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Nadie lloraba, nadie. Se me vino a la cabeza una antigua canción de Golpes Bajos que yo solía tararear cuando tenía quince años y llevaba túnicas negras y muñequeras de pinchos: Niuna sola lágrima. Y después me vino una reflexión de Canetti o de Ortega sobre la individualidad que se pierde en la masa, y es que en un grupo humano el individuo tiende a acomodar su actuación a aquélla, por imitación, pese a que sea el individuo, a solas consigo mismo, el único ser que sienta, de ahí que siempre se presuponga una cierta insinceridad en los sentimientos colectivos. Probablemente si alguien hubiera empezado a llorar (la tía Reme era la que tenía todas las papeletas), otro alguien le habría seguido (alguna de las señoras con cardado y pendientes de perla que parecían saberlo todo sobre mi ceceo), y aquello habría degenerado, como suele suceder en esas situaciones, en un duelo de plañideras a ver quién se hacía notar más. Pero no, eso hubiera ido en contra del espíritu Agulló -en público, la contención ante todo, que las emociones sólo se ventilen en privado- y bastaba con la actitud de mi padre para poner dique a aquella potencial descarga de desconsuelo. Y así nos dieron las diez tranquilamente y nos marchamos todos a cenar a casa de mi hermana que -otra vez la famosa eficiencia familiar- puso a nuestra disposición una cena fría que había dejado preparada antes de salir para el velatorio, cena que casi ni probé puesto que se componía en su mayoría de embutido (Asun siempre olvida que soy vegetariana, como olvida o ignora casi todo sobre mí) y porque tenía un nudo en el estómago, con todos los sentimientos reprimidos estrujados allí dentro como un trapo viejo. Y de ahí a casa de mi padre, a la antigua casa familiar, el piso de Madrid en el que yo viví hace tanto, desde el que partiríamos mi padre, el tuyo, tú y yo, a Alicante a la mañana siguiente.

No te diré que no pude conciliar el sueño porque sería falso. A las once nos retiramos, tu padre durmió en la que fue la habitación de Vicente y yo me metí en mi antigua cama, la misma que dejé a los veinte años cuando me marché de allí pegando un portazo después de una sonada discusión con tu abuelo, y apenas una hora más tarde estaba profundamente dormida ahogada en un sueño denso, absoluto, sin imágenes, de esos que suelen resultar del cansancio acumulado, y del que no desperté hasta las siete, cuando mi padre entornó la puerta para anunciarme que ya era la hora y descubrí, sorprendida, que no habías llorado en toda la noche.

Ni se me ocurrió remolonear cinco minutos en la cama, como hago cuando estoy en casa, disfrutar de esa lentitud confusa entre el sueño y la vigilia, porque bien sabía que ni siquiera la muerte de mi madre serviría de excusa o de coartada para saltarse una de las reglas inquebrantables de los Agulló, una de las pocas reglas de la que he sabido olvidarme con los años, desaprendiendo con esfuerzo algo que en mi infancia habían grabado a fuego en mi mente: que el tiempo no está para perderlo y que el día hay que empezarlo con decisión castrense. De hecho, toda la vida he sospechado que mi padre se levanta y se ducha con agua fría, porque él siempre ha combinado admirablemente dos personalidades casi opuestas: fuera de casa, el hombre sociable, simpático y bon vivant, y dentro el espartano, el eficiente, el sobrio, la máquina de racionalidad matemática, y en ese sentido me sorprendió que Eugenia, en aquella conversación sobre la juventud de mis padres, me lo definiera como un golfo, porque de golfo no creo que haya tenido nunca nada aunque de puertas para fuera pudiera a alguien parecérselo. Desde luego, no me sorprendería nada si alguien me dijera que mi padre, de joven, salía de juerga hasta las tantas, pero estoy segura de que, si lo hacía, se levantaba al día siguiente a las siete y se quitaba la resaca con una ducha helada.

Yo no me he duchado nunca con agua fría ni lo haré, pero sí es cierto que he aprendido a hacerlo en el menor tiempo posible porque durante años viví en una casa con dos cuartos de baño, uno para padres y otro para cuatro hermanos, y todos teníamos que entrar en el colegio a la misma hora, así que ninguno podía perder tiempo en la ducha pues le estaría robando su turno a otro, y esa obligación de la ducha rápida es otra imposición de las que se graban a fuego en el subconsciente: tu madre, aunque lo intentara, nunca sería capaz de entregar un trabajo tarde o permanecer más de tres minutos bajo el chorro del agua. Así que a las siete estaba despierta, a las siete y diez duchada y a las siete y veinte vestida, y durante ese tiempo tu padre te había despertado, cambiado y dado el biberón. A y media en punto estábamos los dos sentados en la mesa frente al desayuno que la asistenta había preparado, y a las ocho, cumpliendo con los planes previstos, estábamos más que listos. Un cuarto de hora después llegaría Vicente a recogernos en la puerta de casa: todo organizado y predecible como el mecanismo de un reloj. La sacrosanta y siempre perfecta eficiencia Agulló.

Llegamos al hospital con tiempo de sobra para firmar los papeles de rigor y puntuales a nuestra cita con el hombre de negro que nos presentó al chofer del furgón funerario que llevaría el cuerpo de mi madre hasta Alicante. Estaban allí también Asun y Laureta con sus maridos y sus niños y sus coches respectivos. Qué precisión de máquina bien engrasada.

Tal y como estaba calculado (por supuesto ¿lo dudabas?) llegamos a Alicante a la hora de comer, donde habíamos quedado con el resto de la familia y con Reme y Eugenia, que habían salido en el primer tren de la mañana desde Atocha.

Y todo transcurrió según el plan trazado. Llegada a Alicante y comida familiar en La Finca, el que fuera el restaurante favorito de mi madre y donde se sirven, se supone, los mejores arroces de Alicante (arroces que no probamos, ya sabes lo de las manías de mi padre, tu abuelo, pero que sí probaba mi madre cada vez que Eugenia quería agasajarla). Con la comida todavía en el estómago nos subimos en los coches y enfilamos para el segundo velatorio, éste en el tanatorio de Elche, epítome del kitsch ibérico funerario donde los haya y situado en las afueras de la ciudad, en un polígono industrial que se halla en la carretera de Aspe, entre un hiper y una gasolinera presuntamente ecológica (pese a que la expresión «gasolinera ecológica» constituya en sí misma un oxímoron) y rodeado de fábricas de zapatos. A la entrada de este tanatorio hay una fuente medio seca que gotea agua verdosa (el limo podrido de su fondo suelta una pestilencia más densa que la de ningún cadáver), rodeada de arbolitos estragados y famélicos y de cactus rozagantes (si es que un cactus puede ser rozagante, que lo dudo), única vegetación, junto con las palmeras y los aloes, que sobrevive en semejante secarral. Preside la fuente una reproducción de la Dama de Elche, tan escasamente lograda como cualquiera de las otras muchísimas representaciones que el Ayuntamiento ha ido situando estratégicamente por toda la ciudad y en las que la pobre más que dama parece fallera, y tras ella surge el tanatorio, un edificio que parecería de lejos una fábrica más de no ser por los añadidos de estilo neoclásico de su fachada, decorada a base de vidrieras y piedra de granito de colores (un muestrario del sillar de Novelda y una demostración del arte de vidriera alicantino, pero en falso, porque son de cristal coloreado y no de vidrio) al más puro estilo mediterráneo, fachada que queda muy mona y muy alegre pero desde luego para nada en consonancia con el propósito del lugar.

Esta tónica de lo vistoso y lo nuevo rico continúa en el interior, donde sigue el muestrario del sillar granítico de Novelda en todas sus variedades (rosa, azul y granate en suelos, paredes y aseos), una especie de mármol que no lo es, porque es granito, pero que brilla mucho más que si lo fuera, sobre todo el suelo, enceradísimo hasta casi resultar peligroso. Al fondo hay un mostrador de madera pintado de blanco inmaculado en el que nos atendió un señor inmensamente alto como un ciprés y muy delgado, vestido de un negro absoluto e imponente por el contraste con el fondo níveo, un señor, por cierto, que tenía la cara azul (sí, he dicho azul, como un cadáver) y que parecía la viva creación del doctor Victor Frankenstein excepto porque iba muy bien vestido y porque, sorprendentemente, nos atendió con una amabilidad exquisita, muy poco propia de un monstruo. Tras indicarnos la planta y la sala en la que se velaría a nuestra madre, decidimos subir por la escalera de granito, y cuál no sería nuestra sorpresa al encontrarnos en el primer rellano con una instalación decorativa digna de ser expuesta en Arco, obra de la florista del cementerio y compuesta de todo tipo de capullos, pistilos y pétalos de plástico (ninguno natural) con los colores desvaídos por la pátina de polvo que se había acumulado sobre ellas, y que se vendían por ramos a unos precios exorbitantes. A partir de entonces empezó a resultar difícil avanzar debido a una multitud que colapsaba el primer piso e incluso la propia escalera, hormigueando arriba y abajo como si aquello en lugar de un tanatorio fueran unos grandes almacenes el primer día de rebajas. Más tarde nos enteramos que estaba integrada por los visitantes al velatorio de algún miembro de la familia Paredes, una de las más importantes y conocidas de la ciudad -que se enriquecieron gracias a las famosas zapatillas-, y que constituía una sonada ocasión social en la que se habían presentado parientes, amigos, conocidos y perfectos desconocidos que iban a cotillear. En suma, el pueblo entero. Nos costó dios y ayuda pasar de la primera planta, nos era imposible avanzar por aquel exiguo espacio repleto de gente y, además, teníamos que detenernos cada dos minutos a saludar, y es que nos encontramos con todo Elche, incluidos los amigos que debían de ir a nuestro velatorio pero que se habían quedado en la primera planta atraídos por el bullicio y la irrepetible plana de personalidades allí reunidas.