Выбрать главу

No acabó la frase al fijarse en Fortuona. Lo creía. Que ella supiera, lo creía.

«Al menos es sincera —pensó—. Lunática, pero sincera.»

—¿Y las damane que retenéis ahora? — preguntó Egwene—. ¿Las dejaréis partir si quieren que se las libere?

—Ninguna que esté debidamente entrenada querría tal cosa.

—Esto ha de ser igual en ambos lados —argumentó Egwene—. ¿Y qué pasa si una muchacha descubre que puede encauzar? Si no quiere que la hagan damane, ¿dejaréis que salga de vuestros dominios y se una a nosotras?

—Eso sería como dejar suelto en una plaza a un grolm enfurecido.

—Dijisteis que la gente vería la verdad —dijo Egwene—. Si vuestro estilo de vida es firme, vuestros ideales sinceros, entonces la gente los aceptará por lo que son. Si no lo hacen, no deberíais forzarlos. Permitid que quien quiera irse se vaya libremente, y yo permitiré que vuestra gente hable en Tar Valon. ¡Luz! ¡Les proporcionaré alojamiento y manutención gratis, y me ocuparé de que se haga lo mismo en todas las ciudades!

Fortuona miró a Egwene.

—Muchas de nuestras sul’dam han venido a esta guerra con la perspectiva de tener la oportunidad de capturar nuevas damane entre aquellas que sirven a la Sombra. Esas sharaníes, por ejemplo. ¿Nos permitiríais quedárnoslas o dejaríais libres a vuestras hermanas de la Sombra, para que destruyeran o mataran?

—Para que se las juzgara y se las ejecutara, bajo la Luz.

—¿Por qué no dejar que se les diera un buen uso? ¿Por qué desperdiciar vidas?

—¡Lo que decís es una abominación! —manifestó Egwene, exasperada—. Ni siquiera el Ajah Negro se merece eso.

—Los recursos no deberían desecharse con tanta indiferencia.

—¿En serio? ¿No os dais cuenta de que cada una de vuestras sul’dam, vuestras preciadas instructoras, es también una marath’damane?

Fortuona se volvió bruscamente hacia ella.

—No propaguéis semejantes embustes.

—¿Embustes? ¿Queréis demostrarlo, Fortuona? Habéis dicho que vos misma entrenáis damane. De modo que sois sul’dam, deduzco. Poneos el a’dam al cuello. Os reto a hacerlo. Si estoy equivocada, no os hará nada. Si tengo razón, quedaréis sometida a su poder y quedará demostrado que sois una marath’damane.

Los ojos de Fortuona se desorbitaron por la cólera. Había hecho oídos sordos a sus pullas de llamarla criminal, pero esa acusación parecía haber calado hondo en ella. Así que Egwene se aseguró de hundir y retorcer el cuchillo en la herida un poco más.

—Sí —añadió—. Hagámoslo y veamos el verdadero calado de vuestro compromiso. Si se prueba que tenéis capacidad para encauzar, ¿haréis lo que afirmáis que harían otras? ¿Os pondréis vos misma el collar y lo cerraréis alrededor de vuestro cuello, Fortuona? ¿Obedeceréis vuestras propias leyes?

—Las he obedecido —repuso fríamente la mujer—. Sois una ignorante. Quizá sea cierto que las sul’dam podrían aprender a encauzar. Pero eso no es lo mismo que ser una marath’damane, del mismo modo que a un hombre que podría convertirse en asesino no se lo considera tal.

—Veremos, cuando más de los vuestros comprendan las mentiras que les han contado.

—Os quebrantaré yo misma —dijo en voz baja Fortuona—. Algún día, vuestra gente os traerá ante mí para entregaros. Sin ser consciente de ello, vuestra arrogancia os conducirá hasta mis fronteras. Estaré esperando.

—Me propongo vivir durante siglos —replicó Egwene con ira—. Veré derrumbarse vuestro imperio, Fortuona. Y gozaré con ello.

Alzó un dedo para darle golpecitos en el pecho a la mujer, pero Fortuona se movió con una rapidez increíble y le agarró la mano por la muñeca. Para ser tan menuda, desde luego era muy veloz.

En un gesto reflejo, Egwene abrazó la Fuente. Las damane que estaban cerca dieron un respingo y la luz del Poder Único irradió en torno a ellas.

Mat se interpuso entre las dos, las empujó para apartarlas y mantuvo una mano en el torso de cada una de ellas. De nuevo, el instinto indujo a Egwene a quitarle la mano del pecho con un hilo de Aire. El tejido se deshizo, por supuesto.

«¡Pero qué puñetas, eso sí que ha sido inoportuno!» Se le había olvidado que él se encontraba allí.

—Seamos civilizados, señoras —dijo Mat, que primero miró a una y después a la otra—. No me obliguéis a poneros a las dos encima de las rodillas.

Egwene le lanzó una mirada abrasadora, pero Mat no bajó la suya. Intentaba desviar su ira hacia él, en lugar de Fortuona.

Egwene clavó los ojos en la mano de Mat apretada contra el pecho, incómodamente cerca de los senos. Fortuona también miraba esa misma mano.

Mat retiró las dos, pero se tomó su tiempo, y, aparentemente, con total y absoluta despreocupación.

—Los pueblos de este mundo os necesitan a ambas, y os necesitan objetivas, con la cabeza fría, ¿me habéis oído? Esto es más importante que cualquiera de nosotros. Cuando luchamos entre nosotros, es el Oscuro quien gana, y no hay más que hablar. Así que dejad de comportaros como unas crías.

—Hablaremos largo y tendido sobre esto por la noche, Knotai —dijo Fortuona.

—Me encanta charlar —contestó Mat—. Hay algunas palabras deliciosamente hermosas flotando por ahí. «Sonrisa.» Ésa siempre me ha parecido una palabra bonita, ¿no te parece? O, tal vez, las palabras: «Prometo no matar a Egwene ahora mismo por intentar tocarme a mí, la emperatriz, así viva para siempre, porque, la jodida verdad sea dicha, la necesitamos durante las próximas dos semanas, más o menos». Miró a Fortuona de manera significativa.

—¿De verdad os habéis casado con él? —le dijo Egwene a Fortuona—. ¿En serio?

—Fue un suceso... inusitado —repuso Fortuona. La sacudió un escalofrío y luego asestó una mirada fulminante a Egwene—. Él es mío y no tengo intención de soltarlo.

—No parecéis de las que sueltan nada una vez que le habéis echado la mano. ¿Lucharéis o no?

—Lucharemos —respondió Fortuona—. Pero mi ejército no queda sometido al vuestro. Que vuestros generales nos envíen sugerencias. Las tomaremos en consideración. Pero es evidente que lo pasaréis muy mal defendiendo el vado contra el invasor sin que haya más de vuestras marath’damane. Os mandaré algunas de mis sul’dam y damane para proteger vuestro ejército. Eso es todo lo que haré de momento. —Echó a andar de vuelta hacia los suyos—. Vamos, Knotai.

—No sé cómo te has metido en esto —susurró Egwene a Mat—. Y tampoco quiero saberlo. Haré todo lo que pueda para ayudar a liberarte una vez que la lucha haya acabado.

—Es muy amable por tu parte, Egwene, pero puedo arreglármelas solo. —Y corrió en pos de Fortuona.—

Eso era lo que decía siempre. Ella encontraría algún modo de ayudarlo. Meneó la cabeza y regresó a donde Gawyn la esperaba. Leilwin había declinado asistir a la reunión, aunque Egwene había imaginado que disfrutaría viendo a gente de su patria.

—Habrá que mantener las distancias con ellos —dijo Gawyn en voz baja.

—Estoy de acuerdo.

—¿Aún sigues con la idea de luchar junto a los seanchan, a pesar de lo que han hecho?

—Mientras mantengan ocupados a los encauzadores sharaníes, sí. —Egwene miró hacia el horizonte... Hacia Rand y la terrible lucha en la que debía de estar enzarzado—. Nuestras opciones son escasas, Gawyn, y nuestros aliados disminuyen. De momento, cualquiera que esté dispuesto a matar trollocs es un amigo. Y no hay más que hablar.

La línea andoreña cedió y los trollocs irrumpieron a través de la brecha, gruñendo y exhalando un aliento apestoso que se condensaba en el frío aire. Los alabarderos de Elayne casi se empujaron unos a otros en su afán por escapar. Los primeros trollocs no les hicieron caso y siguieron adelante, pasando por encima de ellos, aullando para dejar sitio y que más bestias entraran a raudales por la brecha, como sangre oscura que manara de un tajo en la carne.