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En cuanto regresé a Madrid desde NY mi vida se convirtió en un frenético teclear de mails, todo encaminado a atar bien atado mi verano. Mails a Tania, que me aseguró que ya me tenía buscado y cerrado el trabajo para el verano como profesora de español para los cursos de Stony Brook. Mails a Sonia, que me buscó un sublet, un apartamento realquilado en Manhattan que pertenecía -no iba a ser de otra manera- a una stripper que en verano se iba a hacer la aventura japonesa (por lo visto en Japón las strippers blancas y rubias cobran sueldos astronómicos, muy en particular las aniñadas, razón por la cual esta chica era probablemente la única integrante de la muy boyante sex industry de Nueva York que no se había operado el pecho: caprichos del yen obligan). Mails al rumano, que me enviaba de vez en cuando notas muy cariñosas a las que yo respondía por educación y porque pensaba que me convenía contar con algún amigo en la ciudad más que porque el tipo me interesara demasiado o demasiado poco. Mails también al estudiante francés con el que había contactado por Internet y que me realquilaría el piso de Madrid durante el verano para, además de pagarme un dinero que me permitiera a mí pagar el plazo de la hipoteca, ocuparse de mantener limpia y viva la casa y cuidar de las plantas (aunque, por si acaso, Consuelo, que se quedaba con el perro, también tenía un juego de llaves y se pasaría cada semana a verificar si las cosas iban bien). Y mails finalmente a Claudia, una amiga de Paz que trabaja en una agencia de viajes y que se ocupó de buscarme el billete más barato en el vuelo chárter Madrid-Nueva York más cutre y casposo que se podía encontrar.

Así que a finales de junio lo tenía todo dispuesto y había hecho gala de una organización y una eficiencia dignas de mi hermano Vicente. Y de pronto, como si alguien me hubiera echado un mal de ojo, todo el presuntamente organizado plan se desbarató en cuestión de días.

Primero llegó un correo de Tania en el que me comunicaba que los cursos de español de Stony se suspendían por falta de solicitantes. Al parecer, no habían conseguido siquiera diez inscripciones, por lo que, sintiéndolo mucho, se veían obligados a prescindir de mis servicios, y como yo no había firmado contrato ninguno, no podía protestar ni recurrir. A los dos días me escribe Sonia. Las desgracias nunca vienen solas. La única stripper no operada de Nueva York se había caído al intentar realizar una voltereta sobre la barra de bombero (sí, esa barra vertical que todos hemos visto en las pelis yanquis) aterrizando abiertísima de piernas sobre el escenario, con lo cual se había roto la pelvis y tendría que guardar reposo absoluto durante meses. Adiós pues a su viaje a Japón y a mi sublet en NY. Me quedaba, eso sí, el billete. ¿Qué hacer? ¿Escribir al francés y contarle que la que se había roto la pelvis había sido yo y que me quedaba en Madrid durante el verano? Pero resulta que el francés ya había pagado el alquiler, y éste me lo había gastado entero en el billete de avión. Podía devolvérselo, claro, pero eso significaría vivir prácticamente a base de pan y agua durante dos meses puesto que, con vistas a mi estancia en NY y contando con lo que me iban a pagar por las clases (que, aunque fuera una miseria, algo era) había ido rechazando todos los encargos que me ofrecieran y hasta septiembre no se me ocurría de dónde sacar dinero.

Al rumano le conté esta historia muy por encima, a ver si conocía a alguien que subarrendara un apartamento en verano. A vuelta de mail me respondió que su compañero de piso, el estudiante de danza, se iba en verano a trabajar a Ibiza como animador en Manumission, por lo que estaban pensando en realquilar su habitación, que me saldría exactamente por la mitad de lo que iba a costarme el apartamento de la bailarina accidentada, con lo cual compensaría en algo el dinero que iba a perder por las clases que al final no daría. El problema, añadía, era su novia -del rumano, no del gogó ibicenco-, a la que hasta entonces no había mencionado jamás. La chica, por lo visto, era muy celosa y no le iba a hacer ninguna gracia que él compartiera piso con una mujer. Lógicamente, semejante cuestión me desanimó: no me apetecía nada irme a vivir al Bronx para estar acosada por una neurótica que creía que me iba a tirar a su novio al que, para colmo, ni siquiera recordaba si me había tirado o no.

Escribí a Sonia de nuevo. Respuesta: a esas alturas imposible encontrar en NY ningún sitio donde quedarse a no ser que estuviera dispuesta a pagar precios astronómicos. No era la única española que pretendía pasar el verano en la ciudad. Ni la única europea tampoco. Pero el rumano vivía en el Bronx Norte, no en el Sur. El Bronx Sur es el peligroso, mientras que el Norte es un tranquilo barrio de judíos ricos, un remanso de solemnes edificios Victorianos. No había visto el apartamento pero creía que, si era por esa zona, no podía estar tan mal. De todas formas, se ofrecía para pasarse a verlo. Respuesta mía: hazlo. Y hazlo pronto, que el tiempo corre. Mail de Sonia a las veinticuatro horas: ha ido al Bronx y ha comprobado que el apartamento es maravilloso, enorme y con mucha luz. Y ni rastro de novia. Inspeccionó el cuarto de baño de arriba abajo en el tiempo en el que se suponía que debía de estar haciendo pis y no encontró ni un estuche de maquillaje ni un secador ni una caja de Tampax, nada. O la novia celosa se desplazaba con su neceser cada vez que iba a visitar a su amado, o no paraba mucho por esa casa, o el rumano se la había inventado, vete tú a saber por qué. En cualquier caso, concluía Sonia, siempre te puedes venir a mi casa, pero no sé si te apetecerá dormir dos meses enteros en el sofá.

No, no me apetecía nada. Aún me quedaban marcas en la espalda de mi última visita, y además y sobre todo, por mucho que supiera que Sonia era generosa y me hacía la oferta de corazón, también sabía que mi amiga, como buena artista, era y es una neurótica muy celosa de su espacio, y comprendía que invadir su intimidad equivaldría a poner en peligro de muerte una amistad que estaba a punto de cumplir veinte años.

Atrapada en un carrusel de dudas, e incapaz de decidir por mí misma, llamé al periodista esotérico, el mismo que en su día me leyera las cartas e interpretara el aviso de la brújula.

– Te va a parecer raro -le dije-, pero me pregunto si me podrías hacer una tirada de cartas telefónica de emergencia.

– Eva, que no soy un número 908. ¿Por qué no te pasas a verme, digamos el miércoles, nos tomamos un café y te echo las cartas tranquilamente?

– Me encantaría, pero es que el tema me corre prisa y no tengo hasta el miércoles para decidir. Necesito saberlo ahora.

– Un tema amoroso, como si lo viera…

– No, nada que ver. Es sobre un viaje que tenía atado y bien atado y que se ha descalabrado en el último momento. Es largo de contar, pero… Resumiendo: no sé si cancelar el viaje o no.

– De acuerdo, pues hagamos una cosa. Voy a tirar tres cartas. Si me dan una respuesta clarísima, entonces haz caso al Tarot. Y si no, no te digo nada, porque yo nunca he hecho algo parecido a tirar las cartas por teléfono.

– Pues Rappel lo hace.

– Él no lo hace, lo hace su equipo, y no me digas que te crees esas cosas…

– Vale, pues tira tres cartas a ver qué pasa.

– Espera, que voy a por la baraja… A ver, que ya he vuelto. Estoy barajando. Ahora concéntrate en lo que quieres saber y trata de proyectar esa energía sobre las cartas.

– Vale.

– Perfecto. Pues tiro.

Se sucedieron unos segundos que cayeron como bombas de silencio en el zumbido de la línea.

– Eva, no me lo puedo creer.

– ¿El qué?

– Tres arcanos mayores… Esto es casi imposible, de verdad. Casi nunca salen tres arcanos mayores seguidos. A mí nunca me había pasado.

– Ah… ¿Y son buenos o malos?

– La Rueda de la Fortuna, Los Enamorados y La Emperatriz… Y los tres de pie… Eva, sin ninguna duda tienes que hacer ese viaje.

– ¿Sin ninguna duda?

– Sin ninguna duda.

Sin embargo, no fue la tirada de cartas la que me convenció: no es que yo sea una cobarde y una escéptica, y no es que sea tampoco una experta en estadística, pero si en la baraja del Tarot hay 78 naipes y de entre ellos 22 son arcanos mayores, las posibilidades de que en una tirada salgan tres seguidos no son tan remotas como el periodista quería creer.

Pero justo a la mañana siguiente recibí una llamada de Nenuca.