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– La cagamos, Serrano. ¿Todavía tiene la pistola o la dejó de propina?

– No ofenda, oiga.

– Perdone. Vuelva al bar y quédese ahí. Si hay problemas, sale, los encañona y los encerramos en el baño.

– Usted ha visto muchas películas -dijo Jamón.

– Pero usted prefiere las de Stallone. Haga lo que le digo o despídase de todo.

En cuanto él entró, Nina me llamó, levantando los brazos:

– ¡Mi amor, por fin! Estaba preocupada por ti. ¿Estás mejor, cielo?

Me acerqué sin decir palabra. No sabía si ahora era mudo, ciego o paralítico. Los tipos me miraron con ironía. Uno de ellos me palmeó la espalda y dijo:

– Ánimo muchacho, que queda poco para Málaga. Para estas cosas no hay como las pastillas de carbón.

– O un buen arroz -agregó el otro.

Yo no entendía nada. Uno de los guardias civiles me codeó cómplice y dijo en voz baja:

– Y menos nervios, chaval, que una cagalera la tiene cualquiera. Pero hay que cumplir, ¿eh? -me guiñó un ojo.

Asentí con la cabeza. El otro me llevó aparte y susurró:

– ¿Le confieso una cosa? A mí me pasó lo mismo: cuando me casé, estuve tres días sin poder estrenar por culpa de los nervios. Me hinché como un globo. Y eso que yo con las tías he sido la leche. Pero en cuanto me casé…

– Después se pasa -dijo el otro, que se había acercado-. Y, sin faltar, su señora es una chavala muy guapa. Usted hágame caso: mucho arroz, que eso seca. Y en cuanto se sienta con fuerzas, ¡tira pa' lante!

Se despidieron con un gesto de picardía, treparon de buen humor al coche y se perdieron en la curva.

– ¿No es para cagarse de risa, como dirían en tu país? -dijo Nina.

– No me atrevo: tengo diarrea…

– Es que los vi venir y antes de que empezaran a preguntar, quise ganarles de mano. No hay nada que enternezca más que una parejita en viaje de bodas, sobre todo si el novio está asustado.

– Da igual, Nina. Pero cuando le digas a alguien que me falta una pierna, dame tiempo por lo menos para cortármela…

Serrano se retrasaba. Fui hasta el bar, pero antes de llegar, él salió como una estampida.

– ¡Vamos! -dijo-. Ya está pagado.

Traía en la mano un montón de billetes arrugados.

Subimos al coche y Nina puso el motor en marcha.

– ¿Qué le pasa, Serrano? -pregunté-. Los civiles ya se han ido…

– Ya -dijo secamente-. Dígame una cosa, Sotanovsky: ¿tengo cara de chorizo, yo? Hice lo que usted me dijo, me metí en el bar, preparé la pipa y en eso siento alguien que me toca la espalda. Era el tipo del bar, que temblaba y me decía «Es todo lo que tengo en la caja, se lo juro». ¡Mira que traté de explicarle, pero él que nada, que me lo llevara! Se encerró solo en el servicio y me dio la llave. -Me mostró un tosco llavero de madera-. La gente está loca, desde luego…

Nina y yo nos miramos. Apretó el acelerador a fondo y el coche salió disparado. Ya no solo viajábamos en un vehículo robado y estábamos relacionados con por lo menos dos muertes violentas. También habíamos asaltado un bar.

– A tu lado, no sé si una chica será feliz, Nicolás -dijo ella-. Pero no creo que llegue a aburrirse.

32

Al principio pensé que eran los mismos, unos pocos que se turnaban para pasar, desaparecer de mi vista, dar la vuelta y volver a pasar. Diez o doce furgonetas parecidas repitiendo un teatro deprimente. Porque eran iguales los colores imprecisos de las carrocerías, las miradas alucinadas de los conductores, la multitud de niños oscuros, los pañuelos recalentando las cabezas de las mujeres silenciosas, el mundo de muebles usados apilados en pirámide sobre el techo. Después empecé a notar las diferencias sutiles: en uno los colchones lo cubrían todo, en otro venían enrollados; una cocina, una mesa, sillas, un inodoro presidiendo la pila de muebles como un símbolo o una protesta. No eran los mismos girando en círculos, eran cientos y cientos, iguales pero distintos en la historia general de un fracaso. Seguían el camino hacia el puerto de una Algeciras contagiada de su desaliento.

Yo había oído hablar de ellos y les conocía el insomnio del viaje por las noticias de la tele. Nina me vio cara de tango y completó la información, mientras Serrano llevaba el coche en silencio. Eran los marroquíes emigrados, los limpiadores de la cloaca del sueño europeo. Regresaban cada verano, desde todos los puntos de Europa donde malvivían para que el resto de sus familias en Marruecos pudiera sobrevivir.

– Y estos son los que tuvieron suerte -dijo Nina-. Los que pudieron llegar a Francia o Alemania, conseguir un trabajo de mierda y una casucha alquilada. Cada año mueren muchos intentando llegar desde las costas de Marruecos o desde Ceuta, cruzando el Estrecho en pateras para llegar a Cádiz o Algeciras.

– Los que tuvieron suerte -repetí-. No parece.

En el puerto nos enteramos de que no habría posibilidad de cruzar a Ceuta hasta el atardecer: los emigrantes callados lo ocupaban todo en su viaje de vuelta a casa. Dos meses después desandarían el camino hacia la opulencia tambaleante que veían desde abajo.

Sin saber qué hacer, comimos algo en un restaurante del centro.

– Habrá que ir a un hotel -dijo Nina-. Me muero por una ducha y tampoco podemos seguir con ese coche.

Serrano empezó a protestar pero lo pensó mejor.

Yo había visto muchas películas, como decía éclass="underline"

– Plan A -propuse-: buscamos un hotel, no muy caro…

– Visa paga -cortó Nina-. Un día es un día.

– Eso depende de cuántos días te queden, piba. Pero ya que no voy a pagar, que sea un buen hotel. Alquilamos un coche y abandonamos el nuestro en algún lugar alejado.

Nadie tenía ganas de pensar, así que aprobaron mi idea. El hotel estaba bien, era bajo y con las habitaciones desparramadas en patios con árboles y jardines. No protesté cuando Nina pidió una habitación doble para nosotros y una individual para Jamón. Nos duchamos por turnos y al cruzarnos desnudos en la puerta del baño, Nina me miró a los ojos.

– Hiciste trampa -dijo recordando lo del autobús.

– Todo se pega -la besé en la mejilla al pasar y me metí bajo el agua.

Cuando salí, dormía desnuda sobre la cama. Me tendí a su lado sin tocarla. La sentía respirar y supe que en ese momento ella tampoco tenía ganas. Busqué su mano y la apreté.

– Tengo miedo -dijo.

– Ya somos dos, Nina. Para el miedo y para todo lo demás.

Me abrazó. Lloraba. Pese al calor espeso la abracé también y nos dormimos así. Antes de cerrar los ojos, decidí que tenía que llamar a Lidia.

***

Habría dormido una hora. Nina ya no estaba. Me vestí y salí al patio. Llamé a la puerta de Serrano y no contestó. El grandote tenía el sueño pesado. Bajé al vestíbulo y ahí estaba Nina, hablando por el móvil.

– Estoy intentando localizar a Noelia en el hotel, pero dicen que hace un par de días fue a Tánger y todavía no ha regresado -se justificó sin necesidad y por eso no le creí.

Un poco más allá, Serrano salía de la cabina telefónica revestida en madera.

– ¿Qué, una llamada romántica a su viuda? -pregunté. Dijo que sí y bajó los ojos.

Mentía muy mal.

Puede que hablara con la viuda, pero también había llamado a El Muerto.

– Para no ser menos que ustedes, me voy a llamar a mí mismo, a ver si me encuentro -dije. Cerré la puerta y marqué el número de Lidia.

Sonó cinco veces y el contestador automático saltó con un chasquido.