Выбрать главу

—Así viva para siempre —intervino Mat—. Hola, Egwene. Me alegra saber que escapaste de esos sharaníes. ¿Qué tal por la Torre Blanca? Sigue... blanca, supongo.

Egwene miró a Mat, a la emperatriz seanchan, y de nuevo a él. Por fin, sin saber qué otra cosa hacer, prorrumpió en carcajadas.

—¿Que te has casado? ¿Tú, Matrim Cauthon? —dijo luego.

—Los augurios lo pronosticaron —manifestó Fortuona.

—Habéis dejado que la atracción de un ta’veren os arrastrara demasiado cerca —declaró Egwene—. ¡Y, así, el Entramado os ha unido a él!

—Supersticiones absurdas —desdeñó Fortuona.

Egwene miró a Mat.

—Ser ta’veren nunca me ha servido de mucho —comentó Mat con acritud—. Supongo que debería estar agradecido al Entramado por no arrastrarme de las orejas a Shayol Ghul. Menuda ventaja.

—No has respondido mi pregunta, Knotai —insistió Fortuona—. ¿Sabías que esta mujer era una damane huida? De ser así, ¿por qué no me lo dijiste?

—No le di importancia —contestó él—. Y tampoco lo fue mucho tiempo, Tuon.

—Hablaremos de esto en otra ocasión —dijo con suavidad la mujer—. Y no será una conversación agradable. —Se volvió hacia Egwene—. Conversar con una antigua damane no es lo mismo que hablar con una recién capturada o una que ha sido libre siempre. Lo que ha pasado aquí se difundirá. Me habéis causado... molestias.

Egwene la miró, desconcertada. ¡Luz! Esa gente estaba completamente loca.

—¿Con qué propósito insististeis en que se celebrara esta reunión? El Dragón Renacido dijo que nos ayudaríais en la batalla. Entonces, hacedlo.

—Tenía que reunirme con vos —dijo Fortuona—. Sois mi oponente. He accedido a unirme a esta paz ofrecida por el Dragón, pero hay condiciones.

«Oh, Luz, Rand —pensó Egwene—. ¿Qué les has prometido?» Se preparó para lo que venía a continuación.

—Junto con acceder a luchar —dijo Fortuona—, reconoceré las fronteras soberanas de las naciones tal como están en la actualidad. No obligaremos a la obediencia a ninguna marath’damane salvo aquellas que entren en nuestro territorio vulnerando nuestras fronteras.

—¿Y esas fronteras son...?

—Como están trazadas en la actualidad, como le...

—Sed más específica —exigió Egwene—. Decídmelo de propia voz, mujer. ¿Qué fronteras?

Fortuona apretó los labios hasta reducirlos a una línea. Obviamente no estaba acostumbrada a que la interrumpieran.

—Controlamos Altara, Amadicia, Tarabon y el llano de Almoth.

—Tremalking —dijo Egwene—. ¿Abandonaréis Tremalking y las otras islas de los Marinos?

—No las incluí en la lista porque no pertenecen a vuestras tierras, sino al mar. No son de vuestra incumbencia. Además, no forman parte del acuerdo con el Dragón Renacido. No las mencionó.

—Tiene muchas cosas en la cabeza. Tremalking será parte del acuerdo conmigo.

—Ignoraba que estuviéramos haciendo un acuerdo —contestó con calma Fortuona—. Requeristeis nuestra ayuda. Podemos irnos en un momento si lo ordeno. ¿Cómo os iría contra ese ejército sin nuestro apoyo, que tan recientemente me suplicasteis que os prestara?

«¿Suplicar?», pensó Egwene.

—¿Os dais cuenta de lo que ocurrirá si perdemos la Última Batalla? El Oscuro rompe la Rueda, acaba con la Gran Serpiente, y es el fin de todas las cosas. Eso, si tenemos suerte. Si no la tenemos, el Oscuro reconstruirá el mundo conforme a su propia visión retorcida. Todo el mundo estará sometido a él en una eternidad de sufrimiento, subyugación y tormento.

—Soy consciente de eso —dijo Fortuona—. Actuáis como si esta batalla en particular, aquí, fuera decisiva.

—Si mi ejército acaba destruido, todo nuestro esfuerzo será puesto en peligro. Todo podría depender de lo que ocurra aquí.

—No estoy de acuerdo. Vuestro ejército no es vital. Está repleto de hijos de quebrantadores de juramentos. Combatís a la Sombra, y por ello os reconozco honor. Si perdieseis, yo regresaría a Seanchan y levantaría todo el poderío del Ejército Invencible y lo traería para acabar con este... horror. Seguiríamos ganando la Última Batalla. Sería más difícil sin vosotros, y no querría desperdiciar vidas útiles o posibles damane, pero estoy segura de tener capacidad para enfrentarnos a la Sombra solos.

Le sostuvo la mirada a Egwene.

«Qué fría —pensó Egwene—. Está fingiendo. Es una bravata. Tiene que ser eso.» Los datos de los informadores de Siuan decían que la patria de los seanchan se hallaba sumida en el caos. Una crisis de sucesión.

Quizá Fortuona creía en serio que el imperio podría vérselas con la Sombra por sí solo. Si era eso, estaba equivocada.

—Lucharéis junto a nosotros —dijo Egwene—. Aceptasteis el tratado con Rand, le disteis vuestra palabra, presumo.

—Tremalking es nuestra.

—¿Sí? ¿Y habéis colocado un cabecilla allí? ¿Uno de los Marinos que aprueba vuestra dominación?

Fortuona no contestó.

—Contáis con la lealtad de la mayor parte de las otras naciones que habéis conquistado. Para bien o para mal, los altaraneses y los amadicienses os siguen. Los taraboneses parecen inclinados a hacerlo también. Pero los Marinos... No tengo informes, ni uno solo, de que alguno de los suyos os apoye o de que vivan en paz bajo vuestro dominio.

—Las fronteras...

—Las fronteras que acabáis de mencionar, tal como existen en los mapas, muestran a Tremalking como nación de los Marinos. No es vuestra. Si en nuestro tratado se mantienen las fronteras tal como están, necesitaréis que haya un gobernante en Tremalking que os reconozca como soberana.

A Egwene se le antojaba un argumento débil. Los seanchan eran conquistadores. ¿Qué les importaba a ellos tener cualquier clase de legitimidad? Sin embargo, Fortuona pareció considerar sus palabras. Frunció el entrecejo en un gesto pensativo.

—Es un buen... argumento —admitió por fin—. No nos han aceptado. Muy bien, dejaremos en paz a Tremalking, pero agregaré una condición a nuestro acuerdo, igual que vos habéis hecho.

—¿Y cuál es esa condición?

—Una que anunciaréis a vuestra Torre y en todas las naciones —dijo Fortuona—. A cualquier marath’damane que desee venir a Ebou Dar para ser debidamente atada a la correa, se le debe permitir que lo haga.

—¿De verdad creéis que las mujeres querrán que les pongan ese collar? —Estaba loca. Tenía que estarlo.

—Pues claro que querrán —afirmó Fortuona—. En Seanchan, muy de vez en cuando, en nuestros registros se nos pasa por alto alguien con la capacidad de encauzar. Cuando descubren lo que son, vienen a nosotros y exigen que se las ate a la correa, como debe ser. Vosotras no impediréis a nadie que acuda a nosotros. Tendréis que dejar que vengan.

—Nadie querrá, os lo prometo.

—En tal caso, no tendréis inconveniente en hacer tal proclamación —dijo Fortuona—. Enviaremos emisarias para instruir a vuestros pueblos sobre los beneficios de las damane. Nuestras instructoras irán en paz, porque nos atendremos al tratado. Creo que os sorprenderéis. Algunas comprenderán que es lo correcto.

—Haced lo que os plazca —repuso Egwene, divertida—. No quebrantéis las leyes y sospecho que la mayoría consentirá en permitir la visita de vuestras... emisarias. Yo no puedo hablar en nombre de todos los gobernantes.

—¿Y de las tierras que controláis? Me refiero a Tar Valon. ¿Accederéis a recibir a nuestras emisarias?

—Si no quebrantan las leyes, no les impediré que hablen —dijo Egwene—. Permitiría entrar a los Capas Blancas si fueran capaces de exponer sus ideas sin provocar altercados y desórdenes. Por la Luz bendita, mujer. No es posible que creáis que...