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– ¡Papá!… ¡Papá!

Con la muerte en el alma, Juan Vie se detiene y da la vuelta. Una bala le ha pasado un muslo a Juanito. Aterrado, el padre lo coge en brazos e intenta ponerlo a resguardo mientras lo cubre con su cuerpo, pero en un instante se ven rodeados de soldados enemigos. Éstos son muy jóvenes y llevan los uniformes sucios y los rostros ennegrecidos por el humo de la pólvora. Con sistemática brutalidad, usando las culatas de sus fusiles, los franceses revientan a golpes a padre e hijo.

– ¡Llegan más gabachos!

En la calle de San José, ante el parque de Monteleón, el capitán Daoiz contiene a los paisanos que, envalentonados, quieren ir al encuentro de los franceses que se acercan. Esta vez los imperiales vienen sin redoble de tambores; aunque, según las avanzadillas que regresan a la carrera para informar, son numerosos.

– No nos precipitemos, muchachos. Dejadlos que se aproximen y los escarmentaremos mejor.

El tuteo complace a los paisanos, satisfechos por verse tratados de igual a igual por el capitán de artillería. El cerrajero Molina, que se ha ofrecido a tender una emboscada cerca de la fuente Nueva, convence a los suyos de que el señor oficial tiene razón y lo mejor es seguir sus instrucciones. Así que Luis Daoiz, tras recomendar prudencia, ahorro de munición y mantenerse a cubierto, envía a Molina y su gente a las casas de la esquina con San Andrés. Contando la cuadrilla traída por el cerrajero, Daoiz tiene ahora bajo su mando a poco más de cuatrocientas personas entre artilleros, Voluntarios del Estado y gente civil, con el refuerzo de una docena de mujeres resueltas. Éstas incluso ayudan a sacar a la calle los cuatro cañones que, tras hacer buen papel en la emboscada de la puerta, el capitán ordena colocar afuera. Cubrirán la transversal de San José en ambas direcciones, hacia San Bernardo y la fuente de Matalobos por la derecha y hacia Fuencarral y la fuente Nueva por la izquierda, enfilando también hacia abajo la calle de San Pedro, que desde la misma puerta del parque discurre perpendicular junto al convento de las Maravillas. El problema consiste en que los cañones, con munición para treinta tiros -y sólo unos pocos saquetes improvisados de metralla-, serán servidos por gente al descubierto, expuesta al fuego francés sin otra protección que los tiradores apostados en las ventanas del parque, encima de la tapia y en los edificios cercanos; cuya munición, pese a que artilleros y soldados trabajan en el polvorín encartuchando a toda prisa bajo la vigilancia del sargento Lastra, no supera los veinte o treinta disparos por fusil.

– A tus órdenes, Luis. Están listos los cañones.

Daoiz, que observa preocupado las esquinas de la calle de San José, preguntándose por cuál asomará el enemigo, se vuelve al oír la voz de Pedro Velarde. Siguiendo sus instrucciones, éste ha supervisado la instalación de las cuatro piezas: tres enfilando cada posible eje de la progresión enemiga y otra dispuesta a ser orientada en una u otra dirección, según las necesidades. Con cada cañón hay una dotación de artilleros reforzada por voluntarios civiles para municionar y mover las cureñas. El plan consiste en que Velarde dirija la defensa desde el interior del cuartel mientras Daoiz manda personalmente el fuego de cañón, asistido por los tenientes Arango y Ruiz -este último se ha ofrecido voluntario, pues sirvió como artillero en el campo de Gibraltar-. Humean los botafuegos en las manos de cada cabo de pieza, y todos, militares y paisanos, miran expectantes a los dos capitanes. La fe ciega que Daoiz advierte en sus rostros, las sonrisas bravuconas y confiadas, las mujeres que van de un cañón a otro repartiendo vino a los artilleros o llevando cartuchos al huerto y las casas cercanas, inquietan a éste, No saben, piensa, lo que nos espera.

– ¿Mandaste al muchacho? -pregunta Velarde.

Asiente Daoiz. A esas horas, el cadete de Voluntarios del Estado Juan Vázquez Afán de Ribera, a quien se le ha confiado la misión a causa de su juventud y agilidad, debe de correr como un gamo por la calle de San Bernardo, llevando un escrito para el capitán general de Madrid. En pocas líneas, y más a instancias de Velarde que por auténtica esperanza de que sirva para algo, Daoiz, como comandante del parque de Monteleón, explica las razones por las que se baten con los franceses, expresa su resolución de resistir hasta el final y pide ayuda a sus camaradas «para que el sacrificio de los hombres y paisanos bajo mi mando no sea inútil».

– Vete adentro, Pedro -le dice a Velarle-. Y que Dios nos la depare buena.

Sonríe el otro. Parece a punto de decir algo; tal vez una frase que tiene preparada para la ocasión. Conociéndolo como lo conoce, a Daoiz no le sorprendería en absoluto. Al cabo, Velarde se limita a encoger los hombros.

– Buena suerte, mi capitán.

– Buena suerte, amigo mío.

– ¡Viva España!

– Que sí, hombre. Vete adentro de una vez.

– A tus órdenes.

Daoiz se queda inmóvil, viendo a Velarde desaparecer dentro del parque. Genio y figura, piensa. Luego se vuelve a los que aguardan junto a los cañones. Alguien grita desde un balcón que los franceses están a punto de doblar la esquina. Daoiz traga saliva, suspira y saca el sable.

– ¡Todos a sus puestos! -ordena-. ¡Fuego a mi voz!

En la esquina de la calle de la Palma con San Bernardo, Juan Vázquez Afán de Ribera, cadete de la 2ª compañía, 3º batallón de Voluntarios del Estado, se detiene a tomar aliento. Con la agilidad de sus doce años, ha bajado a la carrera desde el parque de Monteleón, llevando el mensaje del capitán Daoiz en la vuelta izquierda de la manga de su casaca, y ahora se dispone a atravesar una zona descubierta. El hecho de que el cruce de calles esté desierto, sin un alma a la vista ni vecinos en los balcones, le da mala espina. Pero el comandante del parque, al despedirlo hace un rato, encareció lo importante de la misión.

– De usted depende -le dijo- que nos socorran o no.

El jovencísimo aspirante a oficial se pasa una mano por el pelo revuelto y sudoroso. Ha dejado el sombrero en el cuartel para ir más desembarazado, y sólo lleva al cinto su daga de cadete. Con ojos suspicaces observa los alrededores. Nadie a la vista, comprueba de nuevo. Las puertas están cerradas, los postigos echados, las tiendas tienen puestos los tablones por fuera. Y reina un silencio inquietante, roto a intervalos por algunos disparos lejanos.

Hay que decidirse, piensa el muchacho. El mensaje de socorro de sus compañeros parece quemarle en la manga. Prudente, recordando las enseñanzas recibidas en la escuela militar, reflexiona sobre el recorrido que va a hacer en la siguiente carrera. Cruzará la calle hasta el guardacantón de enfrente, y de allí seguirá hasta el carro abandonado en la puerta de lo que parece una posada. Ojalá, se dice, no haya tiradores enemigos cerca. Luego respira hondo tres veces, agacha la cabeza, y echa a correr de nuevo.

Recibe el tiro casi antes de escucharlo. Un golpe en el pecho y un chasquido. Pero no siente dolor. Creo que me han disparado, concluye. Tengo que salir de aquí. Ayúdame, Dios mío. De pronto advierte que tiene la cara pegada al suelo y que todo se vuelve oscuro. Tengo que entregar el mensaje, piensa angustiado. Hace un esfuerzo para levantarse, y muere.

La llegada de más infantería enemiga por San Jerónimo y desde Palacio ha hecho insostenible la situación en la puerta del Sol. El suelo está cubierto de cadáveres de franceses y españoles, caballos muertos, sangre y escombros. Desiertos balcones y ventanas, marcados los edificios con viruela de balas y metralla, el lugar queda al fin en manos imperiales. En los últimos combates, huyendo hacia las calles próximas o luchando como perros acorralados, caen el carbonero de veinticuatro años Andrés Cano Fernández, Juan Alfonso Tirado, de ochenta años, el jornalero Félix Sánchez de la Hoz, de veintitrés, y muchos otros que, sin poder escapar, quedan heridos o presos. Mientras huyen calle Montera arriba, una descarga mata al tejedor septuagenario Joaquín Ruesga y a la manola de Lavapiés Francisca Pérez de Párraga, de cuarenta y seis años. El último disparo español en la puerta del Sol lo hace, con una carabina y desde su casa -situada cerca de la esquina con Arenal-, el oficial de la Real Lotería José de Fumagal y Salinas, de cincuenta y tres años, a quien la fusilada francesa que llega como respuesta deja muerto sobre los hierros del balcón, ante los ojos espantados de su esposa. Y abajo, junto a la fuente de la Soledad, el maestro de esgrima Pedro Jiménez de Haro, que salió a batirse en compañía de su primo el también maestro de armas Vicente Jiménez, cae tras vérselas a sablazos con un grupo de dragones franceses mientras el primo, desarmado por los imperiales, es hecho prisionero. A golpes, los franceses llevan a Vicente Jiménez a las covachuelas de San Felipe, bajo las gradas de la iglesia, donde están concentrando a cuantos capturan cerca. Allí es puesto con otros hombres que aguardan a que se decida su suerte.