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Tras la visita a la médica pija del Monte Sinaí me había prometido no volver a beber. Y el futuro se me presentaba como una sentencia, al menos el futuro inmediato, ya que casi me quedaba un mes entero por pasarlo en Nueva York, porque mi billete no tenía fecha de regreso hasta el dos de septiembre. Por supuesto siempre podía empeñar los Versaces y regresar de inmediato a Madrid para asilarme en casa de Consuelo hasta que se fuera el francés, pero su casa era demasiado pequeña y, además, ¿cómo iba a soportar un vuelo transoceánico si no podía bajar sola a la calle sin ayuda, tal era la flojera que sentía? Así que decidí considerar el piso del Bronx como un retiro, una especie de retiro estival de días huecos y tranquilos en el que me dedicaría a hacer nada o casi nada. Leer y reponer fuerzas, entendiendo por fuerzas unas energías abstractas como las prometidas en la publicidad de cereales o de complejos vitamínicos o en los folletos de los gimnasios. Y acabé por instalar en mi cuarto la mesilla de noche del rumano y su lamparilla para poder leer con más tranquilidad, la mesa plegable de la cocina y una silla para poder escribir, y dos plantas del salón para animar un poco la habitación, y colgué en las ventanas unas cortinas que trajo Sonia y que había encontrado en una tienda del Soho, y me empeñé en hacer de aquella habitación desnuda un rincón agradable y acogedor.

Mi compañero de piso se comportó desde el principio tan servicial como lo fuera aquella primera mañana de monumental resaca que pasamos juntos. Solía salir de casa muy temprano y llegaba más o menos hacia las seis de la tarde. Durante aquellas horas en las que él no estaba yo apenas notaba su ausencia puesto que, por lo general, las pasaba leyendo o dormida, o suspendida entre el sueño y la vigilia, saboreando los restos que se disolvían en la boca como caramelo, con la atención aún flotando entre dos mundos, abotargada por el aturdimiento del primer rayo de luz que entrase por la ventana y que calentara la superficie estancada de los sentidos, adormilados. Cuando llegaba era él quien preparaba la cena para los dos, y ponía también la mesa, así que yo no tenía que hacer más esfuerzo que el de recorrer los apenas diez metros que llevaban de mi cama al salón para dejarme agasajar, como si fuera una princesita de cuento. Ni siquiera tenía que hacer la compra, pues él la traía siempre en su regreso desde el laboratorio de la universidad en el que trabajaba preparando su tesis (¿vacaciones?, ni se las planteaba, no a punto de terminar el doctorado), y sólo aceptó mi contribución económica para pagar las comidas después de que yo insistiera hasta el punto del enfado. En nuestras cenas solíamos mantener largas conversaciones… Miento, yo solía mantener monólogos en los que él intercalaba alguna frase. Yo hablaba de mí, de Madrid, de Alicante, de Elche, de mi perro, de mi barrio, de mis amigas, peroraba y peroraba y él dejaba que me agitase, que me esforzase en impresionarle con mis historias mientras permanecía en la tranquilidad más absoluta, y si yo seguía hablando era porque, cada vez que me detenía, él me hacía alguna pregunta que me obligaba a continuar ¿Y en Madrid a qué hora cierran los bares? ¿Y el perro de qué raza es? ¿Quién te lo regaló? ¿Cuánto tiempo llevas viviendo en el mismo barrio?, preguntas que me intrigaban tanto más cuanto su rostro no delataba signo alguno que dejara sospechar cuál era la impresión que mi charla le causaba. Parecía verdaderamente interesado en todos los detalles de mi vida, pero no impresionado. Y sin embargo él apenas hablaba de sí mismo. A mí acababa por ponerme nerviosa, porque yo exponía allí sobre el mantel toda mi vida, o la reinterpretación de aquella que me había creado, y sólo conseguía a cambio, cuando yo hacía alguna pregunta sobre la suya, evasivas o algún monosílabo casi imperceptible de puro mascullado. Pero su frialdad, en lugar de desanimarme, me impresionaba. Me parecía como si aquel chico estuviese conteniendo su propia energía, como si se estuviera reservando para algo más importante. Y eso me motivaba, activaba algún interruptor en mi más frágil yo, ya que, como buena neurótica, siempre me ha importado mucho lo que los demás piensen de mí, ya lo he dicho. Además, tampoco tenía a nadie más con quien hablar, dado que aún no había recuperado las fuerzas y casi no podía salir a la calle, o no sin ayuda. Sí, Sonia y Tania venían a verme, pero no tanto como yo quisiera. Las dos estaban muy ocupadas con sus respectivos empleos y en el momento en que supieron que mi presunta enfermedad, si es que así se la pudiera calificar, no revestía carácter grave, se desinteresaron del asunto.

Pero poco a poco el rumano empezó a abrirse, a hablar; de su tesis, de su laboratorio, de sus experimentos… Como era casi morbosamente cauto usaba siempre medias tintas, como pensándoselo mucho, pero sus comentarios, certeramente agudos y precisos, tenían un sabor totalmente suyo. No era mucho lo que contaba ni era muy personal, pero era algo, suficiente como para que yo pensara que acabaría por encontrar en sus palabras la clave para entenderle, sobre todo porque esas palabras las hacía brotar yo con mis preguntas, imitando su propio juego, y así me sentía como una investigadora que por medio de pruebas confirmaba suposiciones, buscando ávidamente la significación de sus silencios en unos ojos que por fin me sonreían, y de esa manera, antes de que me diera cuenta, ya lo había instalado en mi espacio como si fuera otro atrezzo del mobiliario, como la mesilla o la lamparita o las plantas, algo que me hacía la vida más fácil, una distracción que poseía el verdadero secreto de hacerme el tiempo agradable justamente porque no aspiraba a ello, sino sólo a hacérmelo menos aburrido, y no sé cuándo, exactamente en qué preciso instante, dejó de ser la persona que cada tarde estaba allí, el incuestionable hecho de la vida, inevitable pero carente de interés, para pasar a ser casi el centro de mis días, algo que esperaba con ansiedad y que se me hacía tan necesario como una droga, y me encontré desplazada de mi propio yo, como si me hubieran trasladado por ensalmo a un territorio diferente; y así caí en la cuenta de cómo, por debajo de los incidentes visibles y desde la primera noche en la que dormimos juntos en el desfondado sofá de Sonia, había existido una subyacente nota callada, tan misteriosa y potente como la influencia que prepara a las hojas de los árboles para brotar cuando todavía se hiela el agua en los charcos de las aceras, y entonces advertí que volvía a estar enganchada, y me pregunté qué habría sido de aquella novia de la que ninguno de los dos había vuelto nunca a hablar.