Hubo que desconectar los dos teléfonos, fijo y móvil, porque no dejaban de sonar. Hasta el correo electrónico se colapsó. De repente parecía que todo el país conocía mis números y mis direcciones, incluidos los becarios de El Adelantado de Granada, la presidenta, vicepresidenta tesorera y secretaria del club de fans de David y varias de sus antiguas amantes, que querían mostrarme su solidaridad. En la puerta de mi casa tuve apostados a varios paparazzi durante semanas, y no podía salir de casa porque me encontraba siempre con un reportero, micrófono en mano y la misma pregunta en los labios: «¿Qué hay de tu relación con David Muñoz?»
Me llamaron también desde la mismísima revista en la que se había publicado el reportaje ofreciéndome una millonada por un desnudo. Y desde dos programas de televisión directamente relacionados con ella, pues compartían colaboradores. Les mandé sin contemplaciones a la mierda a gritos y les advertí que iba a denunciarlos. Aún me acuerdo de la respuesta, al otro lado del teléfono, del subdirector de uno de los programas: «Si eres lista y sabes lo que te conviene, no lo hagas.»
Después recibí llamadas de todos los programas sensacionalistas habidos y por haber ofreciéndome cantidades de seis ceros por mis declaraciones, cantidades que me hubiesen permitido cancelar la hipoteca y comprarme de paso un chalet en una urbanización de lujo. Y cuantas más ofertas rechazaba, más me llegaban y a más iba ascendiendo el montante de las mismas. Calculo que si hubiera hecho la gira de rigor por todos los programas de la tele, habría sacado limpios alrededor de cien millones de pesetas de las de entonces.
Pero no la hice por tres razones básicas:
La primera porque a mi madre, que siempre había mantenido la consigna de que una dama sólo debe aparecer dos veces en la prensa, el día de su nacimiento y el de su boda, la habría matado del disgusto.
La segunda porque, si bien era consciente de que mis posibilidades de acabar labrándome una carrera literaria eran escasas, tenía muy claro que si participaba en semejante circo iban a dejar de ser remotas para pasar a ser sencillamente inexistentes.
Y la tercera, porque a mí me educaron en el respeto a conceptos como la ética y la dignidad, y me resultaba imposible librarme de semejante condicionamiento. Todo lo que ganara me lo iba a gastar después en psiquiatras, pues no iba a poder perdonármelo.
Así que opté por una solución muy distinta: la de cumplir la amenaza que le había hecho al gilipollas con el que hablé. Llamé a Paz y le dije que quería interponer una demanda contra el semanario.
15 de octubre.
He tenido que interrumpir mi teclear frenético porque a las doce has abierto los ojos y te has empeñado, para variar, en que te coja en brazos. Y me he pasado el resto de la mañana cantándote nanas desafinadas. Hasta las dos, hora en que ha venido tu padre y te has puesto a dormir. Es un patrón de conducta. Empiezo a darme cuenta de que lo haces todos los días. A las doce de la mañana y a las ocho de la noche abres los ojos y gimes. No quieres el chupete ni el biberón ni que te cambie el pañal. Sólo quieres que te coja en brazos. Son tus horas brujas.
Lo que pasa es que por la noche aprovechamos para bañarte y resulta menos pesada la obligación de entretenerte (dejando al margen que por la mañana siempre recibo alguna llamada importante justo cuando empiezas con tus exigencias. Es matemático, una prueba empírica de la Puta Ley de Murphy). O más bien aprovecha para bañarte tu padre, porque no te gusta nada la esponja y siempre que te la pasan por el cuerpo montas un escándalo digno de la Castafiore, y tu papá o bien tiene los tímpanos menos sensibles que yo o la virtud de la paciencia más desarrollada (esto último no es que sea muy difícil). Conste que te perdono la brasa que me das porque la verdad es que eres muy mona y muy divertida (y no es pasión de madre). Por ejemplo, sonríes si te hago cosquillas, y pones cara de profunda concentración cada vez que te canto, como si intentaras identificar la melodía (tarea imposible no sólo porque seas un bebé: de mayor te va a costar igual, porque desafino mucho, aunque comparada con tu padre sea la Callas). Tu padre te llama «la esponja de amor» porque estás diseñada para gustar. Me acuerdo que en uno de estos días en los que me estaba quejando me dijo algo así como: «Venga, no te puedes deprimir… Mira esta niña: es Prozac natural.» Y es verdad, sea porque todos los bebés sois así o sea porque el día en que tú naciste (nacieron todas las flores) Venus estaba en su regencia de Libra, lo que significa que los astros te conceden tal belleza y talento artístico que resultará muy difícil sustraerse a tu encanto. En esa novela que he dejado a medio escribir y cuya acción sucedía en Santa Pola, la protagonista (que lleva tu mismo nombre) también había nacido bajo la misma conjunción planetaria. Y por eso resultaba irresistible.
Había una entre doce posibilidades de que el día de tu nacimiento Venus cayera en la casa de Libra.
Fíjate qué casualidad.
O no.
Paz trabajaba por entonces en uno de los bufetes más prestigiosos de Barcelona, y aunque era una de las abogadas más jóvenes, se la consideraba muy prometedora. Un caso como el que yo le proponía le resultaba sumamente apetecible puesto que, de ganarse, supondría un gran triunfo para el bufete y para Paz en particular, quizá el último empujoncito necesario para que sus jefes la hicieran socia de una vez. Sin embargo, tenía muy claro que la cosa iba a resultar muy difícil por muchas razones. La principal venía a ser que la revista Cita ostentaba el dudoso honor de ser el medio escrito español que había acumulado mayor número de demandas interpuestas por difamación como de sentencias en firme en su contra. Creo que estas últimas ascendían a ciento dieciocho en poco más de veinticinco años de existencia de la publicación. Sin embargo, sólo prosperaba una de cada diez demandas interpuestas, y esto era porque dicho semanario vivía del escándalo y, por lo tanto, tenía organizada una calculada infraestructura para sustentarse que venía a ser, a grandes rasgos, la siguiente:
En primer lugar, el semanario publicaba cualquier noticia que pudiera suponerle ventas incluso cuando estaba clarísimo que ello conllevaría una demanda. Porque, haciendo cuentas, resultaba rentable aventurarse ya que una posible indemnización futura nunca saldría más cara que el beneficio que la noticia podría rentar no ya en ventas sino, sobre todo, en publicidad. Vayamos a un caso concreto: una noticia como la de la presunta infidelidad de David se reseñó en cientos de medios que al hacerlo siempre debían citar el nombre de la revista, lo que suponía un incremento de notoriedad de la publicación que llevaba aparejada que ésta podía aumentar sus tasas de publicidad a los anunciantes. De hecho, Cita no vendía tantos ejemplares como podría pensarse, pues la mayoría de los lectores la leían a través de Internet. El dineral que la revista ganaba llegaba principalmente de lo que cobraba por inserción de anuncios, bien en papel impreso o en su sitio web.
En segundo lugar, si la demanda se presentaba resultaría muy difícil que prosperara, puesto que un particular no podía pagarse a un abogado a la altura de los ocho abogados, ocho, que la revista, perteneciente a un grupo mediático enorme y muy poderoso, tenía en plantilla, cada uno cobrando al mes un sueldo de ministro; abogados más que avezados tras muchos años y muchos casos de experiencia en el uso de todo tipo de tecnicismos legales destinados a lidiar con demandas por calumnia, difamación o delitos contra el honor.