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Perrin dio con algo vasto al intentar entrar en la mente de esos hombres. Su voluntad rebotó y salió despedida como una ramita utilizada para tratar de golpear una puerta de hierro. Perrin trastabilló hacia atrás.

Miró a Gaul e hizo un gesto de negación.

—No puedo hacer nada por ellos.

—Lo haré yo —dijo el Aiel—. Son hermanos.

De mala gana, Perrin asintió en silencio y Gaul degolló a los dos hombres. Era mejor así. Con todo, verlo fue como si se desgarrara por dentro. Detestaba lo que la lucha hacía con la gente, lo que le hacía a él. El Perrin de meses atrás no habría podido quedarse allí y mirar. Luz... Si no lo hubiera hecho Gaul, lo habría hecho él. Sabía que sí.

—Qué chiquillo eres a veces —dijo Lanfear, todavía cruzada de brazos, sin dejar de mirarlo.

Suspiró y luego lo tomó del brazo. La oleada helada de la Curación lo recorrió de la cabeza a los pies. La herida de la mejilla se cerró.

Perrin inhaló hondo y luego señaló hacia Gaul con la barbilla.

—No soy tu chica de los recados, lobezno —dijo ella.

—¿Quieres convencerme de que no eres una enemiga? —replicó él—. Sería una buena forma de empezar a conseguirlo.

Ella suspiró y a continuación hizo un gesto impaciente a Gaul para que se acercara. El Aiel lo hizo, renqueando, y Lanfear lo Curó.

Un retumbo lejano sacudió la caverna, detrás de ellos. Lanfear miró hacia allí y estrechó los ojos.

—No puedo quedarme aquí —dijo. Y desapareció.

—No sé qué pensar de ésa —comentó Gaul; se frotó el brazo donde la tela de la manga estaba quemada, pero la piel volvía a estar intacta—. Creo que juega con nosotros, Perrin Aybara, pero no sé a qué juego.

Perrin mostró su conformidad con un gruñido.

—Ese Verdugo... volverá —dijo Gaul.

—Estoy pensando, a ver qué se me ocurre hacer sobre eso. —Perrin se llevó la mano a la cintura, donde había atado con cuerdas el clavo de sueños al cinturón. Lo desató—. Quédate aquí vigilando —le encargó a Gaul, y entró en la caverna.

Perrin pasó junto a aquellas piedras que semejaban dientes. Era difícil abstraerse de la sensación de que se acercaba lentamente hacia la boca de un Sabueso del Oscuro. La luz al fondo de la pendiente era cegadora, pero Perrin creó a su alrededor una burbuja ahumada, como un cristal translúcido. Distinguió a Rand y a alguien más; ambos luchaban con espadas al borde de una profunda sima.

No. No era una sima. Perrin se quedó boquiabierto. El mundo entero parecía acabar allí, como si la caverna se abriera a una vasta nada. Un vacío eterno, como la negrura de los Atajos, sólo que aquello parecía tirar de él hacia sí. De él y de todo lo demás. Se había acostumbrado a la tumultuosa tormenta de fuera, así que no había notado el viento en el túnel. Ahora que prestaba atención, sentía a través de la caverna la corriente que lo arrastraba hacia aquel agujero.

Al mirar esa abertura, supo que nunca había entendido de verdad lo que era negrura. Eso lo era. Eso era la nada. El fin absoluto de todo. Otra oscuridad era amedrentadora por lo que podía ocultar. Esa oscuridad era diferente; si te envolvía, dejabas de ser. Total y definitivamente.

Perrin reculó a trompicones, aunque el viento que soplaba túnel abajo no era fuerte. Sólo... constante, una corriente fluyendo hacia ninguna parte. Perrin asió el clavo de los sueños y se obligó a apartarse de Rand. Cerca había alguien, una mujer arrodillada, con la cabeza inclinada, como resistiendo contra una enorme fuerza que viniera de aquella nada. ¿Moraine? Sí, y la que estaba a su derecha, también de rodillas, era Nynaeve.

El velo entre mundos era muy fino allí. Si podía ver a Nynaeve y a Moraine quizás ellas podrían oírlo.

Se acercó a Nynaeve.

—Nynaeve, ¿me oyes?

Ella parpadeó y volvió la cabeza. ¡Sí, lo oía! Al parecer, sin embargo, no lo veía. Ella miró en derredor, desconcertada, mientras se aferraba al diente de piedra que salía del suelo como si en ello le fuera la vida.

—¡Nynaeve! —gritó.

—¿Perrin? —susurró la mujer, que miró de nuevo a un lado y a otro—. ¿Dónde estás?

—Voy a hacer algo, Nynaeve —dijo—. Algo que imposibilitará crear accesos a este lugar. Si quieres Viajar a esta zona o desde ella, tendrás que crear el acceso fuera, delante de la caverna. ¿De acuerdo?

Ella asintió con la cabeza, todavía buscándolo en derredor. Por lo visto, aunque el mundo real se reflejaba en el Sueño del Lobo, no funcionaba igual a la inversa. Perrin hundió el clavo en el suelo y lo activó como Lanfear le había enseñado; creó la cúpula púrpura alrededor de la propia caverna, nada más. Regresó corriendo al túnel y salió a través del cristalino muro purpúreo para reunirse con Gaul y los lobos.

—Luz —dijo Gaul—. Estaba a punto de ir a buscarte. ¿Por qué has tardado tanto?

—¿Tanto? —repitió Perrin.

—Has estado ahí dentro casi dos horas.

Perrin meneó la cabeza.

—Es la Perforación, que juega con nuestra percepción del tiempo —dijo—. Bueno, al menos con ese clavo de sueños a Verdugo no le será fácil llegar hasta Rand.

Después de que Verdugo hubiera utilizado el clavo de sueños contra él, era satisfactorio usar el ter’angreal contra ese hombre. Perrin había creado la burbuja protectora justo lo bastante grande para que cupiera dentro de la caverna y guareciera a Rand, la Perforación y quienes se hallaban con él. La colocación significaba que los límites de la cúpula estaban dentro de roca salvo allí delante, en la boca de la caverna.

Verdugo no podría saltar al centro de la caverna y atacar; tendría que entrar por allí. O eso, o habría de encontrar la forma de excavar a través de la roca, cosa que Perrin suponía que era posible allí, en el Sueño del Lobo. No obstante, hacerlo así lo retrasaría, y eso era lo que Rand necesitaba.

Necesito que protejáis este lugar, transmitió Perrin a los lobos reunidos, muchos de los cuales todavía lamían sus heridas. El Exterminador de la Sombra combate dentro, a la caza de la presa más peligrosa que este mundo ha conocido. No debemos permitir que Verdugo llegue hasta él.

Vigilaremos este lugar, Joven Toro, transmitió uno. Otros se reúnen. No dejaremos que pase.

¿Podríais hacer esto? Perrin transmitió una imagen de lobos situados a intervalos en las Tierras Fronterizas para transmitir mensajes entre ellos con rapidez. Había miles y miles deambulando por la zona.

Perrin se sentía orgulloso de cómo había comunicado sus ideas. No había transmitido nada con palabras ni imágenes, sino como un concepto mezclado con efluvios y con un indicio de instinto. Teniendo a los lobos situados como había transmitido, podrían comunicarse con él a través de esa red casi de forma instantánea si Verdugo regresaba.

Podemos hacerlo, afirmaron los lobos.

Perrin asintió con la cabeza e hizo un gesto a Gaul.

—¿No nos quedamos? —preguntó el Aiel.

—Están pasando demasiadas cosas —dijo Perrin—. El tiempo transcurre muy despacio aquí. No quiero que la guerra nos pase de largo.

Además, todavía quedaba pendiente el asunto de lo que Graendal estaba haciendo.

26

Consideraciones

No me gusta luchar al lado de esos seanchan —susurró Gawyn, que se había acercado a Egwene.

Tampoco le gustaba a ella, y sabía que Gawyn lo percibía a través del vínculo. Pero ¿qué iba decir? No podía rechazar a los seanchan. La Sombra había llevado a los sharaníes para que combatieran bajo su bandera. En consecuencia, ella tendría que utilizar lo que tuviera a su disposición. Cualquier cosa.

Sintió picor en el cuello mientras cruzaba el campo hacia el lugar de reunión, más o menos a una milla al este del vado, en Arafel. Bryne ya había desplegado casi todas sus fuerzas en el vado. Se veían Aes Sedai en lo alto de las colinas, justo al sur del vado, y debajo de ellas, en las laderas, grandes escuadrones de arqueros y piqueros. Las tropas se sentían más descansadas. Los días que el ejército de Egwene había pasado replegándose habían servido para aliviar parte de la presión de la guerra, a despecho de los intentos del enemigo de hacerlos entrar en combate.