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¿Por qué hacen esto por

nosotros?

Porque les quiero, me gustaría

contestar,

pero raramente encuentro

las palabras

mientras les tiendo el saco

junto con mi corazón,

mi esperanza y mi fe,

que apenas alcanzan para tantos.

Y como siempre, la peor cara

para el final,

después de algunas alegres

y otras tan próximas

a la muerte

que no pueden hablar.

El rostro que me acompaña

a casa en el corazón,

con su corona de espinas

sobre la cabeza

y la cara devastada,

es el más sucio

y el más terrible de todos.

Allí de pie, me mira

manteniendo las distancias;

su mirada me taladra

con una expresión

a veces desolada

y al mismo tiempo ominosa

y desesperanzada.

Lo veo venir

derecho hacia mí.

Quiero escapar,

pero no puedo hacerlo

ni me atrevo.

Saboreo el miedo.

Nos encontramos

frente a frente,

paladeando el terror mutuo

como lágrimas

que se mezclan en una cara.

Y de pronto recuerdo

y pienso:

si esta fuera mi última

oportunidad

de tocar a Dios,

de tender la mano

y ser tocada por Él

a su vez,

si esta fuera mi última

oportunidad

de demostrar mi valor

y mi amor por Él,

¿echaría a correr?

Permanezco en mi sitio,

recordándome

que Él se manifiesta

de muchas maneras,

con distintos rostros,

con malos olores

y quizá incluso

con la mirada airada.

Tiendo la bolsa,

sin osadía ninguna;

simplemente respiro,

pues he recordado por qué

salí en esta

oscura noche

y para quiénes…

Estamos frente a frente,

iguales y solos,

y la muerte planea

sobre nosotros.

Al fin, mientras coge la bolsa,

susurra Dios te bendiga

y se aleja,

mientras regresamos

a casa,

en silencio y victoriosos,

tengo la certeza de que,

una vez más,

hemos sido tocados

por la mano de Dios.

Refugio

En otro tiempo quebrantada

más ahora renovada,

tu recuerdo

es un lugar

donde busco

refugio,

tus costuras,

mis cicatrices,

el legado

de quienes

nos amaron.

Nuestras victorias

y derrotas

convergen

poco a poco,

nuestras historias

se funden

en una,

se dejan acariciar

por el sol

de invierno,

y ya no me siento

quebrantada.

Y toda yo,

al fin completa,

como una antigua vasija

agrietada

pero hermosa,

los misterios

de la vida

ya no necesitan

respuesta

y tú, querido amigo,

tomados de la mano,

seguimos

rehaciéndonos.

Y la vida

empieza de nuevo,

una canción

de amor

y alegría

que no tiene

fin.

Capítulo 1

Era uno de esos días fríos y brumosos que caracterizan el verano en el norte de California. El viento barría la playa en forma de media luna alargada, levantando nubes de arena fina. Una niña pequeña ataviada con bermudas rojas y jersey blanco paseaba despacio por la playa de cara al viento mientras su perro husmeaba las algas que alfombraban la orilla.

La pequeña tenía el cabello corto, rojizo y rizado, ojos color miel con motitas ámbar y la tez salpicada de pecas. Quienes sabían de niños le habrían echado entre diez y doce años. Era grácil, menuda y de piernas flacas. Su perro era un labrador de color chocolate. Habían bajado caminando sin prisas desde la urbanización vallada hasta la playa pública que se extendía en el extremo más alejado. La playa estaba casi desierta por el frío pero a la niña no le importaba. De vez en cuando, el perro ladraba al ver levantarse las nubecillas de arena y luego regresaba corriendo a la orilla. En un momento dado se puso a ladrar frenético al descubrir un cangrejo, y la niña estalló en carcajadas. A todas luces, la pequeña y el perro eran buenos amigos. Algo en la forma de caminar juntos delataba una vida solitaria, como si dieran aquellos largos paseos a menudo.

Algunos días hacía mucho sol y calor en la playa, como cabría esperar en el mes de julio, pero no siempre. Cuando la niebla se cernía sobre el paisaje, un frío invernal se adueñaba del lugar. Se veía llegar la bruma a caballo sobre las olas, atravesando los pilares del Golden Gate. En ocasiones se distinguía el puente desde la playa. Safe Harbour se encontraba a treinta y cinco minutos al norte de San Francisco, y más de la mitad del trayecto que mediaba entre ambos lugares estaba ocupado por una urbanización privada de casas ancladas tras las dunas a lo largo de la playa. Solo tenían acceso directo a la playa las casas construidas en primera línea. En la otra punta empezaba la playa pública y una hilera de casas más modestas, casi cabañas, que también disponían de acceso a la playa. En los días cálidos y soleados, la playa pública estaba atestada de bañistas, pero por regla general también aquel espacio aparecía casi desierto, y, en la zona privada, la presencia humana era harto infrecuente.