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– ¡Ahí están! -exclama alguien.

Por un instante, el marqués no presta atención a la puerta de Toledo. Intenta averiguar la causa de una extraña vibración creciente que nota bajo la rodilla apoyada en tierra. Entonces comprende que se trata del suelo que tiembla con las herraduras de los caballos que se acercan.

A mediodía, el centro de Madrid es un continuo y confuso combate. En el espacio comprendido entre la embocadura de la calle de Alcalá y la carrera de San Jerónimo, la casa de Correos, San Felipe y la calle Mayor hasta los portales de Roperos, hay cadáveres de ambos bandos: franceses degollados y madrileños que yacen en el suelo o son retirados a rastras dejando regueros de sangre, entre relinchos de caballos moribundos. Y la lucha sigue sin cuartel, por una ni otra parte. Los pocos fusiles y escopetas cambian de manos al morir sus dueños, arrebatados por quienes esperan a que alguien caiga para coger su arma. Los grupos dispersos en la puerta del Sol vuelven a reunirse después de cada carga de caballería, y saltando desde los zaguanes y soportales, el claustro del Buen Suceso, la Victoria, San Felipe y las calles adyacentes, acometen de nuevo a cuerpo descubierto, navajas contra sables, trabucos contra cañones, tanto a los dragones y mamelucos que siguen llegando de San Jerónimo y vuelven grupas por Alcalá, como a los soldados de la Guardia Imperial que, bajo el mando del coronel Friederichs, avanzan por Mayor y Arenal, desde Palacio, barriendo las calles con fusilería y fuego de las piezas de campaña que emplazan en cada esquina. Uno de los primeros heridos por estas descargas es el joven León Ortega y Villa, el discípulo del pintor Francisco de Goya, que lleva un rato desjarretando a navajazos caballos de los franceses. Y cerca de los Consejos, tras retirarse ante una carga de jinetes polacos junto a sus feligreses de Fuencarral, el presbítero don Ignacio Pérez Hernández es alcanzado por una andanada de metralla francesa, da unos pasos vacilantes y se desploma. Pese al nutrido fuego enemigo, sus compañeros logran rescatarlo, aunque herido de gravedad, y ponerlo a cubierto. Llevado más tarde y con muchas peripecias al Hospital General, don Ignacio salvará la vida.

Por toda la ciudad se suceden casos particulares, combates que a veces llegan a ser individuales. Tal es el que libra frente a la residencia de la duquesa de Osuna, en solitario, el carbonero Fernando Girón: topándose en una esquina con un dragón francés, lo desmonta de un garrotazo y, tras rematarlo a golpes, le quita el sable y con él se enfrenta a un pelotón de granaderos antes de ser muerto a bayonetazos. Un mallorquín llamado Cristóbal Oliver, antiguo soldado de Dragones del Rey al servicio del barón de Benifayó, sale de la hostería donde se alojan ambos en la calle de los Peligros, y con un espadín de su amo como única arma, camina hasta la esquina de la calle de Alcalá, donde acomete a cuanto francés pasa a su alcance, mata a uno y hiere a dos; y al rompérsele en el último la hoja del espadín, con sólo la empuñadura en la mano, regresa tranquilamente a su hostería. De ese modo, las relaciones de los combates y sus incidencias registrarán, más tarde, la actuación de muchos hombres y mujeres anónimos, como el que los vecinos de la calle del Carmen ven desde sus ventanas, vestido con ropa de cazador, polainas de becerro y una canana llena de cartuchos, que parapetado en una esquina de la calle del Olivo dispara uno tras otro diecinueve tiros contra los franceses, hasta que, sin munición, arroja la escopeta, saca un cuchillo de monte y se defiende espalda contra la pared, hasta que lo matan. Tampoco llega a saber nadie el nombre del calesero -conocido sólo como El Aragonés- que, emboscado en un zaguán de la calle de la Ternera, dispara un trabuco cargado con puntas de tapicero, a bocajarro, contra todo francés que pasa por la calle. Ni los nombres de cuatro chisperos que pelean a navajazos con unos polacos en la calle de la Bola. Ni el de la mujer todavía joven que, en Puerta Cerrada, tras derribar del caballo a pedradas a un batidor francés mientras le grita «¡date, perro!», lo degüella con su propio sable. Nunca se conocerá, tampoco, el nombre del granadero de Marina desarmado -desertor de su cuartel o del piquete del alférez de fragata Esquivel- que en la calle de Postas pone a salvo a un grupo de mujeres y niños acosado por los franceses; y cayendo luego sobre un dragón desmontado, lo estrangula con las manos desnudas; aunque más tarde, en la relación de bajas de la jornada, figurarán los nombres de tres soldados que hoy visten ese uniforme: Esteban Casales Riera, catalán -muerto-, Antonio Durán, valenciano, y Juan Antonio Cebrián Ruiz, de Murcia.

Quedará memoria documentada, en cambio, de los nueve albañiles que al iniciarse el enfrentamiento trabajaban en la obra de reparación de la iglesia de Santiago: el capataz de sesenta y seis años Miguel Castañeda Antelo, los hermanos Manuel y Fernando Madrid, Jacinto Candamo, Domingo Méndez, José Amador, Manuel Rubio, Antonio Zambrano y José Reyes Magro. Todos ellos pelean en la calle de Luzón, acorralados entre la caballería francesa que llega de la puerta del Sol y la infantería que avanza por Mayor y Arenal. Hace media hora, al pasar bajo sus andamios un pelotón de polacos que daba caza a paisanos en fuga, los albañiles atacaron a los jinetes, tirándoles cuanto hallaron a mano, desde tejas hasta herramientas; y bajando luego, descamisados, abiertas las navajas que todos llevaban encima, se arrojaron a luchar con la ingenua rudeza de su oficio. Ahora, acosados por todas partes, batidos a mosquetazos, deben retroceder calle arriba y resguardarse en la parroquia. El capataz Castañeda acaba de recibir un tiro en el vientre que le hace doblar las rodillas y acurrucarse en la acera, de donde lo levanta el albañil Manuel Madrid. Con su compañero a cuestas, viendo que la iglesia queda lejos, Madrid busca reparo en la plaza de la Villa; con tan mala fortuna que, al pasar una zona enfilada, suena una descarga, chascan plomazos contra los muros próximos, y aunque Madrid resulta ileso, una bala rompe un brazo al infeliz Castañeda. Caen los dos, y mientras más tiros zurrean sobre sus cabezas, Madrid arrastra como puede al compañero, tirando de su brazo sano, para ponerlo a cubierto.

– Déjame, hombre -murmura débilmente el capataz-. Peso demasiado… Déjame y vete… Sálvate mientras puedas.

– ¡Ni hablar! ¡Así me maten esos mosiús hijoputas, te vienes conmigo!

– No vale la pena… Yo estoy servido, y me voy por la posta.

Un vecino llamado Juan Corral, que observa la escena desde un portal, se acerca agachado, y cogiendo al herido por los pies ayuda a ponerlo a salvo. De esa forma, cargados con Castañeda a través de la ciudad llena de franceses, aventurándose por calles desiertas y por otras donde los enemigos hacen fuego de lejos, Madrid y Corral logran llevarlo a su casa de la calle Jesús y Maria, donde le hacen la primera cura. Trasladado en los días siguientes al Hospital General, el capataz vivirá tres años hasta morir, al fin, a causa de sus heridas.

Los otros albañiles de la obra de Santiago corren una suerte más inmediata y trágica. Refugiados en la iglesia, al poco rato se ven rodeados por un pelotón de fusileros que busca vengar a sus camaradas polacos. Jacinto Candamo intenta resistir y apuñala al primer francés que se acerca, por lo que es reventado a culatazos y dejado agonizante con siete heridas. A Fernando Madrid, José Amador, Manuel Rubio, José Reyes, Antonio Zambrano y Domingo Méndez se los llevan atados entre empujones, insultos y golpes. Los seis se contarán entre los ejecutados la madrugada del día siguiente, en la montaña del Príncipe Pío.