Frente a ellos, los trollocs se agrupaban para lanzar el ataque. No tardarían en hacerlo. Más cerca, Agelmar había situado a la caballería pesada en los valles para lanzar ataques por los flancos una vez que los trollocs cargaran, con la caballería ligera detrás de las colinas para, llegado el momento, apoyar la retirada de la caballería pesada. Agelmar no dejaba de rezongar por no tener piqueros, aunque la falta de tropas de infantería era precisamente lo que había facilitado que sus repliegues tuvieran éxito.
«Para lo que ha servido», pensó Lan, abatido, mientras estudiaba el mar casi infinito de trollocs. Sus tropas habían elegido con cuidado cuándo y dónde entablar batallas y cuándo y dónde replegarse. Habían matado decenas de miles y habían perdido sólo miles mientras dejaban Shienar quemada a su paso, sin nada que sustentara a los trollocs en su avance. Al parecer, todo eso no había servido de mucho.
Estaban perdiendo la guerra. Sí, habían retrasado el avance de los trollocs, pero no con suficiente contundencia ni durante bastante tiempo. Dentro de poco se encontrarían atrapados y los destruirían al no contar con la ayuda del ejército de Elayne, que pasaban apuros tan graves como ellos.
El cielo oscureció. Lan alzó la vista con rapidez. Las nubes seguían allí, pero mostraban un aspecto mucho más ominoso. La tierra quedó cubierta por una oscuridad más profunda.
—Maldición —exclamó Andere, que miró hacia arriba—. ¿El Oscuro se habrá tragado el sol de algún mundo? Tendremos que llevar linternas para luchar, aunque sea mediodía.
Lan se llevó la mano al peto; debajo de la armadura guardaba la carta de Nynaeve, cerca del corazón.
«¡Luz! Ojalá su lucha vaya mejor que la mía.» Ese día, más temprano, ella y Rand habían entrado en la Fosa de la Perdición.
Al otro lado del campo de batalla, los cansados encauzadores, apartando los ojos del aterrador cielo oscuro, lanzaron luces que flotaron en el aire. No era que con ellas se viera gran cosa, pero tendrían que arreglárselas. Pero en ese momento la oscuridad empezó a retirarse y la luz volvió poco a poco, aunque el día seguía nublado, como venía siendo habitual.
—Reúne a la Guardia Real de Malkier —dijo Lan.
Así era como llamaban a su grupo los componentes de la guardia personal que lo protegía. Era una antigua denominación malkieri para la guardia del rey en la batalla. Lan aún no sabía qué pensar sobre el hecho de que el príncipe Kaisel, oriundo de Kandor, se considerara uno de ellos.
Muchos de los malkieri de Lan tenían poca ascendencia malkieri de verdad; habían llegado a él más como un honor que por otra cosa. Lo del príncipe era diferente. Lan les había preguntado, a él y a sus compañeros, si sería correcto que juraran lealtad a un rey extranjero, por mucha amistad que hubiera entre sus reinos.
—Malkier representa las Tierras Fronterizas en esta guerra, Dai Shan —fue la única respuesta que recibió.
Un rayo se descargó cerca; el retumbo del trueno alcanzó a Lan como algo físico. Mandarb apenas acusó el impacto de la onda sonora. El animal empezaba a acostumbrarse a ellos. La Guardia Real se reunió y Andere asió el estandarte de Lan y ató la contera del astil a la bolsa de cuero —sujeta con correones al arzón de la silla— para poder llevarlo sin privarse de manejar la espada.
Llegaron las órdenes de Agelmar para ellos. Lan y sus hombres estarían inmersos en el meollo del combate. Una vez que los trollocs arremetieran, la caballería pesada atacaría los flancos para frenar el impulso de la carga enemiga. Lan y sus hombres atacarían a las criaturas de frente.
Como Lan prefería. Agelmar sabía que no debía andarse con contemplaciones respecto a él. Lan y sus tropas defenderían el centro del terreno que llevaba a las colinas y obligarían a los trollocs a luchar de tal modo que los arqueros podrían lanzar andanada tras andanada contra las filas de retaguardia. La mayoría de las fuerzas de hostigamiento quedarían en reserva para prevenir que el enemigo rodeara su flanco derecho en una maniobra envolvente; tenían el río a la izquierda, un elemento disuasorio natural para los trollocs. Era un buen plan, si es que cualquier plan podía considerarse bueno frente a una superioridad numérica tan abrumadora. Con todo, que Lan pudiera ver, Agelmar no estaba cometiendo errores. El gran capitán se quejaba últimamente de tener sueños abrumadores; pero, habida cuenta de la guerra que contendían, Lan se habría preocupado más si el hombre no hubiera soñado con muerte y batallas.
Los trollocs empezaron a moverse.
—¡Adelante! —gritó Lan al tiempo que el toque de trompetas sonaba en el aire, acompañado por el fragor de los truenos.
A corta distancia de las murallas de Cairhien, Elayne cabalgaba a lomos de Sombra de Luna a lo largo de las líneas de vanguardia; el ejército había formado conforme a los planes de batalla de Bashere, pero ella estaba preocupada.
Lo habían conseguido. Una rápida marcha río arriba, a lo largo de la calzada, para llegar a Cairhien antes que el ejército trolloc. Elayne había situado a su ejército en la parte más al norte de la urbe para enfrentarse al contingente que llegaba de esa dirección. También había dejado algunos dragones y una compañía de arqueros río abajo, para retardar el avance de los trollocs que intentaran cruzar el río por allí; tenían que retirarse rápidamente hacia el norte cuando se hiciera imposible impedir que el enemigo cruzara.
Derrotar al ejército que tenían delante; después, hacer frente al que iba detrás. Era su única posibilidad. Las Allegadas estaban exhaustas, pues Elayne había necesitado muchos accesos para mover a sus hombres. La fatiga de las encauzadoras significaba que Elayne no podría contar con ellas en este combate. A las mujeres habría que pedirles que se esforzaran un poco más para crear pequeños accesos a Mayene para mandar a los heridos a fin de que recibieran la Curación.
El ejército de Elayne era algo más grande que el de los Engendros de la Sombra, pero sus tropas se hallaban agotadas. En pleno estado de ansiedad ante la inminente batalla, algunos hombres se desplomaban en las líneas y las picas caían hacia adelante. Incluso los que aguantaban firmes tenían los ojos enrojecidos. No obstante, aún contaban con los dragones de Aludra. Eso sería suficiente.
Elayne había pasado en vela la noche anterior buscando unas palabras que infundieran ánimo, algo que decir ese día que tuviera significado. ¿Qué decía una cuando todo llegaba a su fin?
Detuvo a Sombra de Luna delante de la línea de soldados andoreños. Sus palabras llegarían, transportadas por tejidos, a todo el ejército. Se sorprendió al ver que algunos Aiel se acercaban para oír lo que iba a decir. No habría imaginado que las palabras de una reina de las tierras húmedas pudieran interesarles.
Abría la boca para hablar cuando el sol empezó a oscurecerse.
Elayne se quedó helada, con la vista alzada hacia el cielo, estupefacta. Las nubes se habían abierto sobre el ejército —a menudo ocurría cuando ella se encontraba cerca, una forma en que el vínculo con Rand se manifestaba— y por ello había esperado un cielo despejado y luz para esta batalla.
El sol seguía brillando allí arriba, pero empezaba a apagarse. Algo sólido y oscuro pasaba delante de él y lo estaba tapando.
Todos los hombres del ejército miraban hacia el cielo y alzaban el dedo al tiempo que la oscuridad los iba engullendo. ¡Luz! No era fácil contener el temblor.
Oyó gritos en el ejército. Lamentos, voces inquietas, gritos de abatimiento. Elayne hizo un esfuerzo para recobrar la seguridad y taloneó a la yegua para que avanzara unos pasos.
—Éste es el lugar donde os prometo que venceremos —anunció, aumentando la potencia de la voz con el Poder Único para que se proyectara a través del campo—. Aquí es donde os digo que los días continuarán, que la tierra se recuperará. Éste es el momento en el que os aseguro que la luz volverá, que la esperanza sobrevivirá y que seguiremos viviendo.