Llegamos a Atocha y, excepcionalmente, no ardo en deseos de que Eugenia tire para su casa. La última vez recuerdo aún la tortura que supuso tener que aguantar su charla de pie en mitad de la calle, escindida yo entre el hartazgo y la compasión hasta que no me quedó más remedio que decir que la tenía que dejar, que en casa me esperaban. Pero ahora las tornas han cambiado: soy yo la que quiere seguir con Eugenia. Así que le digo que la invito a un café y se le iluminan los ojos como si mis palabras le hubieran encendido bombillas de cien vatios en las cuencas. Cogida de mi brazo, renqueando con dignidad, porque Eugenia se ha convertido ya en una anciana desvencijada, avasallada por la edad, que casi se arrastra hasta el café de la estación. «¿Te importa si pido una copita de anís, nena? Ya sé que a estas horas no es lo suyo pero, chica, un día es un día, y de vez en cuando hay que tener correa…» Yo encantada de que se tome un anís, por supuesto, a ver si el chinchón le suelta la lengua. Un camarero sudamericano muy ceremonioso viene a atendernos, la tía me pregunta por ti y yo repito la cantinela de siempre: que si eres muy mona y muy buena y te estás criando muy bien, hasta que llegan su anís y mi té, y no tengo que esperar mucho hasta que Eugenia retoma el tema que me interesa, probablemente porque a ella le interesa tanto como a mí.