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Una tarde me anunció que me tenía reservada una sorpresa, me subió a un taxi (él tenía un coche imponente, un deportivo, y no me preguntes la marca porque de coches no sé nada, pero sí sé que tenía pinta de carísimo, aunque no había ocasión de lucirlo mucho pues, como buen coche neoyorkino, casi nunca lo usaba para moverse por la ciudad) y se plantó en la Quinta Avenida.

La boutique Versace, perdón, el edificio Versace -porque es un edificio entero de cinco plantas-, era la tienda más hortera en la que yo hubiera puesto los pies en la vida. Los escaparates, decorados con grecas rojas como si aquello se tratase del templo de Afrodita, eran de un estridente subido. Reconocí el modelo que llevaban varios maniquíes: era el mismo que se había puesto Jennifer López para entregar no sé qué premio y que había sido muy comentado porque dejaba al descubierto prácticamente toda su anatomía excepto los pezones y el monte de Venus. Si no hubiera estado tan recargado, aquel modelo verde tropical que en España más tarde copiaría y se pondría Ana Obregón se habría podido tomar, más que por vestidito, por traje de baño, de exiguo que era, pero ni el mejor nadador hubiera podido flotar con tanto strass y tanto recamado encima. Y, sin embargo, en las ventanas del escaparate había como cinco o seis versiones del ¿vestido? en diferentes colores, como si el hecho de que un culo latino y famoso lo hubiera lucido significase que todo Nueva York debía imitarlo.

Según pusimos los pies en la tienda nos abordaron cuatro dependientas que exhibían idéntica sonrisa: la misma mueca congelada, deshumanizada y transparentemente falsa que en NY se encuentra uno por doquier en las azafatas, en los porteros, en las camareras y en los empleados en general de cualquier tipo de establecimiento abierto al público a partir de cierto nivel adquisitivo. Una de las dependientas nos saludó muy entusiasta: «Welcome to Versace!», nos dijo, como si acabáramos de cruzar una aduana internacional y hubiésemos aterrizado de pronto en un paraíso abierto por vacaciones. Otra nos preguntó si podía ayudarnos en algo.

Y entonces el FMN me hizo saber que la misteriosa sorpresa consistía en que iba a comprarme ropa, así que ya podía ir yo eligiendo lo que más me gustase porque allí estaba su Visa Platino para pagarlo. Yo me sentía incapaz de elegir nada, porque en esa tienda no había nada que yo hubiera pensado ponerme nunca, y así se lo dije al FMN, con la mayor delicadeza posible, eso sí, pues me parecía de muy mala educación arruinarle la sorpresa, aunque lo cierto es que yo quería largarme de allí cuanto antes.

– No hay ningún problema, nena -dijo el FMN, y le hizo una seña a una de las obsequiosas empleadas, una clónica de Jennifer López con pinta de call girl de lujo, rebosante de silicona por toda su anatomía.

– The lady is lookin' for some clothes, maybe you could help us.

Me sorprendió mucho que se refiriera a mí como lady, pero no hice ningún comentario. La dependienta robot (porque con tanta silicona ya parecía un cruce entre lo humano y la tecnología) me miró de arriba abajo como evaluando la talla y nos indicó que la siguiéramos. Nos precedió encaramadísima a unos tacones de vértigo letal mientras iba recolectando de perchero en perchero las prendas que ella suponía que podrían ajustarse a mis deseos.

Aquella tienda parecía mismamente un decorado de una película peplum de los años cincuenta, llena de frisos, capiteles y acantos refulgiendo por todas las esquinas como si el encargado fuera el mayordomo del anuncio, el de la prueba del algodón, y es que para colmo tenía suelos de mármol y dorados y sobredorados por todas partes. O sea, que el local hacía daño a los ojos, y no sólo porque cegase.

A los pocos minutos me encontraba en los probadores con los cuatro vestidos más chillones que hubiera tenido jamás en mis brazos: uno amarillo canario y dorado, el siguiente con una especie de estampado Pucci en tonos fucsia, el tercero rojo putón y el cuarto naranja y negro, asemejando la piel de una cebra o de un leopardo. El FMN me esperaba fuera, sentado en una especie de sillón blanco y bebiendo una agua mineral que la atenta señorita se había apresurado a llevarle.

Me probé el primer traje, el rojo. Me vino a la cabeza que la primera vez que Julieta vio a Romeo ella iba vestida de rojo, ya que este color por entonces era símbolo de nobleza -porque los tintes escarlatas eran muy caros, de ahí que la púrpura fuera sólo para cardenales- y en el caso de Julieta, y por extensión, de pureza, pues se entendía que una doncella noble había de ser eso, doncella. Pues bien, evidentemente el significado del color se había devaluado notablemente durante los seis siglos transcurridos desde los tiempos de los Capuleto y los Montesco, porque la rubia que me miraba desde el espejo, enfundada en una especie de malla de enorme raja en el muslo y escote profundo, transmitía muy poca nobleza y, desde luego, pureza en absoluto. Hasta entonces yo me las había arreglado bien que mal para disimular mi delantera incluso con ropa de verano a base de combinaciones de colores fríos, escotes en uve, rayas verticales, collares largos y demás trucos de estilista aprendidos tras años y años de trabajar en una revista femenina, que con respecto a la moda algo había de pegárseme. Sin embargo, aquel traje evidenciaba como nunca la generosidad de mi fachada, y daba la impresión de que llevaba en el escote dos pelotas de voleibol que iban a salir botando de un momento a otro. De tal guisa no me reconocía en la imagen que tenía frente a mí y, por un momento, llegué a creer que no era otra cosa que una ilusión, una creación de mi imaginación que no tenía relación alguna con la realidad, conmigo, con mi cuerpo.

De este ensimismamiento me sacaron unos golpes en la puerta. Abrí y me encontré a la dependienta, que quería saber si todo iba bien y me informaba de que «el señor que me acompañaba» estaba fuera.

– Tal vez quiera usted salir para que él la vea.

¡Ah, no, faltaba más! No iba a salir vestida de puta de lujo ni para que me viese él ni para que me viese nadie. O eso pensé al principio, porque al segundo se me ocurrió que quizá el FMN encontrase el punto gracioso del disfraz y tal vez tendríamos algo de lo que reírnos el resto de la tarde. Así que salí de puntillas del probador y me presenté ante él. No hizo falta que dijera nada. Por la expresión de sus ojos, idéntica a la de un niño frente al escaparate de una pastelería, adiviné que no encontraba el traje gracioso ni fuera motivo de broma compartida.

Pues bien, acabé saliendo de Versace con cuatro bolsas de ropa que yo no había pagado y con el íntimo convencimiento de que me acababa de convertir en la puta cara del FMN, por más que me dijera que el criterio estético e indumentario no es el mismo para los americanos que para los europeos, y muy en particular para los afroamericanos y que, después de todo, las raíces son las raíces y que ya sabemos que en los climas calientes la gente adora los colores vistosos por influencia e imitación del paisaje, pese a que el paisaje que rodease al FMN no exultara de palmeras ni magnolias ni hibiscos reventones, sino de edificios de cristal y acero en toda la gama de colores fríos. Intentaba convencerme de que tampoco era para tanto, que a fin de cuentas un Versace es un Versace (por más que se tratase no de alta costura sino de pret à porter en este caso) y que seguro que mi hermana Laureta se moriría de envidia si supiera que acababa de salir de esta boutique con el equivalente al sueldo de tres meses de su (segundo) marido metido en unas bolsas. Pero Laureta no es rubia y no tiene las tetas enormes, así que seguro que el traje rojo le habría quedado de lo más fino y elegante, digno de pasarela, en lugar de darle aspecto de novia de rapero o de conejita de Playboy. Y lo peor de todo era que no habría nada de malo en parecer una conejita de Playboy si es que a una le gusta parecerlo, pero en mi caso yo no me había llevado la ropa a casa tanto porque me gustase como porque le gustaba al hombre que me la había comprado. Y aquel pequeño detalle inclinaba la balanza de tal modo que lo que podría haber sido coquetería pasaba a ser exhibicionismo, exhibicionismo no femenino sino masculino, por parte del hombre que quiere dejarles claro a todos los demás machos que se está beneficiando a una real hembra, con lo cual los trajes de Versace me recordaban, desde la bolsa, mi recién adquirida condición de objeto sexual. Y tampoco habría nada de malo en ser el objeto sexual de alguien en según y qué momentos dado que el sexo no pasa de ser un juego que requiere cierto grado de objetivación, pero es que a mí nunca se me había ocurrido ni se me ocurriría decirle al FMN cómo tenía que vestir o comentarle que quizá no le viniese del todo mal leer un poco más o averiguar quién había sido en realidad Madame Bovary. Y es que yo, ilusa de mí, daba por hecho que ese tipo de indicaciones habrían resultado insultantes, pero si resultaban insultantes viniendo de mí para con él, ¿no resultaría insultante una imposición indumentaria viniendo de él para conmigo? En fin, estaba hecha un lío y más confusa que un tratado de hermenéutica, pero el caso es que acabé poniéndome los cuatro vestidos y, además, los combiné con tres pares de zapatos de tacón de Charles Jourdan que el FMN me regaló después, y todo esto porque él me tenía fascinada, enamorada, obnubilada, prendada, más todos los adjetivos acabados en -ada que se te ocurran, y ya se sabe que cuando uno está enamorado comienza por engañarse a sí mismo antes de acabar engañando a los demás, y ¿qué mejor forma hay de engañarse a sí mismo y a los demás que llevar unas pintas de las que tu más íntimo yo se avergüenza?