Aquella mañana la barca llevaba algo más que paquetes. Descendieron de ella tres hombres que se encaminaron hacia la Comandancia Militar. El que iba en medio llevaba un abrigo a pesar del calor que hacía, y sostenía en la mano una maleta. A su lado se distinguía inconfundible la silueta del comisario.
– Traen a otro desgraciado -dijo Leonor Dot-. Nos quedaremos en casa hasta que se vayan.
De nada iba a servirle esquivar al hombre que las había recluido en Cabrera. Se encontraban allí precisamente porque en aquel lugar no podían rehuir sus visitas. Por otra parte, su ya larga estancia en la isla no implicaba que poco a poco se fuera olvidando de ellas. El comisario no las olvidaba, aunque tampoco tenía un afán excesivo en presionar a Leonor Dot. Sabía que el tiempo acabaría debilitándola. Por su parte, Leonor era consciente de que podía mostrarse todo lo obstinada que quisiera sin incomodar a nadie en absoluto. ¿A quién le importaba un expediente atascado durante meses, durante años incluso? ¿A quién podía importarle que ella y su hija se pudrieran en aquella isla el resto de sus vidas? Desde cierto punto de vista,;no debía agradecer que aquel policía no perdiera el interés por su suerte?
Un rato después de llegar la barca, el comisario cruzaba el huerto respirando agitadamente a causa de la ascensión, rodeaba el muro hasta alcanzar el porche y entraba en la casa sin llamar ni anunciarse. Leonor Dot, que fregaba en aquel momento los platos de la noche anterior, alzó la barbilla y lo miró fijamente. El comisario no parecía darse cuenta de que estaba invadiendo la intimidad de otras personas. En realidad sí se daba cuenta, lo consideraba parte de su trabajo. Tomó asiento en una de las sillas, contempló un momento a Camila, que se había quedado quieta a un lado de la habitación, y dio unos golpecitos en la mesa con los nudillos.
– ¿Cuándo me firmará esos papeles?
– Son calumnias -contestó Leonor Dot de inmediato-. No les ayudaré a deshonrar la memoria de Ricardo.
– Usted no sabe lo que hacen los maridos a espaldas de sus mujeres.
Calló unos instantes para que su frase insidiosa surtiera efecto. Luego continuó:
– Piénselo bien… Y le diré algo más. Puedo conseguir que usted y su hija se vayan a México. Allí tienen amigos, lo sé. Me han explicado muchas cosas de su pasado.
Leonor Dot se volvió de nuevo hacia la fregadera y se quedó apoyada en la piedra, sin moverse. El comisario se levantó de la silla, fue hasta ella y le cogió los brazos por detrás. La mujer no opuso resistencia. El policía le retenía las muñecas entre sus manos como si fuera a atárselas a la espalda. Pero sólo quería observarlas.
– ¡Qué jodida! -exclamó- ¡Pues tenían razón los de Barcelona! Tiene usted suerte, le han quedado bien las cicatrices… Espero que no se vuelva loca aquí y lo intente de nuevo.
Iba a añadir algo más, pero le interrumpió la voz de Camila. Sonaba detrás de él, un aullido a duras penas articulado.
– ¡Suéltala…! ¡Te he dicho que la sueltes! ¡Que la sueltes…!
Unos puños pequeños le golpeaban como si un pájaro le aleteara en la espalda. Se encogió de hombros, liberó las manos de Leonor Dot y, tras echar un vistazo a la niña, que había retrocedido y lo miraba con los ojos convertidos en dos grietas feroces, salió de la casa pensando que lo que más le apetecía era tomarse un vinito. No iba él a amargarse viendo cómo la gente enviaba sus vidas a la mierda. Si aquella mujer se empeñaba en darse cabezazos contra las paredes, pues adiós muy buenas y hasta la próxima. No haberse casado con un rojo.
Hacía un día espléndido. Soplaba una brisa de mar que aligeraba un poco el calor, pero el comisario empezaba a estar harto de Cabrera. Cada vez que visitaba la isla constataba que la gente vivía allí sin hacer nada, tumbada como perros a la sombra. Hasta los soldados caían en una molicie degradante contra la que nadie parecía luchar. Daba pena verlos paseando ociosos en torno al campamento, bostezando y rascándose los huevos. De haber estado en manos del comisario, los habría puesto a todos a amurallar aquel peñasco, o a reconstruir el castillo, que buena falta le hacía, o a levantar una gran cruz a los caídos por Dios y por España.
Camino de la cantina se cruzó con Felisa García, que ascendía cargada con una caja.
– ¿Adonde cono va? -soltó el comisario-. ¿Es que aquí nadie está donde debe? ¿A quién le pido un vaso de vino?
– A mi marido -contestó la otra sin detenerse-. A estas horas aún está bastante sobrio. ¡Y no se me ponga farruco, joder, que mi hijo es caballero mutilado!
Cuando Felisa llegó a la puerta de Leonor Dot se dio de bruces con Camila, que se había apresurado a vestirse y salía corriendo para ver al hombre que habían traído los policías. La cantinera retuvo a la niña y le ordenó que anduviera con cuidado. Luego, dejándola escabullirse, dio una voz para avisar a. Leonor Dot. No hubo respuesta. Al entrar la vio de espaldas junto a la ventana. Depositó con cuidado la caja sobre la mesa, alzó la tapa y sacó una botella.
– Mi cuñado me ha enviado esto. Parece un vino espumoso. Qué raro, ¿verdad? Mi hermana sabe que yo no bebo.
Leonor Dot sacó el pañuelo para sonarse. Luego se acercó a la mesa y cogió la botella. Observó la etiqueta durante unos instantes.
– Es Veuve Clicot -dijo, mirando a la otra mujer con una sonrisa apesadumbrada-… Champagne, Felisa. Se hace en Francia y vale mucho dinero.
– Qué raro… Viene con una nota. Dime qué pone.
Estaba escrita a máquina y firmada a pluma con un alabeo barroco. Leonor Dot la leyó apretando los labios. Felisa García, que había advertido que algo no iba bien, la miró con preocupación sin atender demasiado a sus palabras.
– Tu cuñado dice que os las bebáis delante de todos y que lo hagáis a su salud. Quiere que sepan que sois de su familia.
La cantinera le había apoyado una mano en el antebrazo. Ahora le acercaba mucho la cara a la mejilla. Tenía el aliento dulzón. Su voz le retumbó a Leonor Dot en el tímpano con el silabeo ronco de la confidencia.
– Tú has probado esta bebida… La conoces, ¿verdad? Te recuerda los tiempos felices…
Leonor Dot volvió a sonreír. Lo hizo con el aire absorto de esos ancianos que ya no se reconocen en sus propios recuerdos.
– ¡Pues yo me encargaré de que vuelvas a ser feliz! -clamó Felisa García, sobresaltándola.
Fue hacia la puerta, pero antes de salir se volvió hacia su amiga y abrió ampliamente los brazos, como una soprano en el momento cumbre de un aria.
– ¡De momento, ahí tienes esas botellas! ¡Son tuyas! ¡No me des las gracias! ¡Bébetelas!
Benito Buroy llevaba ya cuatro días en la isla y la pistola continuaba escondida bajo el colchón de su cama. Aún no había conseguido ver al alemán al que debía matar, pero aquellos cuatro días sin hacer nada le habían apaciguado la prisa que lo animara en el momento de su llegada. Se había acostumbrado, con una facilidad que le causaba cierta sorpresa, al ritmo lento que parecía regir allí cualquier actividad. También había cambiado su horario de sueño. Por ¡as noches, cuando acabadas las cenas emanaba de la cantina una luz mortecina, y algunos soldados deambulaban en la oscuridad hablando de mujeres etéreas como fantasmas, y las olas, al romper en la playa, hacían rodar las piedras con una suave melodía de castañuelas, y el Lluent canturreaba ante la puerta de su casa balanceándose, a esa hora en que una plácida latencia lo invadía todo, y el capitán encendía su puro en la balconada y poco a poco se iba silenciando el vozarrón de Felisa García como si una lejanía esencial, una lejanía que no atendiera al espacio sino al aislamiento y la soledad, se fuera instalando en la plaza, a esa hora Benito Buroy se sentaba en cualquier parte y, sin que ningún pensamiento viniera a atormentarlo, vacío de ideas y de sentimientos, en pocos minutos se quedaba dormido. Cuando un rato después se despertaba, el capitán ya no estaba en la balconada y en la plaza reinaba un silencio absoluto. Entonces se iba a la cama tambaleándose y se acostaba desnudo, para despertarse de nuevo al cabo de unas horas, poco antes de que empezara a amanecer, con una sensación de bienestar que no sentía desde niño.