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De pequeña hubo una temporada en la que odié a mi madre con toda mi alma porque no conseguía entenderla y porque me exasperaban sus suspiros, sus enfermedades, sus cansancios y sus lágrimas, y transformé mi amor en odio en un intento desesperado, supongo, de zafarme de mi parte de responsabilidad (responsabilidad que no existía, pero eso ¿cómo iba a saberlo yo?), y la aborrecí hasta tal punto que cada vez que me preguntaban en el colegio si quería más a mi papá o a mi mamá respondía orgullosamente que a mi mamá no la quería (y lo que me sorprende ahora que lo escribo es que nadie nunca intentara decirme que aquello estaba mal, nunca). De ahí que después me resultara dificilísimo acercarme de nuevo a ella. Por eso quizá me dolió más que a nadie que se muriera, porque al dolor de la pérdida se mezclaba el de la culpa y ahora estoy pagando el no haber tenido la decencia ni los arrestos de decir que mejor me iba por mi cuenta al funeral y lloraba a mi madre a mi modo y como a mí me diera la gana, y lloraba de paso la posibilidad de una comunicación irrecuperable y que nunca se dio, y lloraba la infancia que no tuve y habría querido tener y la cantidad de cosas no dichas que se han quedado para siempre a este lado de la vida.

En cuanto a mi padre, siempre sentí que asfixiaba como una planta parásita. Porque cuando él me quería yo me odiaba. Porque para que me quisiera yo tenía que fingir que no era yo, que no creía en lo que creía, que no recordaba lo que recordaba y que aprobaba unos comportamientos que no aprobaba. Yo creí que el verdadero amor no podía exigir del otro una renuncia, no quería creer a Wilde y pensar que el amor es, por definición, un asesino. Por eso creo que cuando él decía que me quería mucho decía la verdad, pero decía su verdad, no la mía, porque la verdad está en la cabeza de cada uno, y no es un axioma inmutable y es cierto que él me ha querido, pero me ha querido cuando era una niña y por tanto una extensión de su persona sin personalidad ni autonomía propias, y me ha querido más mayor pero sólo cuando mentía y me adaptaba a lo que él quería de mí, y no llevaba, por ejemplo, a mi novio a las comidas familiares de cada dos domingos por más que Vicente blasonease (mejor dicho, pendonease) a sus Mashenkas, Tatianas, Olgas o Natalias. Me quería cuando yo me presentaba sola y además vestida como nunca me vestiría en otra parte, con el pelo recogido y un traje de chaqueta, me quería cuando me portaba bien y procuraba no preguntar mucho sobre la vida de los demás ni tampoco contar demasiado sobre la mía, no hablar demasiado de nada en general y limitarme a poner buena cara y a dar cuenta de lo que hubiera en el plato. Me quería cuando no era yo.

Me he pasado la vida persiguiendo inútilmente la aprobación familiar como el burro que avanza por un camino marcado por su dueño a base de perseguir la zanahoria al final del palo, y sólo he conseguido avanzar por un camino que yo no había decidido y no conseguir sentirme mejor ni más querida por eso.

Se me hacía muy difícil aspirar a conseguir la aprobación de mi padre, un trofeo por otra parte que se hacía más valioso a mis ojos por lo disputado: todos, menos mi madre, babeábamos tras él como perritos. La Eva real no parecía gustarle y pretendía machacarla a base de llamarla mimada, loca, desagradecida y mentirosa (mimada si no se levantaba a su hora, loca si se ponía la famosa muñequera de pinchos, desagradecida desde el primer verano que decidió no pasarlo en Santa Pola, mentirosa si afirmaba que a su hermano le faltaba un tornillo). Yo siempre supe cómo era él, y le aceptaba. Es más, le quería. Le quería mucho, demasiado incluso, pero sabía que me había embarcado en una relación de amor imposible. Y cuando vi que se repetía el mismísimo patrón con el hombre cuyo nombre está escrito en un trozo de pergamino encerrado en una botella enterrada en un descampado cerca de Cuatro Vientos, que estaba persiguiendo desesperadamente a alguien que no podría nunca devolverme lo que yo le daba, me di cuenta de que aguantaba esa relación porque seguía un esquema aprendido, porque estaba jugando a ser mi madre sin serlo, poniéndome en el lugar de la misma mujer a la que mi padre tanto decía amar, cambiando el escenario pero reinterpretando el libreto palabra por palabra en un intento desesperado e inútil de cambiarle el final.

Te juro que una parte de mí se siente muy culpable por escribir lo que escribe, la misma parte que siempre se sintió culpable por todo, la misma que creía amar a músicos brillantes que no buscaban otra cosa que una rubita mona que les animara las salidas y otras cuantas cosas más. Pero otra, que creo que es mi yo esencial, tiene la impresión de que si no escribe lo que siente, que si no protesta y clama por sus derechos, no va a sobrevivir. De la misma forma que sabe que hablar con sinceridad significa romper lazos, aunque sólo sea para anudar otros nuevos menos apretados que no la ahoguen tanto. Los lazos antiguos había que romperlos antes o después porque se estaban convirtiendo poco a poco en la soga del ahorcado. Y la culpa es el precio que se paga por la libertad.

Y no sabes lo que me duele escribir esto porque toda la vida he soñado con tener una familia idílica que me quisiera incondicionalmente, de esas de teleserie yanqui, un refugio al que acogerme en caso de necesidad. Y duele dar por terminada esa ilusión. Esa ilusión que todos acariciamos, pero que no se puede materializar en la vida real. Porque ningún ser humano es perfecto y por lo tanto no existe la familia perfecta. Y si las series de televisión nos advirtieran de que todas las familias, todas, se basan en lazos de afecto y complicidad, pero que están anudados, en enmarañada red, con otros de celos, traiciones, desilusiones y envidias, no nos decepcionarían tanto nuestros padres y hermanos y aprenderíamos a valorar a cada familia como lo que es: ni mejor ni peor; distinta. O igual, según se quiera ver. Duele admitir esto, es cierto. Duele crecer. Pero ya lo dijo el cantautor italiano: lo siento mucho, la vida es así y no la he inventado yo.

Lo que quiero que entiendas, Amanda, si algún día lees esto, es que cuando aquel Mercedes por fin se detuvo en Madrid y yo llegué a casa con los ojos rojos y la cabeza enredada, me di cuenta de que uno no se puede pasar la vida ni intentando ser como sus padres quieren que sea ni culpándolos a ellos de la persona en la que uno se ha convertido. Porque si se estanca en la infancia no crece, y si no crece nunca será una persona completa, sino un simple apéndice de su mamá, dependiente de su aprobación y temeroso de su desprecio. Yo no estoy contenta de cómo me trataron, pero al fin y al cabo ¿quién lo está?, ¿existe alguna persona que no tenga algo que reprochar a su educación y su crianza?, ¿soy tan ingenua como para pensar que, en el futuro, tú no tendrás algo que reprocharme? Y también pienso a veces que quizá no pudieron o no supieron hacerlo de otra manera. Peor aún, que es más que probable, por no decir irremediable, que yo también me equivoque contigo. Quién sabe si las cosas hubieran ido a mejor si mi madre se hubiera casado con el tío Miguel o si mi padre no hubiera tenido que ver al cuñado que fue rival día sí y día también. Quién sabe si todo habría sido mejor de no haber estado los bandos divididos por una guerra cainita, quién sabe si las cosas pueden ir mejor o si en realidad la vida está sujeta a leyes fatales contra las que nada se puede oponer porque es la divina fatalidad la que mueve todo con hilos invisibles. Yo, desde luego, no lo sé, Amanda, pero sí sabía entonces que quería protegerte de todo aquello, y por eso, cuando una semana después llamó mi padre para saber si todo iba bien y me dijo que no hacía falta que llorase tanto, que no había que sacar las cosas de quicio, que lo único que había pasado era que mi hermano perdió los nervios, esperando que yo aceptase, una vez más, la normalidad de Vicente y la exageración de mis propias reacciones, le colgué el teléfono y no le he vuelto a llamar desde entonces a sabiendas de que ese amor de padre me estaba asfixiando y que en cierto modo su vida se había alimentado siempre de la nuestra, con dos hermanas enfrentadas jugando a la buena y a la mala y un tercer hijo siempre machacando a la cuarta para disimular su complejo de inferioridad. Sé que cuando tú seas mayor podrás juzgarme igual que yo un día juzgué a mi padre, y eso me aterra, porque pienso que si mis padres no supieron hacer las cosas de otra manera es más que probable que yo tampoco sepa transmitirte nada válido, que cometa los mismos errores y vuelque en ti mis frustraciones y mis miedos, que no sepa contener mis accesos de mal genio, esconder mis inseguridades y mis neuras, ser refugio ni consuelo cuando me necesites. Es más que probable que algún día me desprecies cuando leas que te concebí como asidero a la vida, que te utilicé incluso antes de que nacieras.