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Habían llegado, no sólo a un punto muerto sino también a la lancha. Bonsuan se apartó de los otros dos hombres y se concentró en la operación de soltar las amarras. Vianello, quizá para suavizar el efecto de sus comentarios, fue a popa y empezó a desatar el segundo cabo. Brunetti los dejó hacer, mientras consideraba las sorprendentes sumas que acababan de mencionarse. Cuando Bonsuan hubo enrollado el cabo, Brunetti embarco a su vez y gritó al piloto que subía la escalera de la cabina del timón:

– Mucho pescado habrá que capturar para pagar un barco como ése.

– Almejas -rectificó Bonsuan al momento-. Es lo que da dinero. Nadie se lía a tiros por el pescado. Pero, como te pillen destrozando los viveros para sacar almejas, prepárate.

– ¿Eso hacía él, destrozar los viveros? -preguntó Brunetti.

– Ya le dije que eso lo hacen todos -respondió Bonsuan-. Escarban en cualquier sitio, y cada año hay menos almejas. Así el precio sube. -Miró de Brunetti a Vianello, que escuchaba desde el muelle. El piloto llamó entonces al sargento con un brusco ademán-. Vamos, Lorenzo.

Vianello rodeó uno de los candeleros del costado de la lancha con el cabo que tenía en la mano y saltó a bordo.

– Pero, si ha perdido el barco -dijo Brunetti, fingiendo no darse cuenta del acuerdo de paz y desviando la conversación de lo general a lo particular-, ¿qué hace ahora?

– Dice Fidele que trabaja para uno de sus hijos, patronea uno de sus barcos -dijo Bonsuan, maniobrando en el panel-. Es un barco mucho más pequeño, en el que sólo van dos hombres.

– Debe de ser duro para él haber dejado de ser el dueño -dijo Vianello.

Bonsuan se encogió de hombros.

– Depende de cómo sea el hijo, supongo.

– ¿Y respecto a la signora Follini? -preguntó Brunetti llevando la conversación a su terreno.

– Llevaban unos dos años -dijo Bonsuan-. Desde que él perdió el barco. -Por si no era suficiente explicación, agregó-: Ya no tenía que madrugar. Ahora sólo madruga cuando quiere.

– ¿Y la esposa? -preguntó Vianello.

Bonsuan se encogió de hombros, y en ese gesto con el que el piloto desestimaba la pregunta estaba contenida Italia toda, su historia y su cultura.

– Ella tiene su casa, y él la mantiene. Sus tres hijos ya están casados y son independientes. ¿De qué puede quejarse? -Si algo agregó Bonsuan quedó ahogado por el ruido del motor, que arrancó, obediente a su orden.

Brunetti, que no deseaba polemizar sobre el tema, se alegró de regresar a la ciudad, a su propia casa, a reunirse con sus propios hijos.

19

A la mañana siguiente, Brunetti apenas llevaba una hora en su despacho cuando, al contestar al teléfono, oyó la voz de la signorina Elettra.

– ¿Dónde está? -preguntó bruscamente, pero enseguida moderó el tono-. Quería decir ¿cómo está?

Un largo silencio le dio a entender el efecto que a ella le había causado que la interrogara de aquel modo. Pero cuando contestó no había resentimiento en su voz.

– Estoy en la playa. Y estoy muy bien.

Unos chillidos lejanos de gaviotas confirmaban la primera parte de la respuesta y su tono festivo, la segunda.

– Signorina -empezó él, desprevenido, sin medir sus palabras-, hace más de una semana que está ahí. Creo que ha llegado el momento de pensar en el regreso.

– Oh, no, señor. No me parece buena idea.

– A mí sí -insistió él-. Opino que debería despedirse de su familia y presentarse mañana mismo en la oficina.

– Estamos a principios de semana. Pensaba quedarme por lo menos hasta el domingo.

– Creo preferible que regrese. Tiene mucho trabajo acumulado.

– Por favor, comisario. Estoy segura de que cualquiera de las otras secretarias podrá despacharlo.

– Necesito información -dijo Brunetti, advirtiendo que su tono era casi suplicante-. Son cosas que no quiero que sepan las otras secretarias.

– Vianello ya maneja el ordenador y podrá sacar todo lo que usted quiera.

– Se trata de la Guardia di Finanza -dijo Brunetti, jugando lo que él creía un triunfo-. No creo que Vianello pueda conseguir la información que necesito.

– ¿Qué información, comisario? -Se oían ruidos de fondo: gaviotas, una sirena, un coche que arrancaba, y Brunetti recordó la estrecha playa de Pellestrina, casi pegada a la carretera.

– Evasión de impuestos.

– Pues no tiene más que leer el periódico -dijo ella riendo. Al no oírle reír a él, agregó con voz serena y un poco fría-: Llame a la central y pregunte por el maresciallo Resto. Dígale que llama de mi parte. Él puede darle toda la información que usted necesite.

Brunetti conocía a la signorina Elettra lo bastante como para reconocer la inflexibilidad que había bajo aquella cortesía formal.

– Preferiría que se encargara usted, signorina.

La cortesía se había desvanecido de su voz cuando le respondió:

– Si insiste, señor, me obligará a tomarme una semana de permiso a cuenta de vacaciones, lo que sería un inconveniente, por el tiempo que nos llevaría cambiar los turnos.

A él le hubiera gustado preguntarle sin rodeos quién era el hombre con el que la había visto la víspera, pero ni la pregunta ni -menos aún- el tono que él sabía que no podría moderar al hacerla, encajaban en la índole de su relación. Él era su superior, sí, pero la jerarquía no lo autorizaba para actuar in loco parentis. Como su diferente posición impedía que entre ellos existiera la intimidad que genera la amistad, no podía preguntarle qué había entre ella y su apuesto acompañante. Brunetti no encontraba la manera de expresar su preocupación sin que pareciera que sentía celos, como tampoco podía explicar, ni aun a sí mismo, qué era lo que sentía en realidad.

– Bien. Dígame entonces si ha podido averiguar algo -respondió el comisario con una voz que él trató de hacer menos severa, esperando que ella lo tomara como una concesión más que como la indiscutible derrota que era.

– He averiguado cuál es la diferencia entre un sandolo y un puparin y cómo localizar un banco de peces con el sonar.

Resistiendo la tentación de caer en el sarcasmo, él preguntó con voz neutra:

– ¿Y sobre los asesinatos?

– Nada -reconoció ella-. Como no soy de aquí, nadie habla de ellos delante de mí, excepto para decir lo habitual en estos casos. -Parecía pesarosa de que los pellestrinotti no la trataran como a uno de ellos, y Brunetti se preguntaba cuál sería el atractivo del lugar, o de la gente, que podía producir esa reacción. Pero prefirió no inquirir.

– ¿Y Pucetti? ¿Ha descubierto algo?

– Nada, que yo sepa, señor. Lo veo en el bar cuando me sirve el café, pero hasta ahora no me ha indicado que tenga algo que decirme. No me parece necesario que siga aquí.

En eso, Brunetti estaba de acuerdo con ella: el teniente Scarpa, adjunto de Patta, ya le había preguntado tres veces por Pucetti, al no ver su nombre en la lista de servicios regulares. El comisario, mintiendo con el aplomo que nace de la costumbre, le decía que había asignado al agente un servicio de vigilancia en el aeropuerto, porque se sospechaba que iban a hacerse unos envíos de droga. No había para esa mentira otros motivos que su instintiva prevención contra el teniente y el deseo de que absolutamente nadie estuviera enterado de la presencia de Pucetti y de la signorina Elettra en Pellestrina.

– Lo mismo vale para usted, signorina -dijo Brunetti, buscando el desenfado y el humorismo.

– Ya le he dicho que deseo quedarme un poco más.

Ahora, por encima de los gritos de las gaviotas, una voz de hombre gritó: «Elettra.» Brunetti oyó que ella aspiraba bruscamente, como sobresaltada, y decía: