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O eso dicen los antropólogos, aunque miro a mi alrededor y empiezo a dudarlo seriamente.

El hospital, por ejemplo, está colapsado, y no me atrevo a quejarme de lo antipáticas que son algunas enfermeras, que lo son, porque me doy cuenta de que soportan un estrés tremendo. En la sala de espera de urgencias hay diseminadas unas fotocopias que dicen: «Nos faltan médicos, enfermeros y asistentes sanitarios. No podemos atenderle como se merece porque la Administración nos niega el dinero para contratar más personal. Por favor, si no se siente bien tratado, eleve una queja a las autoridades competentes.» Pero ¿qué país es este que escatima recursos al presupuesto de sanidad y se gasta una millonada enviando soldados a Irak? Un país que considera normal regalarle trescientos millones de euros a Bush para que pueda seguir jugando a soldaditos. Y lo peor es que parte de ese dinero lo he pagado yo, con mis impuestos.

No me creo una palabra de lo que digan los antropólogos: lo divino siempre me ha sido indiferente, y ahora empiezo a despreciar lo humano.

La misma mañana del día en que ingresaron a tu abuela hablaba yo en la mesa de la cocina con tu padre sobre la conveniencia de parir más hijos que siguieran haciéndonos sentir útiles e importantes. Yo, en principio, pensaba que contigo bastaba y sobraba, y tu padre se mostraba de acuerdo por más que a los dos nos vuelvan locos los niños en general y tú en particular. Pero después de lo mal que lo pasamos ambos durante mi embarazo, a ninguno nos quedaban ganas de repetir la experiencia. Yo le aseguré que, siguiera con él o no, probablemente adoptaría otro niño en el futuro por varias razones. Una, porque me gustan los niños. Dos, porque ya que tú has tenido la inmensa suerte de venir a nacer en un país en el que hay agua corriente, electricidad y vacunas, casi me siento obligada a darle la misma oportunidad a un niño que haya nacido sin ella. Tercero, porque te llevo los años que te llevo, y si de mayor te toca vivir con una madre enferma que te haga perder dos terceras partes de tu tiempo tratando con médicos, prefiero que tengas alguien con quien compartir la preocupación o las guardias en el hospital. Espero que te hayas dado cuenta de que no cito aquí el manido argumento de la soledad del hijo único. Porque yo, de pequeña, quería ser hija única. Sentía una envidia tremenda por las niñas a las que los Reyes Magos colmaban de regalos, niñas que dormían en cuarto propio, que no tenían que heredar la ropa de sus hermanas, que no temían los coscorrones de su hermano mayor, que no se veían obligadas a hacer turnos para el cuarto de baño ni a contar los buñuelos de la bandeja para averiguar a cuántos se tocaba exactamente por cabeza ni a pelearse con uñas y dientes para defender su ración (pelea que en cualquier caso casi nunca se ganaba, pues siempre acababa algún hermano mayor comiendo un buñuelo de más). Niñas que no crecían sintiéndose inferiores y poca cosa a la sombra de unos hermanos que siempre eran más fuertes, corrían más rápido, hablaban más alto y escupían más lejos. Y a la sombra también, en mi caso, de unas hermanas unidas por una relación matemática y exacta que me excluía de su habitación y de sus juegos. Además, estoy por leer el estudio que me pruebe que los hijos únicos crecen siendo más asociales o depresivos que los demás.

¿Y si trajéramos otro niño y te murieras de celos? ¿Y si te convirtieras en una sosias de tu tío Vicente, amargada para el resto de tu vida porque llegó otro bebé que te robó tu trono de princesa, tus juguetes y la atención que te mereces? Yo, que nunca he sido monógama, empiezo a serlo contigo. En cierto modo, me parece una traición querer a otro niño tanto como te quiero a ti.

Pero los últimos días no he hecho más que repetirme: gracias sean dadas al Todo Cósmico (aquel que debía ser Todo lo que realmente era y del que nadie sino el Todo mismo podía comprender su ser, aquel que me trajo una brújula que me condujo aquí a través de un visionario perdido en La Ventura), gracias por tener una familia numerosa. Porque por poco y mal que la aguante, sé que peor hubiera sido aguantar todo este estrés sola.

En el hospital, en la cama contigua a la de tu abuela, hay un niño en coma que no llegará a los doce años. Ha sido intervenido de un tumor cerebral intraventricular y, por la expresión de sus padres, presumimos que el pronóstico no debe de ser muy halagüeño. Estuve a punto de acercarme a su madre para decirle que lo sentía mucho, pero en el último momento me faltó valor, pues no sabía si ella podría tomárselo como una intromisión. Más tarde, cuando salimos de la UVI, tu tía Laureta comentó que es imposible medir la magnitud de una desgracia, porque siempre hay algo que te hace ver que hay tristezas más grandes que la tuya. Porque tu abuela, al fin y al cabo, ha tenido una vida larga que ha dado sus frutos en forma de cuatro hijos, y podía estarle muy agradecida a su dios porque los cuatro se han sacado su título universitario y ninguno ha salido drogadicto (¿ninguno? bueno, al menos siempre lo ha creído así, y me parece que ella no considera al alcohol o al tabaco drogas duras). Pero un niño de doce años tiene toda la vida por delante, apenas acaba, de estrenarla.

Laureta dijo entonces que no hay desgracia peor que la muerte de un hijo, que nadie se recupera de algo así. Me he pasado la noche atenta a tu respiración.

Llamaron al sacerdote para que le administrase a tu abuela la unción de los enfermos. Ya no se llama «extremaunción», supongo que para no pasarse de extremistas (mal chiste). La cama de al lado de tu abuela -no la del niño, la otra- la ocupaba un señor que estaba consciente y que, en cuanto el sacerdote sacó el misal, empezó a quejarse a la enfermera para que corriera la cortinilla. Como dijo luego tu tío Vicente, en un arranque de humor negro inusual en él -no lo de negro, sino lo de humor-, la visión del cura debió de ser para el pobre señor como la de un buitre para una cabra moribunda. En un momento dado del sacramento el sacerdote leyó: «Señor, libra a nuestra hermana de todo pecado y toda tentación.» Pero ¿qué tentación puede experimentar tu abuela en semejante entorno? Miré a tu tío. Los ojos azules se habían quedado fijos en el misal, como dos lagos insoportablemente helados, y me di cuenta de que estaba pensando exactamente lo mismo.

Una de las Sonias, ahora no recuerdo cuál, me contó que a su abuelo, que estuvo dos meses ingresado aquejado de un cáncer terminal, le administraron la unción cuatro veces. Al final, cada vez que el buen hombre veía al cura le decía: «Pero padre, ¿para qué voy a confesarme otra vez, si aquí no tengo oportunidad de pecar?»

A tu prima Laura le habían pedido en el instituto que escribiera un trabajo sobre el tema «Cómo era la vida sin contestador, sin teléfono móvil, sin avión y sin televisión».

Para realizarlo, había entrevistado a tu abuela, única persona -además de tu abuelo- a quien conocía que vivió tiempos así, y luego había dado a la entrevista formato de cuento. Hablo de Laura hija, que sigue siendo Laurita a los dieciséis años y que a este paso lo será el resto de su vida, y es que una de las razones que más me pesaban para no llamarte Eva era porque te ibas a quedar con Evita para los restos, y el nombre me suena demasiado a aquel chiste que solía repetir mi padre según el cual Perón le envió un telegrama a su mujer, que se encontraba de viaje oficial, en el que decía: «Evita besos y abrazos.»

Después de entrevistar a mi madre, Laura-Laurita escribió cinco páginas en las que contaba los rigores de la posguerra y en donde aparecían un montón de anécdotas que yo desconocía. Ignoraba, por ejemplo, que Antonio Machín había comenzado su carrera española actuando en la Explanada de Alicante y que en los años cuarenta no había en esta provincia más salas de fiestas ni cines que los de la capital y, por esa razón, todos los mozos de los pueblos iban allí los fines de semana a buscar novia, a pesar de que poco pudieran hacer en una época en la que canciones como Bésame mucho o Fumando espero estaban prohibidas (no hablemos ya de los tangos de Gardel que tanto le gustaban a mi tía Reme y que hablaban de cosas tales como «calzones de seda con rositas rococó») y no se podían escuchar en la radio ni bailar en público y mucho menos ver u oír en el cine, porque una mano delante del proyector censuraba cualquier escena de amor en películas que, para colmo, ya se habían censurado previamente. Fue por aquella época cuando se prohibió el tradicional carnaval de Alicante, por indecente. Tampoco sabía que la playa del Postiguet fue el escenario de los primeros amores de tu abuela con un veraneante madrileño -amores que se frustraron cuando conoció a su segundo novio, que acabó siendo su cuñado (pero ésa es otra historia, que diría Moustache)-, un romance de lo más inocente ya que un bando del alcalde ordenaba expresamente que los bañistas llevasen albornoz fuera del agua y prohibía los juegos en la playa, y que debía cumplirse a rajatabla so pena de condena, como el arresto de quince días que sufrió una mujer por lucir «un traje de baño inmoral». Pero yo nunca había oído hablar de todo aquello ni conocía tampoco detalles del hambre que tu abuela había llegado a pasar pocos años antes de iniciar aquellas relaciones, cuando el azúcar, el arroz, las judías y el aceite estaban racionados, cuando los hogares se iluminaban con carburo y candil, cuando los caldos se hacían con un raquítico hueso de jamón que todos se peleaban por saborear, cuando afortunado era aquel que podía probar la carne o el pescado pues había quien incluso llegaba a comerse las cáscaras de naranja que se encontraba por la calle, cuando los agricultores vendían de estraperlo la mayor parte de sus cosechas en connivencia con los altos cargos de la jerarquía franquista, enriqueciéndose de forma rápida a costa del hambre de media España. Y mucho menos sabía que tu abuela se había pasado casi toda la juventud vestida de negro, porque el color de los lutos llegó a ser casi el habitual de las prendas de vestir pues rara era la familia que no había sufrido la pérdida de algún familiar. Además, resultaba el atuendo más barato, ya que la sarga negra podía usarse sin que se notaran en demasía el paso del tiempo y los mil y un lavados. Otra de las cosas que ignoraba es que tu abuela no tuvo un traje rojo hasta el año sesenta debido a que en la posguerra aquel color pasó a estar tácitamente prohibido, y también desconocía que la tía de mi madre, Sabina, sospechosa de roja porque tuvo un novio que cayó luchando a favor de la República, se quedó soltera pese a haber sido guapísima de joven porque en Elche nadie se atrevía siquiera a hablarle, temerosos de las represalias, y por este motivo los padres de mi madre, Blai Benayas y Palmira Lloret, decidieron trasladarse a Alicante al poco de su boda después de que alguien denunciara a Sabina, no fuera que luego fuesen a por mi abuela, que no se había significado nunca pero que no dejaba de ser una Lloreta, hija de un ateo y masón reconocido y para colmo hija «natural», como decían entonces, dado que sus padres no se habían casado por la Iglesia. Y eso que Elche nunca fue fascista, muy al contrario, siempre se dijo en Alicante que era «la ciudad del marxismo» debido a que era una zona textil con un movimiento obrero muy fuerte, donde casualmente se fundó en 1870 la primera logia de toda la provincia, la «Illecense» (aunque mi bisabuelo no pertenecía a ésta sino a la «Constante Alona»), creada bajo los auspicios del Gran Oriente Nacional de España. Pero aun así mis abuelos seguían teniendo miedo, pues eran conscientes de que en aquellos tiempos cualquiera denunciaba al vecino aireando antiguas afrentas o celos nunca solventados. Sin embargo, Flora y Sabina, las tías de mi madre, se quedaron en Elche a cargo de la turronería de la primera.