Todas las mesitas de la terraza del restaurante estaban ocupadas. En muchas mesas para dos personas, había tres. Brunetti entró en el restaurante, pero, antes de que pudiera abrir la boca, un camarero que pasaba presuroso por su lado con una bandeja de antipasto de marisco, gritó al verlo:
– Siamo al completo.
Brunetti estuvo tentado de insistir y tratar de encontrar un sitio, pero después de lanzar una mirada al local, abandonó la idea y se fue. Igualmente llenos estaban otros dos restaurantes, a pesar de que eran poco más de las doce, muy temprano para que una persona civilizada pudiera tener ganas de comer.
Brunetti almorzó de pie en la barra de un bar, tostadas con un jamón grasiento y una loncha de queso que parecía haber pasado media vida en plástico. El prosecco era insípido o, si acaso, amargaba, y hasta el café era malo. Indignado por la comida y por la frustración de sus esperanzas, Brunetti se encaminó hacia un pequeño parque, con intención de sentarse al sol para tratar de disipar el mal humor. Se sentó en el primer banco que encontró y levantó la cara hacia el sol. Al cabo de unos minutos, oyó fuertes ladridos y, al abrir los ojos, vio al perrazo negro de antes en el que ahora reconoció a un terranova.
El perro corría por el césped en dirección a una niñita rubia que estaba al pie de la escalera de un alto tobogán. Al ver acercarse al perro, la niña se agarró a los barrotes y empezó a subir la escalera rápidamente. El amo del perro, con la inútil correa colgando de la mano, llamaba al animal desde el otro lado del parque.
El perro llegó al tobogán sin dejar de ladrar furiosamente. Arriba, la niña daba gritos de terror. De repente, el perro se puso a subir la escalera del tobogán, para asombro de Brunetti que, impotente, lo vio llegar arriba. La niña se dejó caer por la plancha metálica y el perro se lanzó tras ella, con las patas delanteras rígidas.
La pequeña quedó tendida en la arena, y Brunetti se levantó y echó a correr en dirección a ella, mientras su mano buscaba inútilmente la pistola que, una vez más, había olvidado. Apretó el puño y siguió corriendo.
El perro aterrizó a la izquierda de la niña, que abrió los brazos y le rodeó la enorme cabeza. Los ladridos del animal quedaron ahogados por la risa infantil, y al poco cesó el ruido, mientras el animal se dedicaba a lamer la cara de la niña.
Brunetti se paró en seco y estuvo a punto de caer de bruces en la hierba. Miró al dueño del perro, que agitó una mano y empezó a andar en dirección a él. La niña se levantó y corrió a la escalera, seguida con júbilo por el perro. Nuevamente, el animal trepó tras ella y se tiró por el tobogán, y abajo se repitió la escena de los lametones. Sin esperar al dueño del perro, Brunetti dio media vuelta y se alejó hacia campo Vigner, la dirección de Vittorio Spadini que indicaba la guía de teléfonos.
La casa de la derecha de la de Spadini estaba pintada de un rojo vivo y la de la izquierda, de un azul brillante. La casa de Spadini, por el contrario, tenía un color rosa desteñido por años de lluvia y de sol. Brunetti observó, en una ventana, un visillo medio desprendido de la varilla y el ángulo de una persiana podrido. Esas señales de abandono chocaban, ya que los buranesi tenían merecida fama de ser cuidadosos de sus casas.
Brunetti llamó al timbre, esperó y volvió a llamar.
En vista de que nadie contestaba, fue a la casa roja y pulsó el timbre. Abrió una mujer redonda, por lo menos, a primera vista, le pareció redonda. Era bajita, más que Chiara, y debía de pesar más de cien kilos, depositados la mayor parte entre los pechos y las rodillas. Tenía la cabeza redonda, la cara redonda y hasta los ojitos, incrustados en abultadas carnes, eran redondos.
– Buenas tardes, signora. Busco al signor Spadini.
– Pues no es el único -dijo ella, con una risa que hizo tremolar la mayor parte de su cuerpo.
– ¿Cómo dice?
– Lo busca su mujer, lo buscan sus hijos y también lo buscaría mi marido, si creyera que iba a poder recuperar el dinero que le prestó. -Volvió a reír y a tremolar.
Brunetti, desconcertado por la extraña disonancia entre lo que decía la mujer y su manera de decirlo, preguntó:
– ¿Cuándo lo vio usted por última vez?
– Oh, no sé qué día de la semana pasada. -Y entonces, para explicar la vaguedad de su respuesta, agregó-: Siempre hace lo mismo: desaparece y no vuelve a casa hasta que se ha gastado todo el dinero y tiene que volver a trabajar.
– ¿A pescar?
– Naturalmente -dijo ella, pero ahora no se reía sino que su cara expresaba la extrañeza que le producía que ese desconocido que había llamado a su puerta imaginara que un hombre de Burano podía hacer otra cosa para ganarse la vida.
– ¿Y su esposa?
– Trabaja -dijo la mujer y, al ver que Brunetti iba a pedir una aclaración, explicó-: Hace la limpieza en la escuela primaria. -Y como si, de repente, hubiera caído en la cuenta de que ese hombre, que evidentemente no era buranés, a pesar de hablar veneciano, no le había explicado la razón de su curiosidad, preguntó-: ¿Por qué quiere verlo?
Brunetti, con una sonrisa fácil y, así lo esperaba él, compungida, respondió:
– Me parece que estoy en la misma situación que su marido, signora. -Suspiró, meneó la cabeza y abrió las manos en un ademán que expresaba a un tiempo decepción y resignación-. ¿Alguna idea de dónde podría encontrarlo?
Ella volvió a reír, ahora, por lo absurdo de su pretensión.
– No, hasta que él decida volver. Vittorio es como los pájaros del bosque, viene y va a su antojo, y no hay manera de agarrarlo, hagas lo que hagas.
Durante un momento, Brunetti estuvo tentado de darle el número de teléfono de su casa para que lo llamara si Spadini aparecía, pero renunció, le dio las gracias por su ayuda y agregó:
– Espero que su marido tenga más suerte.
Las carnes de la mujer volvieron a tremolar ante tan vana ilusión, lo despidió con una sonrisa y cerró la puerta, y Brunetti se encaminó entre el gentío a la parada del vaporetto de vuelta a Venecia.
Al entrar en la questura, lo sorprendió ver a Pucetti de uniforme en la puerta del Ufficio Straniero, vigilando a las personas que hacían cola para tramitar papeles.
– ¿Qué hace aquí? -preguntó al no menos sorprendido agente.
– Esta mañana he llamado para hablar con usted, señor -dijo Pucetti, desentendiéndose de las personas que estaban detrás de él-. Me han puesto con el teniente Scarpa. Supongo que había dado instrucciones en ese sentido. Me ha ordenado que me presentara inmediatamente, de uniforme, que tenía órdenes expresas del vicequestore. Cuando he tratado de explicarle que estaba en misión especial, me ha dicho que, si no obedecía, podía ser expulsado. -Pucetti sostuvo la mirada de Brunetti con valentía-. He pensado que no podía desobedecer una orden directa, señor. Y he regresado.
– ¿Ya lo ha visto? -preguntó Brunetti, reprimiendo la indignación.
– ¿A Scarpa?
– Sí -respondió Brunetti sin rectificar a Pucetti por haber omitido el título-. ¿Qué ha dicho?
– Me ha preguntado dónde había estado. Le he dicho que tenía instrucciones de no hablar de ello con nadie.
– ¿Le ha preguntado quién le había dado la orden?
– Sí, señor. -La voz de Pucetti era tranquila-. Le he contestado que había sido usted y ha dicho que hablaría con usted.