Sobre las doce y media, a excepción de los puntos de resistencia que los madrileños mantienen entre Puerta Cerrada, la calle Mayor, Antón Martín y la puerta del Sol, las columnas que convergen hacia el centro avanzan ya sin demasiada dificultad, asegurando sus comunicaciones por las grandes avenidas. Tal es el caso de la calle de Atocha, hacia la que se han retirado numerosos paisanos que combatían en el paseo del Prado. Algunos traen noticia de las atrocidades cometidas por los franceses en la puerta de Alcalá y en el Resguardo de Recoletos, donde acaban de apresar a los funcionarios que allí estaban, interviniesen o no en los combates.
– Se los han llevado a todos -cuenta alguien-: Ramírez de Arellano, Requena, Parra, Calvillo y los otros… También a un hortelano del marqués de Perales que tuvo la mala suerte de esconderse con ellos. Llegaron los gabachos, les quitaron las armas y los caballos, y los bajaron al Prado como a una recua de bestias… Y cuando el brigadier don Nicolás Galet acudió de uniforme a reclamar a su gente, le pegaron un tiro en la ingle.
– Conozco a Ramírez de Arellano. Su mujer es Manuela Franco, la hermana de Lucas. Tienen dos hijos y ella está embarazada del tercero… ¡Pobres!
– Por lo visto están fusilando a mucha gente.
– Y la que van a fusilar… A nosotros, por ejemplo, si nos agarran.
– ¡Cuidado, que vuelven!
Atacados por un destacamento de dragones procedente del Buen Retiro y por una columna de infantería que avanza desde el paseo de las Delicias, una docena de paisanos y cuatro soldados de los cinco que abandonaron el cuartel de Guardias Españolas -el quinto, Eugenio García Rodríguez, ha muerto junto a la verja del Jardín Botánico- se baten en retirada protegiéndose en las calles próximas. Empieza de ese modo una sucia pelea de esquinas, zaguanes y soportales, en la que los españoles terminan cercados. Apresan así, cuando huye hacia las tapias de Jesús, a Domingo Braña Balbín, mozo de tabaco de la Real Aduana. Tres soldados de Guardias Españolas que van con él logran escapar de casa en casa, derribando tabiques y saltando por los tejados, mientras que el sevillano Manuel Alonso Albis, cuyo uniforme atrae la atención de los franceses, recibe un tiro de refilón que le destroza un carrillo; y al volverse dejando caer el fusil mientras desenvaina el sable, recibe otro disparo en el pecho que lo derriba junto al muro trasero del Hospital General. Capturan después al arriero Baltasar Ruiz, que será fusilado al poco rato en la alcantarilla de Atocha. Los demás, perseguidos por los imperiales que les dan caza a la bayoneta y los ametrallan con una pieza de artillería que enfila calle de Atocha arriba, pelean al arma blanca, sin esperanza, sucumbiendo uno tras otro. El que más lejos llega es Juan Bautista Coronel, músico de cincuenta años nacido en San Juan de Panamá, quien, corriendo cerca de la plazuela de Antón Martín, recibe una esquirla de metralla que le desgarra un muslo y el vientre. Otros miembros de esa partida, José Juan Bautista Montenegro, el gallego de Mondoñedo Juan Fernández de Chao y el zapatero de diecinueve años José Peña, acorralados y sin municiones, levantan las manos y se rinden a los franceses. Por la tarde, los tres se contarán entre los fusilados en la cuesta del Buen Retiro.
En el Hospital General, situado en la esquina de la calle de Atocha con la puerta del mismo nombre, donde dos mil enfermos franceses se salvaron esta mañana de verse degollados por el populacho, el mozo de sala Serapio Elvira, de diecinueve años, acaba de llegar de la calle trayendo a un compañero, maltrecho de un balazo que le fracturó dos costillas cuando ambos recogían heridos en Antón Martín. Dejando al compañero en manos de un cirujano, Elvira atraviesa el corredor atestado de heridos y agonizantes en busca de otro mozo que se atreva a salir a la calle. En ese momento, un practicante de cirugía sube dando voces por la escalera principal.
– ¡Los gabachos quieren fusilar a los presos de las cocinas!
Serapio Elvira corre abajo, con otros, y encuentra allí a un sargento imperial que, con un pelotón de soldados, se lleva al zapador, los mozos y los enfermeros que hace rato pretendieron pasar a cuchillo a los franceses del hospital. Sin pensarlo dos veces, Elvira coge un trinchante y se arroja sobre el suboficial, que saca su espada y le da un sablazo. Cae herido el joven, desenvainan los otros soldados, y se les arrojan encima, en tropel, todos los mozos de la cocina -en su mayor parte asturianos- y algunos enfermeros y practicantes de cirugía que acuden al tumulto. De los españoles, además de Serapio Elvira, resulta muerto Francisco de Labra, de diecinueve años, y heridos sus compañeros Francisco Blanco Encalada, de dieciséis, Silvestre Fernández, de treinta y dos, y José Pereira Méndez, de veintinueve, así como el cirujano José Quiroga, el lavandero Patricio Cosmea, el mozo de patio Antonio Amat y el enfermero Alonso Pérez Blanco -que morirá de sus heridas días más tarde-. Pero entre todos hacen retroceder a los franceses, llenándolos de golpes y heridas. El marmitón Vicente Pérez del Valle, un robusto mozo de Cangas que empuña un hierro de asar, se enfrenta al suboficial hasta que éste suelta el sable y huye descalabrado con sus hombres.
– ¡Gabachos hijos de la gran puta!… ¡No volváis aquí!
Pero los franceses vuelven, y con ansias de revancha. Tras pedir ayuda en el piso superior, el suboficial agredido -lleva ahora la cabeza vendada y viene ciego de cólera- regresa con un pelotón de granaderos, irrumpe en las cocinas a punta de bayoneta y señala a cuantos se distinguieron en la refriega. Se llevan de ese modo hacia la alcantarilla de Atocha, descalzos y en camisa, a Pérez del Valle, a otro mozo de cocina y a cinco practicantes de cirugía. En una declaración posterior sobre los sucesos del día, un testigo presencial, el juez Pedro la Hera, declarará que «ninguno volvió al hospital ni jamás se supo de ellos».
El capitán Luis Daoiz está preocupado por la defensa del parque de artillería. La mayor parte de la gente que reclamaba fusiles, al abrírsele las puertas y hacerse con ellos se dispersó por la ciudad, dispuesta a combatir por su cuenta -muchos, poco familiarizados con las armas de fuego, sólo cogieron sables y bayonetas-. Entre Daoiz, el capitán Velarde y los otros oficiales han podido retener a algunos paisanos, convenciéndolos de que serán más útiles allí. En una viva discusión mantenida en la sala de banderas, confrontado el orgullo frío de Daoiz con los apasionados arrebatos de Velarde, este último se manifestó seguro de que, cuando en los otros cuarteles sepan que la lucha empieza en Monteleón, las tropas españolas saldrán a la calle.
– ¿De qué sirve batirnos? -preguntaba uno de los compañeros, el capitán de artillería José Córdoba-. Somos cuatro gatos.
– Porque dando ejemplo animaremos a otros -fue la respuesta optimista de Velarde-. Ningún militar de honor se quedará cruzado de brazos, dejando que nos liquiden.
– ¿Tú crees?
– Me va la vida en ello. O mejor dicho, nos va.
El escéptico Daoiz, siempre prudente y lúcido, duda que eso ocurra. Conoce el estado de apatía y desconcierto en que se encuentra el Ejército, así como la cobardía moral de los mandos superiores. Sabe perfectamente -lo sabía al tomar la decisión de entregar fusiles al pueblo- que quienes ocupan el parque, cuando peleen, lo harán solos. Por el honor, y punto. Además, pocos lugares hay en Madrid menos adecuados para una defensa eficaz. Monteleón no es cuartel sino edificio civil, o conglomerado de varios, antiguo palacio de los duques de Monteleón cedido por Godoy al arma de artillería: medio millón de pies cuadrados imposibles de defender, circunvalados por una tapia que ni siquiera es muro, tan alta como débil, que discurre recta y cuadrangular a lo largo de las Rondas en su parte posterior, por la calle de San Bernardo al oeste, por San Andrés al este, y al sur por San José. Lo dilatado del recinto, rodeado de casas y alturas que lo dominan, sin otra posición para observar el exterior que algunas ventanas del tercer piso del edificio -retirado de la tapia, sólo puede verse desde él un trecho de la calle de San José-, hace que la vigilancia de eventuales fuerzas enemigas deba efectuarse con centinelas en las casas próximas o en la calle, al descubierto. Además, excepto los Voluntarios del Estado y los pocos artilleros, la gente carece de disciplina y formación militar. Para colmo de males, según acaba de informar el sargento Rosendo de la Lastra, los cañones sólo disponen de diez cargas de pólvora encartuchadas y otras veinte que se preparan a toda prisa; y aunque sobran balas de todos los calibres, no hay saquetes ni botes de metralla. Con ese panorama, Luis Daoiz sabe que una victoria militar está descartada, y que cuanta acción emprenda no puede ser sino dilatoria. Una vez comience el ataque francés, lo que Monteleón aguante dependerá de la desesperación de quienes lo defiendan.