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Nos quedamos clavados en el centro del camino, mirando hacia el lugar en el que el coche había derrapado.

Una vaca, impasible y masticadora, nos miraba, nos miraba.

Juro que me guiñó un ojo.

31

Después, mucho después, cuando intenté contarme toda la historia para asumir mis culpas, tuve que admitir que, de no ser por Nina, hubiéramos seguido dando vueltas por ese paraje en el centro de la nada, hasta ser cazados como conejos indefensos. Suya fue la idea de volver hacia el autocar dando un rodeo, porque dijo que si los matones del otro coche nos esperaban ahí, no se atreverían a tocarnos delante de tantos testigos. Cuando estuvimos cerca hizo que nos tumbáramos en una zanja, para ver sin ser detectados. Varios coches se habían detenido junto a la mole tumbada con la mitad de sus ruedas apuntando al cielo que todavía remoloneaba para no amanecer.

– Vosotros os quedáis aquí mientras yo me acerco por el otro lado, para recuperar los bolsos -dijo y salió corriendo otra vez hacia el campo, la camisa de flores ondeando como la bandera de un país en el que las cuatro estaciones se llamaran primavera.

Serrano y yo nos turnamos para vigilar desde la trinchera de la zanja y creo que nos quedamos dormidos al mismo tiempo. También a dúo despertamos sobresaltados cuando el motor de un coche aceleró a fondo y creí que todo volvía a empezar. Era Nina, que nos hacía señas desde el asiento del conductor de un coche idéntico al negro que yacía al pie de la montaña, salvo que este estaba pintado de color azul oscuro. En cuanto subimos, ella se puso en marcha con las luces apagadas y siguiendo un trayecto más o menos paralelo a la carretera. Serrano y yo la mirábamos intrigados pero con respeto:

– ¿Queréis cerrar la boca, pasmados? -ordenó ella en tono enérgico, pero estaba de buen humor.

Nos contó que al llegar al bus reconoció al pelado del mechón ensangrentado, que se había acercado en ese coche con un rubio, simulando ser buenos samaritanos dispuestos a echar una mano. El pelado dijo haberse golpeado la cabeza en una frenada brusca cuando intentaron esquivar un perro en la carretera, y un vecino del pueblo se ofreció a llevarlo para que lo curaran.

– Imagino que quería comprobar si estabais allí, porque a mí me reconoció de inmediato -siguió contando Nina-. El rubio se quedó para vigilarme, y cuando dije que no estaba dispuesta a esperar el bus de recambio y cargué mis bolsos para ir andando por la carretera, se ofreció galantemente a llevarme. Y me llevó. A mí… y a mi amiga.

Mostraba la pistolita que yo había visto días antes al revisarle el bolso, y que en su mano parecía de juguete.

– ¿Por qué me miras así? Una chica tiene que cuidar de sí misma -protestó con inocencia fingida-. El rubio no lo sabía y por eso ahora corre desnudo por el campo.

No podía parar de hablar. Nos contó que estábamos a más de cuatrocientos kilómetros de Algeciras, y en dirección contraria a la esperada, pero que llegaríamos a tiempo para tomar el ferry con destino a Ceuta.

Y no recuerdo más, porque me quedé dormido, acunado por los ronquidos de Serrano.

***

Cuando desperté, Nina volvía a estar enojada por algo sin nombre. El sol estaba alto y el paisaje era diferente. Serrano durmiendo en el asiento de atrás. Bajamos a estirar las piernas. En menos de dos horas estaríamos en Algeciras y poco después en Marruecos, donde quizás estaba Noelia o quizá no. Pero esa proximidad de la definición nos apagaba cualquier alegría, cualquier desesperación. Y la vida con Nina, si es que yo iba a tener alguna vida, tenía que ser un ping-pong entre la rabia y la ternura.

Volvimos al coche y despertamos al grandote. Tardó en reconocernos. Me miró fijamente y preguntó:

– ¿Le apetece un bocadillo, Sotanovsky?

– Yo que tú aceptaría, Nicolás -se burló Nina, recordando nuestro pacto-. Es el único «manjar» que te vas a comer en este viaje.

Serrano no entendió el doble sentido. Era un hombre de dirección obligatoria, pero a su manera, un buen tipo. Se sentó a mi lado y Nina se acostó en el asiento trasero. El coche rodaba sin estruendo y disfrutamos del paisaje que se descorría mientras avanzábamos. Miré por el retrovisor. Nina dormía. Una pequeña arruga le cruzaba la frente.

– ¿Me lo va a decir o no? -pregunté.

– ¿Qué? -dijo Serrano sin convicción.

– Lo que lo preocupa desde anoche, quiénes eran esos tipos, por qué nos seguían, y para qué sirve un revólver enorme con una sola bala…

– Sin ninguna sirve de menos…

– Filosofía a esta hora no, Serrano.

Se revolvió incómodo y dijo en tono confidenciaclass="underline"

– Es una promesa, ¿sabe?

No dije nada. Estaba aprendiendo que su ritmo era lento y había que dejar que las palabras salieran. Por fin empezó:

– Élida…

– Su viuda.

– Oiga, dicho así suena a velatorio.

– Tranquilo, Serrano, todos tenemos una viuda, ya sea una mujer, un libro o un momento al que no podremos volver…

– Eso es bonito. ¿Me lo presta para escribirle una carta a Élida?

– Sí, pero póngale algo suyo, si no no vale. Es como un traje prestado, Serrano: por bien que le quede, siempre va a oler a otro. Algo suyo, que le haga cosquillas en el pecho, un recuerdo feliz. Dele, pruebe…

Aparté los ojos del asfalto y lo miré un instante. Se había ruborizado.

– Cuando estuve en el talego, por la ventana de mi celda se veía una esquina -evocó-. Cada tarde espiaba a una pareja de chavales. A la misma hora. Cada uno en su acera, en su parada del autobús. Creo que no se conocían. Se quedaban ahí, y se miraban. Al principio con disimulo, pero cuando pasaron los días comenzaron a mirarse de frente. Yo estaba a unos cuantos metros, pero podía ver que, con los ojos, se decían más cosas que si estuvieran hablando.

Lo miré otra vez. Estaba ausente.

– A veces -siguió-, parecía que uno de ellos iba a cruzar, y en ese momento miraban hacia otro lado pero los pies se seguían apuntando. Yo, que los espiaba desde un ventanuco de mierda y cuatro plantas más arriba, me hacía apuestas sobre cuál cruzaría primero. Ella era más lanzada, llegaba riendo con sus amigas. Pero cuando se quedaba sola en la parada, cambiaba. Él, enfrente, sacaba pecho y fumaba, caminaba en círculos, ¿sabe?; y pensé que al final del círculo un día iba a enfilar hacia ella, iba a cruzar la calle y decirle algo.

– ¿Quién cruzó, al final? -pregunté.

– Ella -respondió lacónico-. Una tarde llegó distinta, lo supe al verla. Más arreglada y como para una fiesta. Se había cambiado el peinado y llevaba unos zapatos de tacón. Cuando llegó él, se miraron un rato largo y ella, sin dejar de mirarlo a los ojos, cruzó la calle, estiró una mano…

– ¿Y? -me impacienté.

– La atropello un autobús.

Fumamos en silencio.

– ¿Sabe qué, Serrano? Mejor le dicto una carta en el primer bar que encontremos…

Paramos en una estación de servicio, dejamos a Nina durmiendo y nos tomamos un café en el bar. Le dicté una carta para su Élida. Jamón me pidió que leyera en voz alta lo que había escrito con su inmensa letra. Mientras lo hacía, imaginé a la viuda suspirando en la cocina, o apoyada contra la puerta como las actrices de los años cuarenta. Serrano se puso de costado para que no lo viera el encargado del bar desierto y sacó el revólver. Abrió el tambor y lo cargó con una sola bala. Terminé de leer y suspiró admirado:

– Para ser mudo habla usted muy bien, Sotanovsky.

– Y usted, para ser un asesino, tiene el corazón muy grande, Serrano.

Mi miró apenado y no respondió. Guardó el revólver y volvimos al coche, a despertar a Nina, por si quería un café.

Un todoterreno de la Guardia Civil estaba cruzado cortando el paso. Dos tipos de verde hablaban con Nina. De repente recordé que íbamos en un coche robado, que a su vez podrían haber robado antes los matones para la operación. Retrocedimos unos pasos. Me tembló una pierna y después la otra. Los tipos me daban la espalda. Pensé en correr, pero me dio vergüenza. Nina me hizo un gesto con los ojos y no lo entendí.