Entre vídeo y vídeo surgió en la conversación el tema de mi posible estancia estival en Nueva York y le pregunté a Anton si conocía a alguien que quisiera subarrendar un apartamento o una habitación para el mes de agosto. Me dijo que preguntaría, que no creía que fuera difícil porque la mayoría de los estudiantes se marchaban en verano, que incluso su compañero de piso, estudiante de danza en la Escuela de Arte de Nueva York (me vino inmediatamente a la cabeza la imagen de Leroy en Fama) se marchaba cada verano, normalmente de gira con alguna compañía o a trabajar de camarero cuando no encontraba trabajo como bailarín. Se lo agradecí, pero no le dije que no me apetecía vivir en el Bronx.
Sonia apareció a la hora de costumbre, las nueve, con unas ojeras de oso panda, y sólo aceptó salir a cenar conmigo porque sabía que al día siguiente yo dejaba la ciudad. Despedí entonces al rumano, porque quería reservar la última noche para mi amiga, e intercambiamos teléfonos y direcciones de correo electrónico más por cortesía que por otra cosa, pues ya te dije que tanta obsequiosidad había acabado por abrumarme y me sentía demasiado incómoda como para pensar que pudiera querer volver a verlo.
Sonia y yo tuvimos una cena muy poco memorable, las dos estábamos muy cansadas y, además, ya nos habíamos contado todo lo que nos teníamos que decir a lo largo de aquellas dos semanas. Apenas comentamos los incidentes con el becario y el rumano porque no nos habían dejado huella a ninguna de las dos, y cuando regresamos al apartamento nos encontramos con un coche patrulla en la puerta del edificio y con que unos policías se estaban llevando esposados a nuestros amigos los portorriqueños. Sonia nunca los volvió a ver. Como contrapartida, tampoco volvió a ver a ninguno de los yonquis que salían y entraban constantemente del bloque.
Al día siguiente mi vuelo despegó con retraso, así que hice tiempo curioseando por las duty free, mirando gadgets y tentaciones que no me interesaban y que no pensaba comprar. De repente, y sin saber por qué, me encontré en una tienda de juguetes frente a una montaña de pelotas de peluche con cremallera que guardaban en el interior, ¡oh, sorpresa!, un osito de peluche. Las había azules y rosas: en las azules ponía «It's a boy» y en las rosas «It's a girl». Debería haber aborrecido de semejante chorrada sexista y, sin embargo, me encontré con una de las pelotitas en la mano que, sin que yo pudiera explicármelo, parecía estar pidiendo a gritos que me la llevara conmigo. Pensé regalársela a uno de los niños de Laureta, pero en seguida supuse que ya estaban demasiado mayores para peluches. Entonces pensé que en realidad la quería para mí. Peor aún, me encontré pensando que la quería para mi bebé. Cosa absurda, porque ya he dicho que yo estaba convencida entonces de que no iba a tener hijos. En cualquier caso, fue como un fogonazo en la conciencia, la visión repentina de un bebé mío al que en el futuro le diría que lo había imaginado incluso antes de desearle. Y me llevé la pelota de peluche. Rosa: una niña.
Tiempo después de aquella insólita redada se hizo público que los Clinton habían comprado un edificio en la zona, lo que explicaba el repentino interés de la policía por limpiarla. El precio del metro cuadrado se multiplicó por dos en menos de un mes y amenazaba con seguir subiendo, y montones de familias limpias y blancas se mudaron a viviendas hasta entonces en ruinas y repentinamente reformadas a toda velocidad.
He escrito que Sonia no volvió a ver a los portorriqueños. Afirmación no del todo exacta porque sí que volvió a ver a uno de ellos, a quien todos llamaban Vergara. Se lo encontró en el metro por casualidad y le contó que tanto él como sus amigos habían salido de comisaría sin cargos por falta de pruebas. Probablemente habían tenido tiempo de deshacerse del material gracias a sus compañeros, que les habrían avisado de la llegada de la policía mediante los walkie talkies. Una vez libres se mudaron al sur del Bronx para seguir con el negocio, y allí deben de seguir.
En cuanto a la bailarina exótica, dejó a Klara y dos años después, y en Madrid, cuando Sonia vino a pasar su obligada semana de Navidades familiares, se la encontró en la televisión, en una de esas películas porno que pasan en Canal Plus los viernes por la noche. Se la estaba mamando a un garañón cuyo aparato no habría cabido en un vaso de cubata. Ahora es una estrella y se ha cambiado el nombre a Bonita Sweetlove.
1 de noviembre.
Los médicos nos dicen lo de siempre: estable dentro de la gravedad. Mi madre sigue conectada a sus máquinas y tengo la impresión de que a más frascos que antes. Me he entretenido en contarlas: son nueve, nueve botellas colocadas boca abajo, enchufadas a tubos rematados en una aguja pinchada en su cuerpo inerte a través de la cual se le inyectan los líquidos que quién sabe si la mantienen viva o dormida o ambas cosas. Quizá sea por tanto líquido por lo que mi madre esté edematizada, hinchada como un globo de feria a pesar de que haya otro tubo que va a parar a una cuña y a través del cual se le sonda. El color del líquido que sale por ese tubo es verde parduzco: un extraño brebaje de detritus y desechos, la alcantarilla del cuerpo de mi madre. Las manos, de puro hinchadas, están perdiendo la forma, parecen manos de muñeco de trapo, manos inútiles, incapaces de asir, mucho menos de escribir o acariciar, que se diría que fueran a reventar en cualquier momento. De todas formas, tampoco podríamos cogerle la mano, porque hay un tubo conectado a cada una. Además de la hinchazón, el edema le ha creado una doble papada que le da el aspecto de un enorme sapo dormido, un cruce entre batracio y humano recién salido de un cuento de Lovecraft, semejanza que se intensifica porque mi madre, como las criaturas de Lovecraft, está húmeda. Supura: la aguja del gotero que tenía conectada a la mano le ha hecho una herida que segrega un líquido transparente.
Mi padre ha adelgazado visiblemente en estos ¿once? días. Como es un hombre tan alto empieza a parecerse a un personaje de un cuadro de El Greco, con ese aire no se sabe si entre espiritual o tétrico. Ya estoy perdiendo la cuenta del tiempo, las tardes son todas iguales aquí, una monótona letanía de horas sucesivas. De todas formas, advierto que se ha puesto corbata para venir, y eso me parece buena señal. Una enfermera viene y no podemos evitar preguntarle lo de siempre aun a sabiendas de que no nos puede dar más información que la que los médicos nos han proporcionado. Pero nos la da. No exactamente información, un nuevo punto de vista, una actitud diferente a la hora de evaluar la cuestión, su particular interpretación del carpe diem: «Ustedes aférrense al día. Piensen que hoy sigue aquí, y eso es bueno. No intenten pensar en cómo va a ser mañana, sólo en que hoy sigue aquí, que resiste.» Lo dice con una sonrisa que no parece ensayada a pesar de que yo no pueda evitar preguntarme si no habrá aprendido a esbozarla como herramienta terapéutica para familiares durante el tiempo que lleva aquí. Únicamente nos ha dedicado tres minutos, pero nos ha regalado un mundo: su sonrisa, ensayada o no, ha brotado como por contagio en el rostro demacrado de mi padre.