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Lo frenó el ruido de la puerta al abrirse. Cuando se dio la vuelta vio a Julia mirándole en silencio, sin demostrar ni placer ni consternación por su presencia. Levantó la copa de vino, saludándolo sarcásticamente.

– Comisario. ¿Es una visita social? No puede acompañarme si se va a hacer el duro.

– Vaya, vaya -miró con detenimiento el jersey rojo desteñido que llevaba por encima de unas mallas negras-, una explosión de color. ¿Es indicativo de algo?

– Hay veces que una debe abandonar sus principios cuando no ha hecho la colada -respondió con aire de sabiduría-. Pase. ¿Qué va a pensar de mis modales? También -añadió, mientras retrocedía hacia la sala- puede ser mi concesión al duelo.

– ¿Una proclama a la inversa? -preguntó Kincaid, siguiéndola a la cocina.

– Algo así. Le traeré una copa. El vino está arriba. -Abrió un armario y se puso de puntillas, estirándose para llegar al estante. Kincaid se dio cuenta de que no llevaba zapatos sino calcetines gruesos y sus pies parecían pequeños y desprotegidos-. Con ordenó la cocina adaptándola a sus necesidades -cogió una copa-. Y parece que siempre que quiero algo, está siempre fuera de mi alcance.

Kincaid se sintió como si se hubiera entrometido en una fiesta.

– ¿Estaba esperando a alguien? No necesito interrumpirla. Sólo quería hablar brevemente con usted y quizás recoger las cosas de Sharon Doyle.

Julia se dio la vuelta y apoyó la espalda contra la encimera. Lo miró mientras sostenía las dos copas contra el pecho.

– No esperaba a nadie, comisario. No hay un alma que esperar. -Se rió entre dientes de su propio sentido del humor-. ¡Vamos! Ya habíamos superado lo de comisario, ¿no? -añadió por encima del hombro mientras lo conducía de nuevo al salón-. Supongo que soy yo la reincidente.

No estaba más que un poco achispada, decidió Kincaid al subir las escaleras detrás de ella. Su equilibrio y coordinación aún estaban bien, aunque se movía con más cuidado de lo normal. Al pasar el primer rellano echó una ojeada a la cama alborotada, deshecha, a través de la puerta abierta. La puerta del despacho seguía cerrada.

Cuando llegaron al estudio vio que las lámparas estaban encendidas y los estores bajados. Le pareció que la habitación había adquirido una capa más de la personalidad de Julia en las veinticuatro horas que habían pasado desde que la había visto por última vez. Había estado trabajando y una pintura parcialmente acabada estaba prendida en una tabla, encima de la mesa de trabajo. Kincaid reconoció la planta por las excursiones de su niñez en Cheshire. Era una verónica, cuyas flores azul genciana -que cubrían los márgenes de los senderos- se decía que le daban a uno fuerzas durante el viaje. También recordó su consternación al descubrir que su belleza no se podía mantener cautiva -las delicadas flores se marchitaban y morían a los pocos minutos de cogerlas.

En el resto de la superficie de la mesa había libros de botánica abiertos, papeles arrugados y varias copas sucias. La habitación olía a humo de tabaco y, levemente, al perfume de Julia.

Julia caminó, sin hacer ruido, por encima de la alfombra persa y se dejó caer en el suelo, en frente del sillón, el cual utilizaba de respaldo. Al lado del sillón había un cenicero rebosante y un cubo para hielo que contenía una botella de vino blanco. Llenó la copa de Kincaid.

– Por Dios, siéntese, Duncan. No se puede celebrar un funeral estando de pie.

Kincaid se sentó en el suelo y aceptó la copa.

– ¿Es eso lo que hacemos?

– Y además con un excelente Cap d’Antibes. A Con le hubiera gustado que celebráramos un velatorio, ¿no cree? A él le iban las tradiciones irlandesas. -Tomó un sorbo del vino que le quedaba en la copa e hizo una mueca-. Caliente. -Se llenó la copa y luego encendió un cigarrillo-. Voy a tratar de fumar menos, lo prometo -dijo, sonriente, antes de que Kincaid pudiera protestar.

– ¿Qué está haciendo, Julia, atrincherándose aquí arriba de esta manera? El resto de la casa parece como si nadie lo hubiera ocupado. -Examinó su cara, y decidió que las sombras bajo sus ojos eran más pronunciadas que el día antes-. ¿Ha comido algo?

Se encogió de hombros y dijo:

– Todavía quedaba algo en la nevera. Cosas del estilo de Con, por supuesto. Yo me hubiera conformado con pan y mermelada. Supongo que no me di cuenta -hizo una pausa para dar una calada a su cigarrillo- de que se convertiría en la casa de Con. No en la mía. Ayer me pasé la mayor parte del día limpiando, pero parece como si no hubiera servido de nada. Él está por todas partes. -Hizo un movimiento circular con la cabeza, indicando el estudio-. Excepto aquí. Si alguna vez estuvo aquí arriba, no dejó huellas.

– ¿Qué es lo que le hace querer erradicarlo tan a conciencia?

– Ya se lo he dicho, ¿no? -frunció las cejas y lo miró por encima de la copa, como si no recordara del todo-. Con era un mierda de primera categoría -dijo, sin exaltarse-. Bebedor, jugador, donjuán, un patán con la labia de un irlandés que él pensaba que lo llevaría adonde quisiera. ¿Por qué iba a querer recordarlo?

Kincaid arqueó las cejas con aire escéptico y tomó un sorbo de su vino.

– ¿Podemos atribuir esto también a Connor? -saboreó su seca finura en el paladar.

– Tenía buen gusto y era sorprendentemente hábil para encontrar una ganga -admitió Julia-. Imagino que es un legado de cómo fue educado.

Kincaid se preguntó si la atracción de Connor por Sharon Doyle se debía también a su educación: el hijo único, mimado, de una madre que lo adora y que se consideraba merecedor de su devoción. Esperaba que Con hubiera reconocido también la valía de Sharon.

Fue asombroso cómo Julia pareció leer sus pensamientos:

– La amante… ¿Cómo dijo que se llamaba?

– Sharon. Sharon Doyle.

Julia asintió, como si el nombre hubiera encajado en su mente.

– ¿Rubia, un poco gordita, joven, no muy sofisticada?

– ¿La ha visto? -preguntó Kincaid, sorprendido.

– No es necesario. -La sonrisa de Julia fue de compunción-. Simplemente he imaginado mi antítesis -dijo, y se trabó un poco con las consonantes-. Míreme.

A Kincaid le resultó fácil complacerla. Enmarcada en la campana que formaba su cabello, la cara de Julia mostraba humor e inteligencia a partes iguales. Él le dijo, tomándole el pelo:

– Entiendo su hipótesis sólo hasta cierto punto. ¿Está acaso sugiriendo que debería considerarla antigua y cansada de la vida?

– Bueno, no del todo. -Esta vez le dio el beneficio de su sonrisa, y Kincaid pensó de nuevo lo extraño que resultaba ver la sonrisa de Sir Gerald trasladada tan directamente a su delgada cara-. Pero entiende lo que le digo, ¿no?

– ¿Por qué habría Con de querer a una mujer lo más opuesta a usted que pudiera encontrar?

Ella dudó un momento, movió la cabeza como negando, rehuyendo el tema.

– Esta chica, Sharon, ¿cómo lo lleva?

– Diría que apenas lo sobrelleva.

– ¿Cree que la ayudaría si hablara con ella? -Apagó el cigarrillo en el cenicero y añadió, con delicadeza-: Nunca he estado segura de cuál era el protocolo adecuado en estas situaciones.

Kincaid intuyó cuán vulnerable se sentiría Sharon en presencia de Julia, y sin embargo no tenía a nadie con quien compartir su dolor. Cosas más raras había visto.

– No lo sé. Creo que a ella le gustaría asistir al funeral de Connor. Le diré que será bienvenida, si lo desea. Pero no esperaría demasiado.

– Con le habrá explicado historias de horror sobre mí, estoy segura -dijo Julia, asintiendo-. Es normal.

Kincaid, mirándola socarronamente, dijo: