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– Con su permiso, mi capitán -dice el teniente Arango-. Ya está la gente distribuida en escuadras, como ordenó…

El capitán Velarde se ocupa ahora de situarla en sus puestos.

– ¿Cuánta hay?

– Poco más de doscientos civiles entre la calle y el parque, aunque todavía se nos une algún vecino del barrio… A eso hay que sumar los Voluntarios del Estado, los artilleros que teníamos aquí y la media docena de señores oficiales que han venido a reforzarnos.

– Trescientos, más o menos -concluye Daoiz.

– Sí, bueno… Quizá algunos más.

Arango, cuadrado ante Daoiz, aguarda instrucciones. El capitán observa su gesto preocupado por la enormidad de lo que preparan, y siente algún remordimiento. El joven oficial, ajeno a la conspiración, se encuentra allí porque esta mañana le tocaba estar de servicio, dolido al constatar que todo se organizó a sus espaldas. El comandante del parque ni siquiera sabe qué piensa Arango de la ocupación francesa, ni de las medidas que se toman, y desconoce sus opiniones políticas. Lo ve cumplir sus obligaciones, y es lo que cuenta. De cualquier modo, concluye, la suerte o el futuro de ese joven cuentan poco. No es el único imposibilitado de elegir hoy su destino, en Madrid.

– Haga traer cerca de la puerta dos cañones de a ocho libras y otros dos de a cuatro -le ordena Daoiz-. Limpios, cargados y listos para hacer fuego.

– No tenemos metralla, mi capitán.

– Ya lo sé. Que los carguen con bala. De todas formas, encargue a alguien buscar clavos viejos, balas de mosquete o lo que sea… Hasta las piedras de fusil pueden valer, y de ésas tenemos muchas. Que las metan en saquetes, por si acaso.

– A la orden.

El capitán observa a las mujeres que están en el patio, mezcladas con los civiles y los militares. En su mayor parte son familiares de soldados o de los paisanos armados: madres, esposas e hijas, vecinas de las calles próximas que han venido acompañando a los suyos. Bajo la dirección del cabo artillero José Montaño, algunas traen sábanas, colchas y manteles, y rasgándolos hacen en el patio una pila de hilas y vendas para cuando empiece a caer gente. Otras abren cajas de munición, meten manojos de cartuchos en capazos y cestos de mimbre, y los llevan a los hombres que se parapetan en los edificios del parque o en la calle.

– Otra cosa, Arango. Procure sacar a esas mujeres de ahí antes de que lleguen los franceses… Éste no es sitio para ellas.

El teniente suspira hondo.

– Ya lo he intentado, mi capitán. Y se ríen en mi cara.

Frente a la puerta del parque y con talante muy distinto al de Luis Daoiz, el infatigable Pedro Velarde supervisa la distribución de los tiradores, seguido por las sombras fieles de los escribientes Rojo y Almira. Su presencia y el calor convencido que derrocha a cada paso animan a militares y a paisanos, que lo secundan con fervor, dispuestos a seguirlo al mismo infierno. El capitán de estado mayor -hoy lo demuestra de sobra- es de los raros jefes capaces de inflamar a la gente bajo su mando. Hasta puede aprenderse de memoria, en el acto, los nombres de todos sus subordinados y dirigirse a ellos, incluidos los civiles más torpes y bisoños, como si hubiesen luchado juntos toda la vida.

– ¡Les vamos a dar a los franceses con todo lo que tenemos! -dice de grupo en grupo, mientras se frota las manos-. ¡Esos mosiús no saben la que les espera!

Por todas partes sus palabras confortan a la gente, que hace punto de honra en cumplir las órdenes. Así, con el estímulo y la actitud resuelta del capitán, aquellos paisanos desorientados, las partidas anárquicas hechas de gente casi toda humilde, comerciantes modestos, artesanos, chisperos, mozos, criados y vecinos que empuñan un fusil por primera vez en sus vidas -algunos sintieron flaquear su ánimo al ver marcharse, una vez armados, a la mayor parte de quienes los acompañaban en la calle-, toman conciencia de grupo, se organizan y apoyan unos a otros, atienden las instrucciones y acuden con buen talante donde se les requiere.

– Hay que arrimar esos andamios a la tapia del parque, junto a la puerta, para que nuestra gente pueda asomarse y disparar por encima… ¿Le parece bien, Goicoechea?

– Sólo podrán encaramarse cuatro o cinco.

– Cuatro o cinco fusiles ahí son un mundo.

– A la orden.

De acuerdo con el capitán de Voluntarios del Estado, Velarde ha dividido en dos a los soldados traídos del cuartel de Mejorada, reforzándolos con cuadrillas de paisanos. Quince de los treinta y tres fusileros, bajo el mando del teniente José Ontoria y el subteniente Tomás Bruguera, vigilan la parte trasera del recinto -las cocinas, los talleres y las cuadras, contiguas a la calle de San Bernardo y a la Ronda-. El resto, del que se harán cargo Goicoechea y su ayudante Francisco Alveró cuando empiece el combate, ocupa las pocas ventanas que dan a la fachada principal, la puerta del parque y la calle de San José, con gente de la partida de paisanos reunida por el oficial de obras Francisco Mata. A los demás civiles los deja Velarde bajo el mando de quienes vinieron acaudillándolos, pero con supervisión de los capitanes Cónsul, Córdoba, Rovira y Dalp. De ese modo los sitúa junto a la tapia y en los edificios particulares que hay al otro lado de la calle, al abrigo de portales y zaguanes o parapetados con muebles, fardos, colchones y cuanto amontonan los vecinos. También destaca avanzadillas de paisanos en la esquina de San Bernardo, la calle de San Pedro, que desemboca junto al convento de las Maravillas -el edificio de las monjas carmelitas está frente a la puerta principal del parque-, y la esquina de la calle Fuencarral, con órdenes de avisar cuando aparezcan enemigos. En ese último punto, Velarde sitúa la partida del estudiante asturiano José Gutiérrez, al que acompañan, entre otros, el peluquero Martín de Larrea y su mancebo Felipe Barrio. Sus órdenes son dar aviso, replegarse y entrar en las casas próximas para combatir allí.

– Sobre todo, que nadie dispare sin órdenes. En cuanto vean enemigos, se retiran ustedes con mucha cautela y vienen a avisar. Es mejor pillarlos desprevenidos… ¿Está claro?

– Clarísimo, mi capitán. Ver, callar y volver a contarlo.

– Justo. Así que hala, espabilen. Y viva España.

– ¡Viva!