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No tomará en ningún momento iniciativa propia sin órdenes superiores por escrito, ni fraternizará con el pueblo, ni mostrará hostilidad ninguna contra las fuerzas francesas.

Con amargura, el artillero se pregunta qué harán en ese momento el ministro de la Guerra, el capitán general, el gobernador militar de Madrid, para justificarse ante Murat. A Daoiz le parece oírlos: el populacho y sus bajas pasiones, Alteza. Gente descarriada, inculta, agitadores ingleses. Etcétera. Lamiendo las botas al francés pese a la ocupación, al rey prisionero, a la sangre que corre por todas partes. Sangre española, en suma; vertida con razón o sin ella -hoy la razón es lo de menos- mientras se ametralla al pueblo indefenso. El recuerdo del incidente de ayer por la tarde en la fonda de Genieys asalta de nuevo a Daoiz, produciéndole una insoportable vergüenza. Al capitán de artillería le escuece su honor maltrecho. Aquellos oficiales extranjeros insolentes, burlándose de un pueblo desgraciado… ¡Cómo se arrepiente ahora de no haberse batido! ¡Y cómo, sin duda, se arrepentirá mañana!

Estupefacto, Daoiz mira el papel de la orden a sus pies. No es consciente de haberlo roto, pero ahí está, arrugado y hecho pedazos. Al fin, como si despertara de un sueño incómodo, mira alrededor, observa el asombro de Velarde y los otros, las expresiones ansiosas de artilleros y soldados. De pronto se siente liberado de un peso enorme, casi con ganas de reír. No se recuerda tan sereno y lúcido jamás. Entonces se yergue, comprueba que lleva bien abotonadas casaca y chupa, saca el sable de la vaina y apunta con él hacia la puerta.

– ¡Las armas al pueblo!… ¡A batirnos!… ¿No son nuestros hermanos?

Además del presbítero de Fuencarral, a quien sus feligreses retiraron malherido del combate, hay otro sacerdote que pelea en las inmediaciones de la puerta del Soclass="underline" se llama don Francisco Gallego Dávila. Capellán del convento de la Encarnación, se echó a la calle a primera hora de la mañana, y tras batirse en Palacio y junto al Buen Suceso huye ahora fusil en mano, con un grupo de civiles, hasta la calle de la Flor baja. El ayudante de la Real Caballeriza Rodrigo Pérez, que lo conoce, lo encuentra arengando a los vecinos a tomar las armas para defender a Dios, al rey y a la patria.

– Quítese usted de ahí, don Francisco… Que lo van a matar, y éstas no son cosas de su ministerio. ¡Qué dirán sus monjas!

– ¡Qué monjas ni qué niño muerto! Hoy, mi ministerio se ejerce en la calle. Así que únase a nosotros, o vaya a su casa a esconderse.

– Prefiero irme a casa, con su permiso.

– Pues vaya con Dios y no importune más.

Animados por su tonsura, sotana y actitud decidida, varios fugitivos se congregan alrededor del sacerdote. Entre ellos se encuentran el conductor de Correos Pedro Linares, de cincuenta y dos años, que lleva en la mano una bayoneta francesa y al cinto una pistola sin munición, y el zapatero de treinta años Pedro Iglesias López, vecino de la calle del Olivar, armado con un sable de su propiedad, a quien hace media hora vieron matar a un soldado enemigo en la esquina de la calle Arenal.

– ¡Volvamos a pelear! -los exhorta el sacerdote-. ¡Que no digan que los españoles damos la espalda!

El grupo -seis hombres y un muchacho provistos de cuchillos, bayonetas y un par de carabinas cogidas a los dragones enemigos- se encamina resuelto hacia la calle de los Capellanes, junto a cuya fuente, agazapados tras un guardacantón, turnándose para apuntar y disparar mientras el compañero carga, hay tres soldados haciendo fuego con fusiles.

– ¡Ya están aquí nuestros militares! -exclama don Francisco Gallego, gozoso.

La desilusión llega pronto. Uno de los uniformados es el sargento segundo de Inválidos Víctor Morales Martín, de cincuenta y cinco años, veterano de los dragones de María Luisa, que se ha echado a la calle por su cuenta, abandonando sin permiso el cuartel de la calle de la Ballesta con algunos compañeros de los que se vio separado en la refriega. Los otros dos soldados son jóvenes, visten casaca azul con cuello del mismo color y solapas rojas, y llevan en la escarapela roja del sombrero la cruz blanca que distingue a los regimientos suizos al servicio de España. Uno de ellos no tarda en confirmar a los recién llegados, en un español de rudas resonancias germánicas, que él y su camarada -se trata de su hermano, pues son los soldados Mathias y Mario Schleser, del cantón de Aargau- se encuentran allí combatiendo por gusto, pues su regimiento, el 6.° suizo de Preux, tiene órdenes de no salir a la calle. Ellos iban al cuartel cuando se vieron en mitad del tumulto; así que desarmaron a unos franceses a los que sorprendieron fugitivos y aislados, y aquí están. Librando su propia guerra.

– Que Dios os bendiga, hijos míos.

– Apárrtese de ahí, reverrendo. Vienen más frranzosen. Ja.

En efecto. Desde la plazuela del Celenque suben, con muchas precauciones, dos dragones franceses desmontados parapetándose tras sus caballos, seguidos por un pequeño grupo de uniformes azules. Apenas ven a los concentrados en la esquina, se detienen y hacen fuego. Algunas balas levantan desconchones en el yeso de las paredes.

– ¡De lejos no hacemos nada! -grita el sacerdote-… ¡A ellos!

Y acto seguido, pese a los esfuerzos de los militares por detenerlo, se lanza blandiendo el fusil como una maza, seguido ciegamente por los paisanos. La nueva descarga francesa, cerrada y bien dirigida, los encuentra al descubierto, mata al sargento de Inválidos Morales, hiere de muerte al soldado Mathias Schleser -que hace dos días cumplió veintinueve años- y alcanza con un rebote superficial a su hermano Mario, mientras don Francisco Gallego, aturdido, es arrastrado por los otros en busca de refugio. Cargan ahora los franceses con sus bayonetas, y los supervivientes corren despavoridos hacia las Descalzas golpeando las puertas que encuentran al paso, aunque ninguna se abre. El zapatero Iglesias y el conductor de Correos Linares logran escabullirse hacia la plazuela de San Martín; pero el sacerdote, que cojea por haberse lastimado un pie, sólo llega hasta la puerta principal del convento. Allí, dando golpes con la culata del fusil, pide refugio; mas nadie responde dentro, y los franceses le dan alcance. Resignado a su suerte, se vuelve mientras reza el acto de contrición, dispuesto a entregar a Dios su alma. Pero al ver su sotana y su tonsura, el oficial que manda el grupo, un veterano de bigote cano, aparta con el sable a los que quieren atravesarlo allí mismo.

– ¡Herejes y malditos hijos de Lucifer! -les escupe don Francisco.

Los soldados se limitan a molerlo a culatazos y llevárselo maniatado en dirección a Palacio.

No sólo corren los fugitivos de la plaza de las Descalzas. Algo más al sur de la ciudad, al otro lado de la plaza Mayor, los supervivientes tras la carga de la caballería pesada en la puerta de Toledo se retiran como pueden, cuesta arriba, hacia el Rastro y la plaza de la Cebada. La refriega ha sido tan dura, y tan enorme la matanza, que los franceses no conceden cuartel a nadie. Para dar esquinazo a los coraceros que lo sablean todo a su paso, el exhausto marqués de Malpica busca resguardo en las calles próximas a la Cava Baja mientras sostiene a su sirviente Olmos, que después de verse entre las patas de un caballo enemigo orina sangre como un cerdo degollado.

– ¿Adónde vamos ahora, señor marqués?

– A casa, Olmos.

– ¿Y los gabachos?

– No te preocupes. Has hecho suficiente por hoy. Y creo que yo también.

El criado se mira el calzón, teñido de rojo hasta las rodillas.

– Me estoy vaciando por el pitorro del botijo.

– Pues aguanta.

En la esquina de la calle de Toledo con la de la Sierpe, el dragón de Lusitania Manuel Ruiz García, que se retira con los Guardias Walonas supervivientes Paul Monsak, Gregor Franzmann y Franz Weller -los tres extranjeros y él se conocen desde hace poco rato, pero les parece haber pasado juntos media vida-, se detiene muy sereno a cargar el fusil al reparo de un portal, encara el arma apuntando con cuidado y derriba de un tiro en el pecho a un francés que galopaba calle arriba, sable en alto.