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Porque al pensarte te di forma y al nombrarte te creé: tú eres mi logoi.

No debieran afectarme las pegas familiares, tendría que estar acostumbrada a ellas, tendría que tener asumido que nunca les gustará la ropa que visto, los libros que leo, la gente que frecuento, tendría que entender de una vez que cada familia es como una compañía de teatro en la que los roles se reparten, que la unidad familiar depende en parte de que cada uno cumpla el papel adjudicado y así Vicente tiene que ser el galán, Laureta la primera actriz, Asun la actriz de reparto y Eva -la desastre, gorda, inmadura e histérica- la cómica. Pero como a veces se me olvida esta verdad creí que las críticas iban en serio y pensé en algún momento en darte el nombre de Eva para que fueras la tercera de la familia que lo llevaras (tu abuela, tu madre y tú). Pero tu padre seguía empeñado en que fueras Amanda pese a que yo, no él, hubiera elegido el nombre.

Y elegí Amanda porque al nombrarte quería crearte, y crearte distinta a mí. Mi Otra. Una Otra que machacara por fin a aquella primera Otra que me consumía. Una Otra luminosa, invencible.

Tenías que ser distinta, no podías ser como yo, y por eso, aunque a punto estuviste de ser Eva, te quedaste con Amanda, porque así había de ser y por sugerencia (no me atrevo a escribir imposición) de tu padre -que no estaba acostumbrado a acatar decisiones o aceptar indicaciones de nadie, y mucho menos de una familia que no era la suya, ni siquiera por matrimonio puesto que conmigo no se ha casado- y, desde luego, porque siempre te habíamos llamado Amanda, desde que supimos que existías como embrión, pese a que mis hermanos pusieran el grito en el cielo y aseguraran que nadie sabría pronunciar tu nombre y que todos los niños se meterían contigo en el patio del colegio. Cuando se lo comenté a Paz me aconsejó que si tal cosa sucediera, te enseñase a decir: «Voy a llamar a mi tita Paz y te pondrá una demanda por acoso que te vas a cagar.»

Te quedaste con Amanda y no fuiste Eva, y las gracias sean dadas a tu padre, porque Eva es nombre de suplantadora, porque es la sumisa que le quitó su puesto a la primera esposa, a aquella Lilith que no nació de la costilla de Adán, la que fue creada a la vez que su compañero y modelada a partir del mismo barro, a aquella Lilith que exigió copular a horcajadas sobre su pareja, a aquella Lilith a la que un Dios padre masculino y vengativo expulsó del Paraíso (un Dios también suplantador que le había robado el puesto a Elohim, el creador/creatriz que no tenía género, que era a la vez Él y Ella pero que en la segunda versión del Génesis fue sustituido porque algún escribiente, varón, decidió que el Creador era padre y no madre, y que a Lilith mejor la echaban no sólo del Paraíso sino también del libro) y que fue burdamente reemplazada por una Eva segundona de Adán, una Eva como la que no te llamas, porque tú nunca vas a ser una segundona y porque dice Alejandro Jodorowsky que trae mala suerte llamar a los hijos como a los padres, que así nunca desarrollan personalidad propia. Debe de tener razón, mira si no cómo salí yo, siempre intentando a la desesperada averiguar quién soy, en permanente búsqueda de una identidad que desde el principio me fue negada pues ni mi propio nombre tenía: nunca fui Eva en mi casa, siempre Evita, siempre niña incluso cuando dejé de serlo, una niña que seré siempre para ellos hasta que muera.

Seguía tu tío insistiendo, entre calada y calada de su purito -haciendo caso omiso al cartel de «No fumar» que colgaba bien visible en la pared frente a nuestro banco-, en que a los niños hay que ponerles nombres de toda la vida y no inventos sudamericanos. De todas formas, poco nos importa que tu tío conozca o no la etimología de tu nombre porque dudo mucho que vayas a tener demasiada relación con él en un futuro. Y es que tu tío Vicente, tu narilargo y estiradísimo tío Vicente, no es precisamente el mejor amigo de tu madre. Está dotado de una visión muy peculiar del mundo según la cual éste se divide en dos partes: una, Vicente Agulló Benayas; la otra, los demás. Eso sí, con la particularidad de que la segunda debe girar siempre alrededor de la primera. Por eso a tu formalísimo, organizadísimo, correctísimo y perfectísimo tío Vicente le molesta muchíiiisimo tener un caos de hermana pequeña como la que tiene, porque no logra encajarla en ninguno de esos dos segmentos.

Lo cierto es que, si como embrión te llamábamos Amanda, curiosamente ahora, en casa, en tu casa, esa que habitamos tu padre, el perro, tú y yo, nunca te llamamos por tu nombre. Eres siempre «la nena», quizá porque ahora que por fin te vemos nos pareces tan minúscula que aún no te hacemos con nombre de mujer. (Y entiendo por fin por qué nuestra amiga de Marbella se quedó con el nombre de Nenuca, porque como sigamos a este paso, Nena vasa llamarte el resto de tu vida.) Quizá respondemos a un mandato latente del inconsciente colectivo que nos ata a otros mundos dentro de éste, a organizaciones distintas, más sabias que la nuestra, porque he leído que en muchas culturas no se los nombra a los niños hasta que tienen tres meses. En Bali, por ejemplo, los bebés no pisan tierra firme hasta pasado el primer trimestre porque están siempre en brazos o colgando de las hamacas-cuna, ya que los balineses creen que los recién nacidos no pertenecen a la Tierra puesto que son hijos de los dioses. Sólo transcurrido ese tiempo se les da de beber a las criaturas su primer sorbo de agua y se les impone nombre en una ceremonia ritual. Quizá a los tres meses, cuando por fin puedas enfocar objetos, girar la cabeza, sonreír, susurrar y responder con gruñidos a mi voz, empezaré a llamarte por tu nombre. Y al nombrarte te crearé de nuevo, y dejarás de ser un bebé para ser una niña en miniatura cuando vuelvas la cabeza para sonreírme.

Otro e-mail que te transcribo:

«Pasé por algo parecido con mi padre, así que entiendo perfectamente cómo te sientes, con la diferencia de que yo no tenía que hacerme cargo de un bebé, que debe de hacer las cosas más agotadoras todavía. Llámame para lo que necesites.

Paz»

Tiene razón, un bebé agota. Pero ayuda muchísimo. Me acuerdo que cuando mi hermana Laura -la linda Laureta, la joya oriental- se separó de su primer marido, me contaba que no tenía tiempo para deprimirse, porque al llegar a casa tenía que ocuparse de que los niños merendaran, cenaran y se bañaran -o más bien de supervisar que su niñera lo hiciera diligentemente-, de leerles el cuento antes de acostarse y, sobre todo, de que no la viesen triste. Y a base de fingir alegría acababa por sentirla, que es lo mismo que de pequeños nos decían las monjas en las catequesis de la parroquia: «Lleva una sonrisa en la cara y acabará sonriendo el corazón.»

Es cursi, pero es verdad. Si no te tuviera a ti llegaría a casa y acabaría bebiendo, o tomando tranquilizantes o entonteciéndome con la tele o tirada en la cama sin poder moverme, víctima de un paralizante ataque de autocompasión. Pero tengo que darte el biberón y acunarte y cantarte, y no necesito forzar la sonrisa, porque verte me hace sonreír de verdad. Otra vez cursi, otra vez verdad. Como dice tu padre, eres Prozac natural.

Ocuparse de ti me hace feliz no sólo por la oxitocina o el efecto Bambi o porque estés diseñada para gustar. También porque está demostrado que proporcionar felicidad o consuelo a alguien también hace feliz a quien lo ofrece. Por eso sobrevive la especie, dicen, porque si estuviéramos programados para aniquilarnos los unos a los otros, no habríamos durado ni tres generaciones. Estamos diseñados -imperativo del Plan Divino o de los genes- para tomar parte en juegos de resultado positivo, aquellos en los que todos los jugadores salen ganando algo, mientras que los de resultado negativo son aquellos en los que uno sólo puede ganar algo si el otro lo pierde, de forma que cuantos más juegos de resultado positivo haya en una cultura, más posibilidades tiene ésta de prosperar, y por eso nuestra especie está diseñada para desarrollar estrategias de juego positivo, para moverse por empatía.