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Allí se movían sombras. Segundos después distinguía hordas de trollocs que cargaban con frenesí, hostigados. Durante un momento fue como si estuviera otra vez en Maradon viendo a sus hombres —buenos hombres— caer uno tras otro. Arrasados en las fortificaciones de la colina, demolidos en las calles de la ciudad. La explosión de la muralla.

Un acto desesperado tras otro. Matar a todos los que pudiera, como un hombre apuñalando lobos entre gritos mientras ellos lo hacen pedazos, con la esperanza de llevarse alguno consigo a la oscuridad definitiva.

La mano que sostenía el visor tembló. Se obligó a volver al presente y a sus defensas actuales. Era como si hubiera estado toda su vida librando batallas perdidas. Eso pasaba factura. De noche, oía acercarse a los trollocs. Resoplando, husmeando el aire, pateando adoquines con las pezuñas. Pesadillas recurrentes de Maradon.

—Calma, viejo amigo —dijo el rey Alsalam, que cabalgaba a su lado.

El monarca tenía una voz tranquilizadora. Siempre había sido capaz de sosegar a los demás. Ituralde estaba convencido de que los mercaderes de Arad Doman lo habían elegido por ese motivo. A veces las tensiones alcanzaban cotas altas cuando se debatía sobre comercio y guerra; los domani contemplaban ambos temas como si fueran la misma bestia. Pero Alsalam... Era capaz de tranquilizar a un mercader frenético que acabara de perder toda su flota en alta mar.

Ituralde asintió con un cabeceo. La defensa de ese valle. Tenía que mantener la mente en ese objetivo. Aguantaría, no dejaría que los trollocs salieran del paso a Thakan’dar. Así se abrasara, resistiría durante meses si el Dragón Renacido lo necesitaba. Cualquier otra batalla, todas las batallas que la humanidad había entablado así como las que ahora disputaba serían irrelevantes si él perdía allí. Había llegado el momento de sacar de la manga hasta el último truco que conocía, hasta la última y más desesperada estrategia. Allí, hasta la más mínima dilación podría proporcionarle a Rand al’Thor el tiempo que necesitaba.

—Recordad a los hombres que se mantengan firmes abajo —dijo mientras observaba a través del visor—. Preparad los troncos.

Los ayudantes despacharon las órdenes a través de un acceso hasta los pelotones involucrados. Esa terrible fuerza trolloc seguía avanzando; los monstruos empuñaban espadas enormes, lanzas de armas con la hoja retorcida y perchas de captura (una vara larga con un gancho ahorquillado en la punta) para desmontar a los jinetes. Bramaban a través del paso, y en el cielo los relámpagos saltaban entre las nubes.

«Primero los troncos», pensó Ituralde.

Cuando los trollocs llegaron a la mitad del paso, los Aiel situados a ambos lados prendieron fuego a montones de troncos apilados y engrasados —en la actualidad había tantos árboles muertos en los bosques que Ituralde no había tenido problemas para recogerlos y transportarlos a través de los accesos— y los soltaron, dejándolos caer.

Cientos de troncos en llamas se precipitaron por las paredes del paso y chocaron contra los trollocs. Los troncos engrasados prendieron la carne. Las bestias aullaban, chillaban y gritaban dependiendo del gañote que tuvieran. Ituralde alzó el visor de lentes y los observó; sintió una profunda satisfacción.

Eso era nuevo. En el pasado, nunca había experimentado esa emoción al ver morir a sus enemigos. Oh, se había sentido complacido cuando su plan funcionaba. Y, a decir verdad, la finalidad de combatir era ver a los otros muertos y a los propios hombres vivos, pero no había habido disfrute en ello. Cuanto más se luchaba, más se veía al enemigo como si fuera uno mismo. Las banderas cambiaban, pero los soldados rasos eran más o menos iguales. Querían ganar, pero por lo general estaban más interesados en una buena comida, una manta para dormir y botas sin agujeros.

Esto era diferente. Ituralde quería verlos muertos. Lo ansiaba. Sin esas bestias, jamás se habría visto abocado a sufrir la pesadilla de Maradon. Sin esas bestias, la mano no le temblaría cuando los cuernos de guerra sonaban. Lo habían destrozado.

Y, a cambio, él los destrozaría a su vez.

Los trollocs se abrían paso a través del revoltijo de troncos con gran dificultad. Había muchos quemados y los Myrddraal tenían que azotarlos para que no dejaran de avanzar. Muchos parecían querer comerse la carne de los caídos. El olor fétido les abría el apetito. Cuerpos asados. Para ellos era como el aroma de pan recién hecho.

Los Fados consiguieron que siguieran adelante, pero los trollocs llegaron enseguida a la siguiente defensa de Ituralde. Idear qué hacer allí había sido un quebradero de cabeza. En la sólida roca no se podían clavar estacas o excavar trincheras, a menos que se forzara a los encauzadores hasta el agotamiento. Podría haber hecho montones de piedras o de tierra, pero los trollocs eran grandes y unos montones que frenarían a hombres eran menos efectivos contra ellos. Además, mover tanta tierra y piedra habría significado quitar trabajadores que construían verdaderas fortificaciones en el valle. Ya había aprendido que en una guerra defensiva lo que uno quería era que las fortificaciones fueran cada vez mejores. De ese modo, uno duraba más, ya que impedía que el enemigo cobrara impulso.

Al final, la solución había sido sencilla: espinos.

Recordó que en Arad Doman había enormes espinos resecos y muertos. Su padre había sido granjero y siempre protestaba por los matorrales de espinos. Bien, pues, si había algo que a la humanidad no le faltaba eran plantas resecas. Y otra era la mano de obra. Eran millares los que habían acudido a la llamada del Dragón, y la mayoría de esos Juramentados del Dragón apenas tenía experiencia en la batalla.

Con todo, los pondría a combatir llegado el momento. Por ahora, sin embargo, los había enviado a cortar enormes espinos. Los habían colocado a través del paso, atados unos con otros en montones de veinte pies de grosor y ocho de alto. Las balas de espinos habían sido relativamente fáciles de colocar —pesaban mucho menos que piedras o tierra— y, no obstante, amontonadas como estaban, los trollocs no podrían moverlas empujándolas sin más. Las primeras filas lo intentaron al llegar a ellas, con el único resultado de que las espinas de cinco pulgadas se les clavaron. Los monstruos que iban detrás empujaban para seguir adelante, y lo que consiguieron fue que las primeras filas se revolvieran con rabia y se enfrentaran a ellos.

Todo lo cual condujo a que las fuerzas trolloc se quedaran paradas en el paso, a merced de Ituralde.

Pero él no se sentía inclinado a la clemencia con esas criaturas.

Ituralde dio la señal y el Asha’man que estaba con él —Awlsten, uno— de los que habían servido a sus órdenes en Maradon— lanzó un llameante e intenso destello rojo al cielo. A lo largo de los lados, en lo alto del paso, aparecieron más Aiel y empezaron a tirar rocas grandes y más troncos en llamas que rodaron pared abajo sobre los Engendros de la Sombra que habían quedado atrapados. A continuación llovieron flechas y piedras, cualquier cosa que pudieran lanzar, disparar o arrojar a los que se encontraban en el paso.

La mayoría de esos ataques de los hombres de Ituralde tuvieron lugar bastante dentro del paso, en el centro del grueso de trollocs. El resultado fue que la mitad retrocedió y salió por pies mientras los demás trataban de correr hacia adelante para escabullirse, empujando a los suyos contra los espinos.

Algunos trollocs llevaban escudo e intentaron protegerse de la mortífera lluvia. Cada vez que se agrupaban en formación defensiva y empezaban a crear un muro de escudos por encima de ellos, los encauzadores de Ituralde atacaban y los hacían pedazos.

No podía poner muchos encauzadores en ese trabajo, pues la mayoría se había desplazado al valle para hacer accesos por los que transportar suministros y estar alerta a la aparición de encauzadores enemigos. Ya habían tenido un segundo enfrentamiento con Señores del Espanto. Aviendha y Cadsuane Sedai tenían controladas esas operaciones.