, apenas consigue imponer algunos consejos tácticos. Sabe que los jinetes franceses acabarán forzando la débil barrera, así que ha situado algo más atrás, escalonada al amparo de un soportal próximo a la esquina de la calle de los Cojos, a la gente que acata sus órdenes: una treintena de personas que incluye a sus criados y la partida levantada en la calle de la Almudena, la mujer con el hacha, el mancebo de botica y algunos más que se unieron por el camino. Su misión, ha explicado, será atacar por el flanco a los jinetes enemigos que pasen la barrera. Y a quienes tienen fusiles de reglamento -el dragón de Lusitania, los cuatro desertores de Guardias Walonas, el criado Olmos y el conserje de los Consejos- les recomienda disparar con preferencia a los oficiales, abanderados y cornetas. En cualquier caso, a los que cabalguen delante, den órdenes o muevan mucho las manos.
– Y si nos dispersan, corred y reuníos de nuevo, retrocediendo poco a poco hacia la plaza de la Cebada… Si hay que retirarse, nos juntaremos allí.
Uno de los voluntarios, el caballerizo de Palacio que empuña un trabuco, sonríe confiado. Para el pueblo español, acostumbrado a la obediencia ciega a la Religión y la Monarquía, un título nobiliario, una sotana o un uniforme son la única referencia posible en momentos de crisis. Eso quedará patente muy pronto, en la composición de las juntas que hagan la guerra a los franceses.
– ¿Cree usía que vendrán nuestros militares?
– Claro que sí -miente el aristócrata, que no se hace ilusiones-. Ya lo veréis… Por eso hay que aguantar lo que se pueda.
– Cuente con nosotros, señor marqués.
– Pues vamos. Cada uno en su puesto, y que Dios nos ayude.
– Amén.
Al otro lado de la puerta de Toledo, el sol hace relucir, elocuente, corazas, cascos y sables. Los gritos y vivas con los que hace un momento se animaba la gente han cesado por completo. Las bocas están ahora mudas, abiertas; y todos los ojos, desorbitados, fijos en la brigada de caballería que se acerca en masa compacta. Arrodillado tras el pilar de madera de un soportal, con una carabina en las manos, dos pistolas cargadas y un machete al cinto, el sombrero inclinado sobre la frente para que no lo deslumbre el sol, el marqués de Malpica piensa en su mujer y en sus hijos. Luego se persigna. Aunque es hombre piadoso que no oculta sus devociones, procura hacerlo con disimulo; pero el ademán no pasa inadvertido. Su criado Olmos lo imita, y al cabo hacen lo mismo cuantos se encuentran próximos.