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– ¿Qué hacemos nosotros, señor capitán?

Velarde se vuelve hacia otro grupo que aguarda instrucciones: la partida de José Fernández Villamil, el hostelero de la plazuela de Matute, cuya gente -José Muñiz Cueto y su hermano Miguel, otros mozos de la hostería, algunos vecinos del barrio y el mendigo de Antón Martín- llegó armada por su cuenta, tras apoderarse de fusiles del retén de Inválidos de las Casas Consistoriales. El hostelero y los suyos son de los pocos civiles presentes en el parque que han olido hoy la pólvora, batiéndose en varios lugares de la ciudad. Esa experiencia les da aplomo. Incluso, le cuenta Fernández Villamil al capitán de artillería, su mozo José Muñiz mató de un tiro a un oficial francés. Al escuchar aquello, Velarde asiente y felicita a Muñiz. Sabe lo que significa el elogio de un superior, sobre todo viniendo de un militar y en estas circunstancias. Con lo que se avecina.

– Díganme una cosa… ¿Se ven capaces de aguantar en la calle, a pecho descubierto?

– Espere y lo verá -gallea el hostelero.

– La duda ofende -apunta otro.

Velarde sonríe aprobador, procurando poner cara de que lo han impresionado. Está en su salsa.

– No se hable más, porque voy a encomendarles una misión crucial… De momento embósquense enfrente, en el huerto de las Maravillas, sin pegar un tiro hasta que empiece el fuego en serio. Tenemos intención de sacar luego los cañones a la calle, y hará falta quien nos proteja. Cuando eso ocurra, ustedes salen del huerto y se tumban en la acera, unos apuntando hacia Fuencarral y otros hacia San Bernardo. ¿Entendido?… Así impedirán que los tiradores franceses se acerquen y disparen contra nuestros artilleros.

– ¿Y por qué no sacamos ya los cañones? -pregunta con mucho desparpajo el mendigo de Antón Martín.

Los escribientes Rojo y Almira, que siguen pegados a Velarde, estudian al mendigo con ojo crítico: nariz roja de vino, calzón sucio y chupa vieja sobre una camisa llena de mugre. Los dedos que aferran el mosquete reluciente tienen las uñas rotas y negras. Pero Velarde sonríe con naturalidad. Es un hombre más, a fin de cuentas. Un fusil, una bayoneta y dos manos. Esta mañana no sobra nada de eso.

– Es pronto para arriesgarlos sin saber por dónde vendrá el ataque -responde, paciente-. Los sacaremos cuando tengamos claro dónde disparar.

Fernández Villamil y los otros miran al artillero, entusiasmados. Todos muestran una confianza ciega.

– ¿Vendrán más militares, señor capitán?

– Por supuesto -responde Velarde, impasible-. En cuanto empiecen los tiros… ¿Imaginan que nos van a dejar solos peleando?

– ¡Claro que no!… ¡Cuente con nosotros, mi capitán!… ¡Viva el rey Fernando! ¡Viva España!

– Viva siempre. Y ahora ocupen sus puestos.

Viéndolos irse, fanfarrones y bulliciosos como una pandilla de chicos dispuestos a jugar a la guerra, Velarde siente una punzada incómoda. Sabe que los manda a una posición expuesta. Haciendo como que no advierte las miradas que le dirigen los escribientes Rojo Palmira -los dos saben que no hay tropas españolas que esperar, ni mucho menos-, prosigue la distribución de gente que acordó con Luis Daoiz.

– A ver, ¿quién manda en este grupo?… Usted es Cosme, ¿verdad?

– Sí, mi capitán -responde el almacenista de carbón Cosme de Mora, encantado de que el militar haya retenido su nombre-. Para servirle a usted y a la patria.

– ¿Saben todos manejar los fusiles?

– Más o menos. Yo cazo con escopeta.

– No es lo mismo. Estos dos señores les dirán lo más básico.

Mientras los escribientes explican a Mora y los suyos el modo de morder el cartucho con rapidez, cargar, atacar, disparar y cargar de nuevo, Velarde observa a los hombres que tiene alrededor. Algunos son sólo unos chicos. Con ellos está un niño pequeño que lo mira impávido.

– ¿Y este crío?

– Es nuestro hermano, señor capitán -dice un joven que está junto a otro que se le parece mucho-. No hay forma de convencerlo de que vuelva a casa… Ni pegándole se va.

– Será peligroso para él. Y vuestra madre estará angustiada.

– ¿Y qué quiere que hagamos? No consiente en irse.

– ¿Cómo se llama?

– Pepillo Amador.

Velarde decide olvidarse del niño, pues tiene cosas urgentes que atender. Aquélla es la partida más numerosa de las que han llegado a Monteleón, y los rostros traslucen sentimientos diversos: inquietud, decisión, desconcierto, angustia, esperanza, valor… También muestran una ingenua fe en el capitán que tienen delante, o más bien en su graduación y uniforme. La palabra capitán suena bien, inspira confianza elemental a esos voluntarios valerosos, sencillos, huérfanos de su rey y su Gobierno, dispuestos a seguir a quien los guíe. Todos han dejado familias, casas y trabajos, arriesgándose para acudir al parque impulsados por la rabia, el pundonor, el patriotismo, el coraje, el odio a la arrogancia francesa. Dentro de un rato, concluye Velarde, muchos quizás estén muertos. Incluso él mismo, con ellos. El pensamiento lo deja absorto, silencioso, hasta que se percata de que todos lo miran expectantes. Entonces se yergue y alza la voz.

– En cuanto al manejo de la bayoneta y el arma blanca -añade-, tratándose de hombres como ustedes, seguro que no hace falta que nadie les enseñe nada.

La bravata da en el blanco: los rostros se relajan, hay algunas carcajadas y palmadas en los hombros. Ni sobre bayonetas ni sobre navajas, alardean algunos golpeando la cachicuerna que llevan en la faja. Que se lo pregunten, si no, a los gabachos.

– Lo bueno de esta munición -remata Velarde, tocando a su vez la empuñadura del sable- es que ni se acaba nunca, ni precisa quemar pólvora… ¡Y ningún francés la maneja como los españoles!

– ¡¡Ninguno!!

Le responde una ovación. Y de ese modo, tras alentarles un poco más el entusiasmo -el capitán sabe que, como el miedo, el valor es contagioso-, envía al almacenista de carbón y a su gente a cubrir las barricadas, aceras y balcones de las casas contiguas al jardín y al huerto del convento de las Maravillas, con la orden de batir, cuando empiece la lucha, la mayor extensión posible de la embocadura de San José a San Bernardo.

– ¿Qué opina usted, mi capitán? -pregunta en voz baja el escribiente Almira, que mueve dubitativo la cabeza.

Velarde encoge los hombros. Lo que importa es el ejemplo. Tal vez eso remueva conciencias y favorezca el milagro. Pese al pesimismo de Daoiz, sigue creyendo que, si Monteleón resiste, las tropas españolas no permanecerán con los brazos cruzados. Tarde o temprano se echarán a la calle.

– Hay que aguantar como sea -responde.

– Sí, pero… ¿Cuánto tiempo?

– Lo que podamos.

Mientras conversan en voz baja, capitán y escribiente miran irse a los voluntarios. Van con ese grupo, hasta un total de quince hombres y muchachos, el oficial sangrador Jerónimo Moraza, el portero de juzgado Félix Tordesillas, el carpintero Pedro Navarro, el botillero de la calle Hortaleza José Rodríguez -acompañado por su hijo Rafael- y los hermanos Antonio y Manuel Amador, seguidos de cerca por Pepillo, su hermanito de once años, que los sigue arrastrando una pesada cesta llena de munición.

Después de conseguir un fusil y un paquete de cartuchos, el joven de dieciocho años Francisco Huertas de Vallejo, segoviano de familia acomodada, va a apostarse donde le ordenan: el balcón de un primer piso situado frente a la tapia del parque de artillería. Desde allí puede ver la esquina con San Bernardo. Lo acompañan un hombre joven, flaco y con lentes, armado también con mosquete, que tras estrecharle la mano con ceremonia se identifica de nombre y oficio como Vicente Gómez Pastrana, cajista de imprenta, y el inquilino o dueño de la casa: un tipo risueño de patillas grises y cierta edad que lleva polainas de cazador, escopeta y dos cananas de balas cruzadas al pecho.

– Éste es el mejor sitio -comenta el cazador-. En cuanto los franceses aparezcan por esa esquina, los tendremos enfilados.