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Se había casado con ella. Eso era algo casual, ¿no? Las jodidas serpientes le habían dicho que lo haría. Ella también había pronunciado las palabras que la unían a él. Todavía no sabía por qué. ¿Tendría que ver con esos augurios de los que solía hablar? Su noviazgo había sido más un juego que una historia de amor. A Mat le gustaban los juegos, y siempre había jugado para ganar. La mano de Tuon había sido el premio. Ahora que ya la había ganado, ¿qué hacía con ella?

Moviéndose como un junco al viento, Tuon siguió con la serie de poses. Una inclinación hacia allí, luego un movimiento ondulante hacia allá. Los Aiel llamaban «la danza» a la batalla, y «danzar las lanzas», a luchar. ¿Qué pensarían de esta disciplina? Tuon se movía con la misma gracilidad que cualquier Aiel. Si la batalla era una danza, gran parte de ella se ejecutaba con la música de una tumultuosa taberna. Esto otro se realizaba con la melodía acompasada de un maestro cantor.

Algo se movió un poco más allá de Tuon, a su espalda. Mat se puso en tensión. Ah, sólo era un jardinero. Un tipo de aspecto corriente, con un gorro en la cabeza y pecas en la cara. De esos que apenas llamaban la atención. Mat dejó de pensar en él y se echó hacia adelante otro poco para ver mejor a Tuon. Sonrió ante su belleza.

«¿Por qué hay un jardinero fuera, a estas horas? —pensó—. Debe de ser un tipo raro.»

Mat le echó otro vistazo al hombre, pero le costó trabajo localizarlo. El jardinero pasó de pronto entre dos miembros de la Guardia de la Muerte. No pareció que a los soldados les importara. Tampoco debería importarle a él. Debían de confiar en el hombre...

Mat buscó debajo de una manga y sacó un cuchillo. Lo alzó sin pararse a pensar por qué. Al hacerlo, rozó con la mano una de las ramas, con suavidad.

Tuon abrió los ojos de pronto y, pese a la tenue luz, los clavó en Mat. Vio el cuchillo en su mano, a punto de salir lanzado por el aire.

Y entonces miró hacia atrás.

Mat lanzó el cuchillo y el arma reflejó la luz azul en sus giros por el aire. Pasó a menos de un dedo de distancia de la barbilla de Tuon y alcanzó al jardinero en el hombro cuando el hombre enarbolaba un cuchillo suyo. El hombre soltó un grito ahogado y se tambaleó hacia atrás. Mat habría preferido acertarle en la garganta, pero no había querido correr el riesgo de herir a Tuon.

En lugar de hacer lo que habría sido razonable, que era apartarse, Tuon saltó hacia el hombre al tiempo que lanzaba dos golpes con las manos dirigidos al cuello del tipo. Esa reacción hizo sonreír a Mat. Por desgracia, ella estaba un poco desequilibrada y el asesino tuvo el tiempo justo para conseguir retroceder y escabullirse entre los desconcertados Guardias de la Muerte. La segunda daga de Mat se clavó en el suelo, detrás del pie del asesino, mientras éste se desvanecía en la noche.

Un instante después, tres hombres —cada uno de ellos con un peso más o menos semejante al de un edificio pequeño— se precipitaron sobre él y le aplastaron la cara contra el suelo seco. Uno le pisó la muñeca y otro le arrebató la ashandarei.

—¡Alto! —gritó Tuon—. ¡Soltadlo! ¡Id tras el otro, estúpidos!

—¿Qué otro, majestad? —preguntó uno de los guardias—. No había nadie más.

—Entonces, ¿de quién es esta sangre? —inquirió Tuon al tiempo que señalaba la mancha oscura en el suelo que el asesino había dejado—. El Príncipe de los Cuervos vio lo que vosotros no visteis. ¡Registrad la zona!

Los Guardias de la Muerte se quitaron de encima de Mat con lentitud. Él dejó escapar un gemido. Pero ¿con qué se alimentaban esos tipos? ¿Con ladrillos? No le gustaba que lo llamaran «Alteza», pero un poco de respeto no habría estado mal. Es decir, si con ello hubiera evitado que se sentaran encima de él.

Se puso de pie y extendió la mano hacia un avergonzado Guardia de la Muerte. La cara del tipo tenía más cicatrices que piel. Le tendió a Mat la ashandarei y después salió en pos de sus compañeros para ayudarlos en el registro del jardín.

Tuon se cruzó de brazos; era evidente que no estaba amedrentada.

—Así que decidiste retrasar presentarte ante mí para reincorporarte, Matrim.

—¿Retrasar... qué? Vine a prevenirte, no a reincorporarme ni a presentarme ante nadie, puñetas. Soy mi propio dueño.

—Puedes pensar lo que gustes —contestó Tuon, que miró hacia atrás, donde los Guardias de la Muerte golpeaban los matorrales—. Pero no debes ausentarte. Eres importante para el imperio, y me eres de utilidad.

—Maravilloso —rezongó él.

—¿Quién o qué era eso? —preguntó Tuon en voz queda—. No vi al hombre hasta que tú llamaste mi atención. Estos guardias son lo mejor del imperio. He visto a Daruo atrapar una flecha en pleno vuelo con la mano desnuda, y vi una vez a Barrin impedir que un hombre se acercara demasiado a mí porque sospechaba que era un asesino con la boca llena de veneno. Tenía razón.

—A los tipos como ése se los conoce como Hombres Grises —dijo Mat con un escalofrío—. Hay algo en ellos que los hace peculiarmente corrientes. Tanto, que resulta difícil reparar en ellos, fijarse con atención.

—Hombres Grises —repitió Tuon, distraída—. Más mitos que se hacen realidad. Como vuestros trollocs.

—Los trollocs son reales, Tuon. Jodidamente rea...

—Pues claro que lo son —lo interrumpió ella—. ¿Por qué no iba a creer que son reales? —Le asestó una mirada desafiante, como retándolo a que mencionara las veces que los había llamado «mitos»—. Lo de los Hombres Grises parece ser real también. No hay otra explicación al hecho de que mis guardias permitieran que éste pasara.

—Me fío de los Guardias de la Muerte —comentó Mat, que se frotó el hombro donde uno de ellos le había plantado la rodilla—. Pero no sé, Tuon. El general Galgan está tramando que te asesinen; podría estar colaborando con el enemigo.

—Galgan no va en serio en lo de matarme —contestó ella con indiferencia.

—¿Estás chiflada?

—¿Y tú eres imbécil? —replicó Tuon—. Sólo contrata asesinos de esta tierra, no asesinos de verdad.

—Ese Hombre Gris es de aquí —recalcó él.

Aquello la hizo reflexionar.

—¿Con quién apostaste el ojo? —inquirió después Tuon.

¡Luz! ¿Es que todo el mundo le iba a hacer esa pregunta?

—Tuve una mala racha —contestó—. Salí con vida de ella, que es lo único que importa.

—Mmmmm... ¿Y la salvaste? ¿A la que fuiste a rescatar?

—¿Y cómo sabes tú eso?

—He decidido no ser celosa —dijo ella sin responder a la pregunta—. Tienes suerte. Te sienta bien que te falte un ojo. Antes eras demasiado guapo.

¿Demasiado guapo? Luz. ¿Y qué quería decir con eso?

—Me alegro de verte, por cierto —dijo Mat. Se quedó esperando unos instantes—. Por lo general, cuando alguien le dice a uno algo así, la costumbre es contestar que también te alegras de verlo.

—Ahora soy la emperatriz —repuso Tuon—. Yo no hago cumplidos a los demás, y que la gente retorne no es motivo de alegría para mí. Su retorno está previsto, ya que me sirve.

—Sabes cómo hacer que un hombre se sienta querido. En fin, sé lo que sientes por mí.

—¿Y qué es lo que siento?

—Miraste hacia atrás.

—Había olvidado que eres un especialista diciendo cosas que no tienen sentido, Matrim —dijo ella al tiempo que meneaba la cabeza.

—Cuando me viste con una daga en la mano —explicó él—, como si fuera a arrojártela, no llamaste a tus guardias. No temiste que hubiera venido a matarte. Miraste hacia atrás para ver a qué o a quién apuntaba. Creo que es el gesto más cariñoso que un hombre podría recibir de una mujer. A menos que quieras sentarte en mis rodillas un ratito...

Ella no contestó. Luz, qué fría parecía. ¿Las cosas iban a ser diferentes ahora que era emperatriz? No podía haberla perdido ya, ¿verdad?