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– Era mi último cartucho -le dice a Weller.

Después los cuatro echan a correr, agachados, esquivando el fuego que les hacen unos franceses desmontados que avanzan bajo los soportales. Lo empinado de la calle los fatiga. Ruiz García les ha propuesto a los otros ampararse con él en su cuartel, que está en la plaza de la Cebada. Todos se apresuran mucho, pues zurrean las balas y también suena próximo el trote de más caballos enemigos. Al llegar Monsak, Franzmann y Weller al cruce con la calle de las Velas, este último advierte que el dragón no va con ellos; se vuelve y lo ve tirado boca arriba en mitad de la calle. «Scheisse», piensa el alsaciano. Suerte de mierda. Primero su camarada Leleka, y ahora el español. Por un momento piensa en ayudarlo, pues tal vez sólo se encuentre herido; pero suenan más disparos y los coraceros están cerca. Así que sigue corriendo.

Perseguida por los jinetes franceses, llevando en una mano sus tijeras de pescadera, la manola de veintiocho años Benita Sandoval Sánchez, que ha luchado hasta el último instante en la puerta de Toledo, pasa corriendo junto al cuerpo del dragón Manuel Ruiz García. En el combate y la posterior espantada ha perdido de vista a su marido, Juan Gómez, y ahora intenta ponerse a salvo por la puerta de Moros, a fin de dar un rodeo y regresar a su casa, en el 17 de la calle de la Paloma. Pero los caballos de los perseguidores corren más que ella, entorpecida por la falda que levanta con la mano libre mientras pretende esquivarlos, desesperada. Al ver que es imposible, entra por la calle del Humilladero, refugiándose en un portal que cierra con el pestillo. Se queda de ese modo inmóvil y a oscuras, el corazón saliéndosele por la boca, sofocada por la carrera, atenta a los ruidos de afuera, que no tardan en desengañarla: el rumor de caballerías se detiene, suenan voces airadas en francés, y una sucesión de golpes estremece la puerta. Sin hacerse ilusiones sobre su suerte -morir no sería lo peor, piensa-, la mujer sube desatinada por las escaleras, golpea una puerta tras otra, y al ver una abierta se mete por ella, mientras abajo crujen los maderos del portal y ruido de botas y metal atruena los peldaños. No hay nadie en la casa; y tras recorrer las habitaciones pidiendo auxilio en vano, Benita sale al pasillo para darse de boca con unos coraceros que lo destrozan todo.

– Viens, salope!

La ventana más próxima está demasiado lejos para tirarse a la calle, de modo que la mujer le cruza la cara de un tijeretazo al primer francés que la toca. Luego retrocede e intenta defenderse entre los muebles. Exasperados por su resistencia, los imperiales la acribillan a balazos, dejándola por muerta en un charco de sangre. Pese a la extrema gravedad de sus heridas, los dueños de la casa la encontrarán más tarde, aún con aliento. Curada in extremis en el hospital de la Orden Tercera, Benita Sandoval vivirá el resto de su vida respetada por sus vecinos, famosa entre la manolería protagonista del terrible combate de la puerta de Toledo.

Con los coraceros pisándole los talones, otro grupo de paisanos huye hacia el cerrillo del Rastro. Se trata del manolo Miguel Cubas Saldaña, sus compadres Francisco López Silva y Manuel de la Oliva Ureña, el aguador de quince años José García Caballero, la vecina de la calle Manguiteros Vicenta Reluz, y el hijo de ésta, de once años, Alfonso Esperanza Reluz. Todos, hasta el niño, han intervenido en el combate de la puerta de Toledo e intentan ponerse a salvo; pero un destacamento de caballería que sube desde Embajadores les corta el paso, acometiéndolos a sablazos. Cae herido de un tajo en la cabeza García Caballero, alcanzan a Manuel de la Oliva cuando intenta saltar una tapia, y huye el resto hacia la plaza de la Cebada, donde aún hay choques entre paisanos dispersos y jinetes. Allí, Miguel Cubas Saldaña logra escabullirse metiéndose en San Isidro, pero Francisco López, alcanzado por los franceses, es roto a culatazos que le hunden el pecho. En las escaleras de la iglesia, en el momento de volverse para arrojar una piedra, cae muerto a balazos el niño Alfonso Esperanza, y herida la madre cuando intenta protegerlo.

En su progresión hacia el centro de la ciudad, la caballería pesada que viene de los Carabancheles por la calle de Toledo y la infantería que sube desde la Casa de Campo por la calle de Segovia encontrarán, todavía, otro núcleo de resistencia en Puerta Cerrada. Allí se ven acometidos los franceses por fusilería desde ventanas y azoteas, y por ataques de vecinos que los hostigan desde las calles próximas. Eso da ocasión a varias cargas despiadadas con pérdida de muchas vidas, el incendio de algunas casas y la explosión del depósito de pólvora de la plazuela, donde muere abrasado el empleado de almacén Mariano Panadero. Cae combatiendo, alcanzado por un balazo, el zapatero gallego Francisco Doce, vecino de la calle del Nuncio; y también José Guesuraga de Ayarza, natural de Zornoza, Joaquín Rodríguez Ocaña -peón albañil de treinta años, casado y con tres hijos- y Francisco Planillas, de Crevillente, que logra retirarse herido hasta las cercanías de su casa, en la calle del Tesoro, donde morirá sin socorro y desangrado. Muere también el asturiano de Llanes Francisco Teresa, soltero, con madre anciana en su tierra: hombre bravo, licenciado de la guerra del Rosellón y sirviente en el mesón nuevo de la calle de Segovia, hace fuego de fusil por las ventanas, matando a un oficial francés. Cuando se le acaba la munición, los franceses entran a por él y, tras maltratarlo mucho, lo fusilan en la puerta.

El avance imperial se complica, pues ni siquiera las grandes calles que conducen al centro son seguras. El capitán Marcellin Marbot, que tras el primer ataque en la puerta del Sol intenta establecer contacto con el general Rigaud y sus coraceros, se ve obligado a detenerse y desmontar en la plazuela de la Provincia hasta que una tropa de infantería despeje el camino. Escarmentados de anteriores emboscadas, los soldados avanzan despacio, pegados a las casas y resguardándose en los zaguanes, apuntando a ventanas y tejados, y disparan contra cualquier vecino, hombre, mujer o niño, que se asoma.

– ¿Se puede pasar sin problemas? -le pregunta Marbot al caporal de infantería que al fin le hace señas de seguir adelante.

– Pasar, se puede -responde indiferente el otro-. De los problemas no me hago responsable.

Picando espuelas con su escolta de dragones, el joven capitán de estado mayor avanza al trote, cauto. No llega, sin embargo, más que hasta la calle de la Lechuga, donde se detiene al ver más fusileros agazapados tras unos carros con las caballerías muertas entre los varales. Más allá, le dicen, los golpes de mano de la gente que ataca a saltos desde las calles cercanas y la acción de tiradores ocultos hacen el avance imposible.

– ¿Cuándo podré pasar?

– Ni idea -responde un sargento con aretes en las orejas, mostacho gris y la cara tiznada de pólvora-. Tendrá que esperar a que despejemos la calle… Aventurarse es peligroso.

Marbot mira en torno. Sentados contra una pared hay tres soldados franceses con vendajes ensangrentados. Un cuarto yace boca abajo, inmóvil en un charco rojo parduzco sobre el que zumba un enjambre de moscas. En cada bocacalle hay cadáveres que nadie se atreve a retirar.

– ¿Tardarán mucho nuestros jinetes?

El sargento se hurga la nariz. Parece muy cansado.

– Por los tiros y gritos que se oyen, no andan lejos. Pero han tenido pérdidas enormes.

– ¿Frente a mujeres y paisanos? ¡Es caballería pesada, por Dios!

– A mí qué me cuenta. Con estos brutos enloquecidos, todo es posible. Y matarlos lleva su tiempo.

Mientras el capitán Marbot intenta cumplir su misión de enlace, algunos madrileños sufren las primeras represalias organizadas. Además de las ejecuciones en caliente, rematando heridos o tirando sobre gente indefensa que observa los combates, los franceses empiezan a fusilar, sin trámite previo, a quienes apresan con armas en la mano. Tal es la suerte que corre Vicente Gómez Sánchez, de treinta años, de profesión tornero de marfil, capturado tras una escaramuza frente a San Gil y arcabuceado en la alcantarilla de Leganitos. Lo mismo ocurre con los hortelanos de la duquesa de Frías Juan José Postigo y Juan Toribio Arjona, que los imperiales capturan tras la matanza del portillo de Recoletos. Sacados de la huerta donde se escondían y llevados fuera de la puerta de Alcalá, junto a la plaza de toros, los fusilan y rematan a bayonetazos en compañía de los hermanos alfareros Miguel y Diego Manso Martín, y del hijo de éste, Miguel.